Opinión socias
El cuidado de lo viviente como proyecto comunitario
Jean Giono (1895-1970) nació en el seno de una humilde familia de la Provenza francesa; gozó, eso sí, de una infancia apegada a las tierras, bosques y ríos. En la primavera de su vida fue movilizado por el ejército y destinado al “infierno de Verdún”, batalla que laminó su alma. Aquel horror hizo que adoptase el pacifismo como un precepto moral insoslayable.
El joven autodidacta se convirtió en escritor de cierto renombre. En 1953, la revista Reader’s Digest encargó a Giono que escribiera un relato ejemplarizante sobre un personaje real. De este encargo brotó una conmovedora fábula: El hombre que plantaba árboles. El ritmo cadencioso del relato nos sumerge en el empeño vital de su protagonista —Elzéard, un solitario pastor— por repoblar unas tierras empobrecidas y deforestadas: “Había plantado cien mil bellotas. De las cien mil, habían brotado veinte mil. De esas veinte mil, contaba con perder la mitad a causa de los roedores o los designios imprevisibles de la Providencia. Así pues, quedaban diez mil robles que crecerían en esa tierra desolada”. Tan encomiable no empresa no estuvo exenta de fracasos: “Durante un año, plantó más de diez mil arces. Murieron todos”. Malogros que no doblegaron la voluntad del místico pastor. Como acabó reconociendo el propio Giono, Elzéard no estaba inspirado en ningún personaje real; tan solo emanó de su pulso utópico. Giono clarificó que el objetivo de la historia era que “se ame a los árboles o, más precisamente, que se ame plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas)”.
La historia nos ha alumbrado muchos Elzéard. En el año 2000, tras una dilatada carrera como uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX, Sebastiao Salgado cayó en una depresión; tras sus largos periplos, constató cómo se destruían irremediablemente los ecosistemas de África y América. Lélia, su mujer, le propuso que una manera de resistir aquella pérdida, al menos de manera testimonial, era reforestar unos terrenos familiares que poseían en el valle brasileño del Río Doce. Fue el inicio del proyecto de reforestación del Instituto Terra. Durante veinte años se plantaron dos millones de árboles de especies diferentes y el bosque acabó convirtiéndose en Reserva Particular del Patrimonio Natural de Brasil (De mi tierra a la Tierra. Sebastiao Salgado. Memorias, 2023)
Del héroe individual del relato de Giono al proyecto familiar de Salgado, cabe, sin embargo, preguntarse si un proyecto regenerativo de lo vivificante no pueda ser asumido integralmente por una amplia comunidad. Como acertadamente señalaba Ortega y Gasset,cualquier organización social —él tenía en mente, sobre todo, al Estado— se sustenta en “la invitación que un grupo de hombres hace a otros grupos humanos para ejecutar juntos una empresa. Esa empresa cualesquiera sean sus trámites intermediarios, consiste a la postre en organizar un cierto tipo de vida común”. Ni la sangre ni la tierra (Blut und Boden), de arcanos idearios totalitarios, ni la unión de intereses pecuniarios (religión capitalista), podrán nunca edificar los cimientos de una verdadera vida en común.
Aspiramos a un proyecto comunitario que emane de un impulso amoroso hacia todo lo viviente, ya que toda vida humana, para ser tal, requiere de todo lo que nos circunda y palpita. La regeneración de la biota de los suelos, base material del reino vegetal y, por tanto, de la propia vida en la tierra, bien podría ser uno de estos proyectos. Valga un dato contundente sobre esto: los suelos acumulan alrededor de 1.500 gigatoneladas de carbono, frente a las 500 capturadas por el reino vegetal. (Con los pies en la tierra…Francesc Font, 2025). De aquí que restaurar la biota maltrecha de nuestros suelos sea el mejor seguro de vida para nuestros bisnietos.
De todo el alimento en forma de carbono que, en promedio, una planta produce a través de la fotosíntesis, libera cerca de la mitad al suelo. La planta nutre así a una complejísima microbiota que, a su vez, permite a la planta absorber mejor y en mayor cantidad. De la misma manera que sin los millones de bacterias que habitan nuestras entrañas, la asimilación de nutrientes no sería posible, sin los hongos micorrizos o las bacterias fijadoras de nitrógeno, el reino vegetal no podría asimilar los nutrientes necesarios que, en última instancia, nos nutren a nosotros.
Ahora bien, no todo es beneficio material. Un proyecto comunitario de esta índole implica una resignificación simbólica del cuidado de la tierra. En consonancia con lo que recientemente ha sugerido el filósofo Byung-Chul Han, “la noción de ‘protección del medio ambiente’ es demasiado débil frente a las inminentes catástrofes naturales. Es necesaria una modificación radical del vínculo con la naturaleza. Ya no se trata de que la tierra sea un ‘recurso’ con el que ahora tenemos que ‘manejarnos con más cuidado’. Más bien es preciso que interioricemos el significado originario de cuidar. […] El cuidado se refiere a lo bello. La tierra es bella. De ella proviene el imperativo de cuidarla, de devolverle su dignidad”. (Byung-Chul Han, Vida contemplativa. Elogio de la inactividad. Taurus, 2023).
Así pues, el cuidado de lo bello que habitamos nos enraíza en nuestro propio sustento y nos embellece como comunidad humana. Como nos interpela Joaquín Araujo en el epílogo a una edición de El hombre que plantaba árboles: “Si algún día conseguimos un bosque de bosques también habremos logrado una Humanidad más humana”.
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