Desde hace un tiempo, el cuerpo de la cultura se ha ido plagando de manchas, de parásitos humanísticos, de sanguijuelas que se han ido y nos han ido convenciendo de que sus posiciones eticopolíticas nada tienen que ver con la cultura que habitan.
Un ejemplo patente podría ser el de las “dos duchas calientes por día” de Ricardo Darín, quien tuvo el mal gusto de sermonear, en un programa de televisión nacional, que no ambiciona más dinero de lo que necesita y que le dijo que no a una película de Tony Scott porque quería volver a casa para estar con sus hijos después de seis meses de teatro en España y que la gente me quiere y que me da besos por la calle y que la opulencia de un cochazo es algo que me da calor y que para qué si con dos duchas calientes por día me siento felizmente privilegiado. Vamos, todo un manifiesto. Lástima que –vaya por Dios– en algún momento a Darín se le atragantó toda esta sermonaria para “quedarse mudo” en una campaña publicitaria que protagonizó en los opulentos brazos del Banco Santander, uno de los bancos más cuestionables en cuanto a sus prácticas especulativas. Y es que parece que, más que Román, el personaje que desvive por lo humano frente a las grandes corporaciones en Luna de Avellaneda, Darín, en la realidad, haya decidido encarnar más bien el mantra de Marcos, el estafador profesional de Nueve Reinas, porque, en definitiva, parece que no le falta razón cuando dice que “putos no faltan, lo que falta son financistas”.
Y hablando de bancos y financistas, otro ejemplo podría ser el de David Uclés, el joven escritor que, en cada una de sus incontables –realmente incontables– entrevistas, parece performar un personaje recién salido de las páginas de su novela La península de las casas vacías para abanderar su militancia en las filas de un férreo pacifismo y, consecuentemente, de un feroz antibelicismo. Lástima que –vaya por Dios– La península de las casas vacías se haya escrito gracias a la "Beca Leonardo" de la Fundación BBVA, uno de los bancos más descaradamente activos en el mercado armamentístico.
Otro ejemplo podría ser el de Rosalía que, más allá de su deplorable imperio inmobiliario, fue noticia cuando apareció por sorpresa en el concierto "Act X Palestine" al mismo tiempo que –vaya por Dios– su cuenta bancaria seguía indigestándose de beneficios gracias a las reproducciones en Spotify, la plataforma cuyo CEO sigue invirtiendo el dinero de vuestros planes premium en drones de guerra.
A todos estos ejemplos se podría sumar todo un exasperante –realmente exasperante– etcétera, como los casos de Quentin Tarantino, Thom Yorke, Paolo Sorrentino y Toni Servillo, pero hace poco hubo un ejemplo muy curioso que podría definirse como el no va más de esta cultura parasitariamente contrahumanística: el de Wim Wenders.
Esta fue la respuesta del alemán ante la pregunta de Tilo Jung sobre el motivo por el cual la Berlinale, festival del cual Wenders era jurado, ha mostrado su solidaridad con Irán y Ucrania pero no con Palestina: “No podemos entrar en el terreno de la política, tenemos que estar fuera de la política, porque si hacemos películas políticas entramos en el terrenos de la política, pero tenemos que ser el contrapeso de la política, somos el opuesto de la política, tenemos que hacer el trabajo de las personas y no el trabajo de los políticos”.
No hubo aplausos.
Ahora bien, lo que sí se merecen estas palabras son cinco bofetones de realidad:
El primero: un genocidio nunca es política; un genocidio siempre es el fracaso de la política.
El segundo: que el cine no pueda entrar en el terreno de la política significa reducirlo a un entretenido artefacto contrapolítico –y, por tanto, político– de distracción de masas.
El tercero: ser el contrapeso de la política, por lógica, no significa ser el opuesto de la política, sino un componente complementario a la política que podría –y debería– contribuir a contrarrestar cierta política cuando ésta se vuelve demasiado “pesada”.
