El Enigma del Fénix

Existe un rastro de significados que conecta lo pequeño con lo inmenso, lo botánico con lo sagrado y lo antiguo con lo urgente. Un camino que parte de la tierra que pisamos para recordar que ninguna isla es ajena al destino de los pueblos que sufren el embate de la guerra.
Lorena García Noda
9 abr 2026 15:10

Mis puños están cerrados.

Abro uno y te muestro lo que escondo: la grisácea concha vacía de un caracol, con un agujero que parece estratégicamente realizado. Abro el otro. Un pequeño dátil redondeado descansa sobre la piel morena; es el fruto de una palma canaria.

Y te lanzo una pregunta: ¿qué hilo invisible conecta estos dos objetos? Podemos ir más allá: ¿cómo ese hilo nos enfrenta a las guerras imperialistas que asolan las tierras de Palestina, el Líbano, Siria o Sudán?

De primeras, parece difícil adivinar cómo la palma canaria está conectada con este caracol y, a su vez, con la guerra en Asia Occidental. Sin embargo, intentaré desentrañar la madeja para lanzar mi reflexión. Para ello empezaremos por buscar el origen de las palabras, ese origen que a veces se olvida o se distorsiona según el lenguaje evoluciona. El nombre científico de la palma canaria es Phoenix canariensis, algo que siempre relacioné con el ave mítica hasta hace muy poco. Pero resulta que no, pues parece que su nombre no le fue dado por el ave, sino que palma y leyenda comparten el mismo origen: el término griego phoinix, que hacía referencia al color rojo-púrpura. 

Y aquí es donde entra el caracol. 

Porque sí, esa concha que guardaba en mi mano pertenece a un gasterópodo de la familia Muricidae, formada por animales que tuvieron una importancia histórica trascendental en el mundo antiguo, a pesar de que las industrias modernas ya nos han hecho olvidarla. El hueco que presenta es huella de la primera industria extractiva, precursor de los pozos petrolíferos que han amenazado con horadar esta tierra que habito -Canarias- en los últimos años. El tinte púrpura era el “oro líquido” para nuestras ancestras, de igual modo que el petróleo es el “oro negro” para sus descendientes actuales. Ya podemos ver por dónde van los tiros -nunca mejor dicho-, ¿verdad? Porque no olvidemos que el tinte requería la muerte de millones de caracoles, mientras que el petróleo hoy se cobra su pago en vidas humanas.

El apreciado color no solo le dio el nombre a la planta y al ave, sino que también se lo dio al pueblo que construyó un imperio comercial basado en el control de su producción: los fenicios.

Los reyes de Tiro y Sidón vistieron el púrpura; los reyes de Israel y Judá lo consideraron sagrado; Ciro el Grande de Persia lo lució como símbolo de realeza; los magistrados y generales romanos lo vistieron hasta que el Emperador restringió su uso mediante leyes suntuarias. Los cardenales católicos y hasta Carlos III se continúan engalanando con el púrpura en el mundo actual. Ningún otro color ha representado como este al poder y a las élites.

Esa talasocracia, ese “Pueblo de la Púrpura” que comparte el nombre con mi querida palma, se extendía por los territorios que hoy llamamos Líbano, Palestina y Siria. El imperio fenicio se desvaneció en el tiempo para dejar paso a otros como el imperio moribundo de los Estados Unidos de América, que hoy bombardea a las descendientes de esos pueblos ilustres en busca del nuevo oro, en un intento por mantener su hegemonía a fuego y sangre, temblando ante la posibilidad de desvanecerse también en la historia.

Me paro a pensar en los enormes trabajos de protección del palmar canario que se vienen llevando a cabo desde hace décadas; una iniciativa loable y muy necesaria. Debemos conservar la Phoenix canariensis, debemos proteger a la palma. Pero nuestra responsabilidad va más allá de la ecología, porque nuestra palma no es solo una planta, sino que es testigo del legado ancestral dejado por los pueblos y las civilizaciones que habitaron este planeta antes que nosotras. Ella es el puente que une el Levante y a las estirpes desheredadas con mi isla; que es solo un grano de arena en el Atlántico, un peñón que está y debe estar conectado con el sufrimiento del pueblo palestino, del libanés, del sudanés… Miro a la palma que tengo en el patio y me parece estar oliendo el humo que asciende de Gaza o de Beirut, escucho los gritos roncos desde Jartum. 

Emperadores y viejos carcamales vestidos de púrpura, pero desnudos antes mis ojos, envuelven en llamas al fénix sin percatarse de que el ave renacerá de sus cenizas brillante, espléndida, conocedora del enigma que supone la existencia de vida en este punto azul pálido que vaga, danzarín, por la inmensidad del cosmos.

Nota de la autora: En estas líneas he usado el término palma en lugar de palmera. No es un descuido, sino un acto de fidelidad a la norma lingüística de mi isla, donde la palabra palma designa, desde tiempos lejanos, al individuo de la especie Phoenix canariensis. Así me lo enseñó mi abuela y así se lo enseño yo a mi hijo.

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