Julen Goñi Salvador
30 mar 2026 09:10

Las personas que no creemos en seres sobrenaturales ni en vidas después de la vida vivimos inmersas en una realidad que no es la nuestra. Es una realidad de la que se ha apropiado la religión (las religiones) y a la que ha impuesto sus símbolos, incluidos los lingüísticos, sus calendarios, sus festividades, su música, su literatura, su cultura, en suma. Y hasta tal punto es así que cuando se intenta modificar alguno de esos elementos o se cuestiona su preeminencia surgen voces, incluso entre quienes no son adeptas a las religiones, que claman reivindicando su permanencia con argumentos tan poco sofisticados y tan falaces como los que se basan en la tradición o en el respeto a las creencias. Hay innumerables ejemplos históricos que echan por tierra la defensa de las realidades sociales basada en el argumento de la tradición (sin ir más lejos, la existencia de la esclavitud, por ejemplo). En cuanto al respeto a las creencias, se confunde el respeto a las personas que las tienen con el respeto al contenido de esas creencias. Las personas se respetan; las creencias, no necesariamente. Respetar las creencias equivale a darles validez cuando, en muchas ocasiones, carecen de ella. Son respetables las creencias que se refieren al universo del que formamos parte y que no aluden a realidades ajenas a dicho universo porque no pretenden escapar de la realidad material de la que forman parte. Cuando se acude a explicaciones que inventan realidades distintas a la que expresa el universo, es decir, el mundo compuesto por materia y energía y lo que esa materia y energía son capaces de generar (lo que denominamos espíritu, lo que las personas en su evolución somos capaces de crear), entonces las creencias carecen absolutamente de valor y no merecen ser respetadas.

Sin embargo, las creencias en esa realidad inexistente que expresan la mayoría de las religiones es la que domina socialmente, tanto en las expresiones sociales de la vida como las de la muerte. Y están tan íntimamente engarzadas en la cultura que, incluso quienes rechazamos su validez, acabamos utilizándolas inconscientemente la mayoría de las ocasiones y conscientemente cuando los intereses políticos ligados a las elecciones hacen aconsejable su aceptación activa para ganar, o no perder, los votos de las personas que, aunque erróneamente, creen firmemente en ellas.

En concreto, últimamente, cuando una persona de izquierdas fallece, las personas también de izquierdas y ateas que la han conocido la despiden con mensajes del estilo de “que la tierra te sea leve” o “allí donde estés…” para expresar las condolencias y/o comunicar a otras personas dichos fallecimiento. Es evidente que dichas expresiones son contradictorias con el ateísmo e incluso el agnosticismo que se espera de quienes dicen negar la existencia de realidades ultraterrenas. Y, sin embargo, se siguen utilizando, seguramente, por no encontrar sustitutivos a las expresiones religiosas cuando se desea manifestar el dolor por la muerte de personas queridas.

No hace mucho, tuve que oír el reproche de una persona religiosa por atreverme a criticar el carácter religioso, en nuestro caso cristiano, de las festividades en una sociedad que se declara aconfesional. Su argumento merece ocupar un lugar preeminente en la historia de la estupidez, porque lo que se le ocurrió decir fue que “también vosotras, las ateas, celebráis la navidad”. Me dio tanta vergüenza aclararle que no celebramos la navidad, sino los días de fiesta que por imposición del estado tienen esa denominación, pero que estaríamos encantadas de que se denominaran “fiestas de invierno” o algo por el estilo, que respondí con una sonrisa irónica (aunque dudo que captara la ironía).

Debemos hacer un esfuerzo, que tampoco será para tanto, por desterrar las referencias religiosas en nuestras expresiones y sustituirlas por otras acordes con la realidad, no con la fantasía. Serían expresiones del estilo de “fue una persona (a elegir entre las distintas opciones): honesta, trabajadora, leal, dispuesta a ayudar, inteligente, luchadora, solidaria, defensora de los derechos de quienes carecen de ellos, etc.”

Las opciones, como se puede ver, son innumerables, lo que hace innecesario caer en el supuesto diálogo con quien ha dejado de vivir.

Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.

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