Opinión socias
El derecho de no ser ejemplar
Hay algo curioso en todos los discursos sobre las personas migrantes, sean dados por quienes apoyan su venida o por quienes la repudian y generan odio a través de esta, y es que tienen algo en común: posicionan a la persona —migrante— como una superpersona o una infrapersona. Unos las deshumanizan para rechazarlas y convertirlas en amenazas; otros las idealizan para aceptarlas y convertirlas en ejemplos. La cuestión es que en ambos casos se les arrebata —y de forma silenciosa, casi invisible, totalmente normalizada— el derecho a algo tan básico como ser personas corrientes junto a la posibilidad de ser mediocres, imperfectas o cotidianamente normales.
La contradicción atraviesa cualquiera de las retóricas partidistas, diestra, zurda o ambidiestra... Y nosotros, como sociedad, estamos obsesionados con etiquetar a las minorías más débiles —incluso quienes aplaudimos y apoyamos su llegada— para que en cualquier caso se les use como instrumento. Algunos los ningunean y simplifican tanto que prácticamente se les arrebata la condición humana, para así poder convertirlos en un recurso ideológico polarizado y partidario. Desde quienes dicen que necesitamos gente para los trabajos más precarios, intentando limitar a miles de personas al proletariado, definiendo su aceptación condicionada por su capacidad de ser siervos a las élites, hasta quienes corean contentos que estas personas merecen poder estudiar y buscar mejores trabajos para así tener una vida digna. Se les encasilla o bien en la obligación y deber de ser exitosas, de triunfar, sea estudiando, trabajando o siendo el ciudadano ejemplar —aunque probablemente ni tú ni nadie de tu círculo cumpláis con esas expectativas—, o bien les limitan a un modelo moderno de esclavitud encubierta.
¿Y si no quieren ser ejemplares y solo quieren ser personas en paz? ¿Y si entre las mujeres que cuidan a nuestros mayores las hay que verdaderamente tienen suficiente y se sienten en paz con ello? ¿Y si los ya nacidos aquí no quieren tener que estudiar para demostrar que merecen estar aquí y solo pretenden vivir?
No todos vienen huyendo de una guerra. No todos vienen de la pobreza extrema. Tampoco todos roban. Tampoco todos violan —este último argumento os podrá resultar familiar pues delata la hipocresía de los pseudo-hombres que repugnan el feminismo, porque en ese caso por supuesto no es correcto generalizar—. No todos tienen la misma historia. Y precisamente por eso deberíamos dejar de hablar de ellos como si la tuvieran.
Sin embargo, este movimiento es mucho más grande. Si bien el pistoletazo de salida lo dieron unos pocos, todos y cada uno de nosotros lo mantenemos. Reducimos a millones de vidas a su utilidad económica. A su “condición”. Cuando decimos “sí” a delincuentes españoles —es decir, cuando tratamos al delincuente como lo que es, una persona que ha cometido un delito, pero que no se publica a ton y son— pero gritamos “no” a los delincuentes extranjeros —es decir, los que sí publican y de esta forma reescriben la historia como quieren los que quieren—, nos olvidamos de que ambos son delincuentes.
Han conseguido que, de igual a igual (de obrero a obrero, entiéndase), la nacionalidad adquiera una relevancia discursiva desproporcionada —y por supuesto superficial e innecesaria— cuando de quien hablamos es extranjero.
De esta forma, no solo nos convertimos en parte del problema sino que alentamos a las personas extranjeras que viven en nuestro país a agachar la cabeza —aun sabiendo y recordando lo que nos cuesta a nosotros levantarla— y pasar desapercibidas.
Yo particularmente no he hecho nada ejemplar últimamente. Vivo una vida tranquila. No molesto y tampoco me molestan. No se me exige ayudar a los más mayores para llevar su compra a su casa ni tampoco andar con pies de plomo para no ofender a nadie. De hecho, piso fuerte y hablo alto. Hace unas semanas, sin embargo, en una no demasiado acalorada conversación, me oí replicar a un comentario racista, limitando a estas personas a ser inocentes, buenas y trabajadoras. Y entonces lo vi. Yo también encasillo a estas personas a una vida agotadora de esfuerzos para sobresalir, si bien sabiendo que estas tienen que esforzarse el doble para recibir la mitad. Entonces me pregunto: ¿cómo he llegado hasta aquí?
Y es que no es ningún secreto: no se trata de polaridades sino de dignidad humana. De ser conscientes que todos y cada uno de nosotros somos afortunados por desconocer la desesperación que te lleva a dejarlo todo —y a todos— y salir del país donde te tocó nacer —porque sí, la única diferencia entre ellos y nosotros, de partida, es la suerte de nacimiento—. Y eso nos hace ignorantes. Nos da la ilusión de estar a suficiente distancia de “ese mundo” para tener compasión o todo lo contrario. ¿Porque, quiénes creemos que somos nosotros para decidir quiénes merecen tener una vida a la altura de la que a nosotros nos ha caído del cielo?
Estas costumbres en nuestros diálogos son el primer paso hacia el odio normalizado que evoluciona en incidentes no tan lejanos como el de hace algo más de un año en Torre-Pacheco o los episodios de violencia que se están viviendo en Ceuta actualmente. Aun sabiendo que incluso de estos últimos, los civiles fueron, una vez más, víctimas usadas de rehenes en un conflicto geopolítico muy meditado.
No debemos necesitar saber si una persona es buena, mala, útil, ejemplar, delincuente, brillante o mediocre para reconocer su dignidad. Porque las hay de todo tipos y de todas las nacionalidades. Personas brillantes y personas mediocres. Personas trabajadoras y personas vagas. Personas buenas y personas que se equivocan. Personas que sueñan con llegar lejos y personas que solo quieren vivir tranquilas.
No necesitamos que sean ejemplares. Tampoco necesitamos que sean inocentes. No necesitamos que trabajen más, estudien más, se integren mejor ni que nos demuestren nada.
Ni superpersonas ni infrapersonas.
Personas.
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