En el anterior artículo tuve la osadía, tras leer la obra de Toni Negri, la lucha de clases debería pasar del obrero social al consumidor. Cierto es, que sirvió más como introducción a una idea, que un desarrollo pormenorizado de cada uno de los puntos de esta teoría.
Como es de suponer, uno debe comenzar por definir al consumidor. El consumidor somos todos nosotros. Anclados a un sistema que nos exprime y oprime hasta sacar el mayor rédito de todo lo que somos en virtud de la productividad. Pensemos en esto último y reflexionemos como han capitalizado nuestra vida privada en virtud de aprovechar al máximo nuestro tiempo. Ya no existe el tiempo libre. Lo hemos perdido en las rutinas y los protocolos al hacer más a cada segundo y hemos regalado el derecho a aburrirse, tan importante y necesario para poder generar las grandes ideas; siendo quizás el primer y más importante derecho a recuperar.
Esas rutinas nos han esclavizado a querer consumir nuestro tiempo en busca de una imagen utópica que encontramos en esta sociedad de la información. Queremos hacer como el otro pero sin llegar a parecernos idénticamente a él. Y en esa dicotomía nos encontramos perdidos y desesperados. Perdemos toda nuestra integridad y autonomía queriendo perseguir sueños falsos.
Por lo tanto, todo ello nos ha llevado a trasladar la fábrica a toda nuestra existencia. En el trabajo, ejercemos ese papel clásico de obrero y producimos valor que es aprovechado por el mercado para obtener su rendimiento. En nuestro tiempo libre, somos marionetas del capital, teniendo que matar ese tiempo que sólo es nuestro en la compra de servicios y productos que realmente no nos hacen falta. Pero necesitamos ese acto de adquirir y de poseer para trasladarnos a la parte opresora del sistema, para saborear la dulce miel (o los restos que quedan y nos dejan) y tener la vana pretensión de que con trabajo y esfuerzo es posible. El discurso ya nos lo conocemos: la absurda ley de la meritocracia que nos hará volver al trabajo para volver a saborear ese chute como el yonki que vuelve a la misma esquina a por más droga; llegando a prostituirse perdiendo lo poco que quedaba de honor y dignidad, ya usurpado a grandes bocados. Incluso, en ese tiempo de descanso, mientras dormimos, estamos produciendo. Hoy en día registramos miles de datos durante nuestras cada vez más escasas horas de sueño y los vendemos gratuitamente a ese turbocapitalismo para inducirnos después a consumir aquello o lo otro. Regalamos datos biométricos, intereses y opiniones, dejando que la privacidad cada vez sea más un concepto anárquico.
La lógica del capital nos hablará de una imperturbable línea recta apuntando hasta el infinito: el progreso (sic). Y yo sólo veo círculos concéntricos que se superponen los unos a los otros, en el que hay un teórico avance pero sólo desde una mirada más alejada, vemos el inmovilismo eterno de una situación de opresión. Y es en esta espiral donde encontramos el nexo común a todos nosotros y el punto que liga el obrero social al consumidor: el salario.
Es la bisagra de todo el sistema. La anomalía de la existencia humana que nos hace creer que somos dueños de nosotros mismos; pero que, en realidad, son las esposas que todavía nos atan al capital. En el fondo, somos partícipes inconscientes o más bien, hipnotizados. Retomando la idea ya mencionada: es a través de la conciencia, de la memoria, del relato a través de cómo podemos romper con el embrujo. Es el salario por tanto, la turbina que mueve la espiral y a través de la cual pasamos de obrero a consumidor de forma recurrente. Antagonismos que se hacen necesarios; del mismo modo del que ya hablé en el anterior articulo: el capital sólo pervive con su antagónico.
Por eso creo que ese avance conceptual de obrero social a consumidor es necesario. Porque no somos consumidores si, de algún modo no somos obreros. Y esa heterogeneidad se estrecha hacia la figura del consumidor,, siendo una de las vías a través de las cuales lograr mayor participación e incitar a una mayor acción. Y es por ello, que la erradicación del trabajo (nueva vía a explorar en próximas entregas), ha de ser la piedra angular. Porque rompe con esa bisagra y por lo tanto los conceptos de obrero social y consumidor dejan de tener sentido al no tener el hilo que genera esa dependencia y por lo tanto fagocita el sistema capitalista. Si el salario es la bisagra del sistema, cabe preguntarse hasta qué punto somos definidos por nuestro trabajo y, por extensión, hasta qué punto acabamos definiéndonos por nuestros actos como consumidores.
El objetivo de la izquierda no ha de ser el avance en la creación ya actualización de conceptos teóricos en el marco, ya no sólo político o social; sino existencialista. El verdadero objetivo consiste en erradicar tales conceptos, pues sólo a través de esas ruinas se logrará poner fin a ese sistema capitalista cada vez más caduco.
A modo de síntesis, con este texto no entiendo por consumidor únicamente quien adquiere mercancías, sino aquel cuya existencia cotidiana queda integrada en el circuito de reproducción del capital mediante el salario, el consumo, la atención y la producción constante de valor y la subordinación asumida al otro opresor.
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