El cuarto: perdonar este filmwashing a Wim Wenders por haber hecho buenas películas es como perdonarle el holocausto a Hitler por haber sido vegetariano.
Y el quinto es un bofetón de parte de aquella historia del cine que desmiente estrepitosamente la letanía de Wim Wenders, o bien, un bofetón muy personal que propone desenterrar diez películas de ayer para entender los problemas de hoy y evitar los fascismos de mañana.
1) I compagni, de Mario Monicelli.
Una oda a los derechos laborales que hoy damos estúpidamente por hecho, y que, sin embargo, no son otra cosa que la culminación de luchas y muertes en huelgas que, inicialmente, reclamaban no una rebaja de las cuarenta horas semanales a las utópicas treinta y siete y media, sino de las catorce a las trece horas diarias.
2) Il tetto, de Vittorio De Sica.
Un retrato desesperadamente actual de los ancestros constitucionales del acceso a la vivienda, de cuando un techo marcaba deliberadamente la frontera entre los pobres y los menos pobres. Pocas cosas han cambiado.
3) Umberto D., de Vittorio De Sica.
Otra obra desesperadamente actual que muestra cómo el problema del acceso a la vivienda y el de los alquileres desbocados se conjugan con la precariedad en materia de pensiones. Y no, nada que pueda solucionarse con una bonificación integral a los propietarios o asegurando la construcción de quince mil viviendas al año.
4) La terra trema, de Luchino Visconti.
Porque trabajar o emprender en este salvaje sálvese quien pueda sin el respaldo de los recursos públicos siempre dejará a alguien fuera de la foto social.
5) Ladri di biciclette, de Vittorio De Sica.
Mal traducida en España como Ladrón de bicicletas, desterrando así todo el sentido político y colectivo del título a mera anécdota, muestra los detonantes de toda deriva delincuencial provocada no por la pobreza sino por el abandono institucional de lo público.
6) Sciuscià, de Vittorio De Sica.
Porque, desde siempre, la primera víctima del abandono institucional de lo público es aquella juventud periférica marcada por el determinismo social.
7) Paths of glory, de Stanley Kubrick.
Porque la guerra nunca fue cosa de trincheras, ni de valores, sino de intereses económicos, de señores de la guerra, de exportadores de necrodemocracias, de invidia penis y de pedófilos conniventes.
8) Nuit et Brouillard, de Alain Resnais.
Porque siempre se hace necesario recordar a los votantes adánicos de las derechas contemporáneas que la verdad histórica es lo que sucedió y no, como pensaba Pierre Menard, lo que juzgan que sucedió.
9) Bienvenido Mr. Marshall, de Luis García Berlanga.
Porque, a pesar de su siempre demasiado amable filmografía bajo el régimen franquista que le ha permitido seguir rodando películas en plena dictadura, muestra la morbidez del cuento de hadas del discurso norteamericano que, desde siempre, no mide al mundo en dictaduras y democracias, sino en comulgantes y disidentes.
10) Miracolo a Milano, de Vittorio De Sica.
Porque los milagros sí existen, pero sólo en lo colectivo y cuando cohabitamos todos y todas bajo el único rayito de sol que nos queda.
Y porque, en definitiva, estimado Wim Wenders, de esto trata el cine y la cultura que tú también habitas: de humanismo. ¿Y qué es el humanismo? Como sugirió tu connacional Thomas Mann en boca de sus personajes en La montaña mágica, el humanismo “es el amor a la humanidad, nada más, y por eso mismo el humanismo también es política, también es rebelión contra todo cuanto mancilla [...] la idea de humanidad”. Por lo tanto, la moraleja aquí es sencilla, y es que, al fin y al cabo, tanto tú como Darín, Uclés, Rosalía, Tarantino, Thom Yorke, Sorrentino, Toni Servillo y todo el exasperate etcétera no sois más que esto: una mancha en el cuerpo de la humanidad que nos encargaremos de lavar con más cine y más cultura.Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.
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