Opinión socias
Hackeando la trampa del sistema electoral
La democracia es pluralidad. Al menos ese es el principio universal que guía nuestra doctrina política de gobierno. Sin embargo, esta valoración positiva de la pluralidad convive con una minúscula contradicción, escrita en letra pequeña en la parte baja del contrato. Las normas que nos rigen para organizar esta pluralidad están hechas para que gran parte de la diversidad políticamente no consiga transformarse en representación efectiva. El problema no es la ausencia de respaldo electoral, sino la incapacidad de organizarla según las exigencias competitivas del sistema. La pluralidad es la ilusión de nuestro sistema democrático.
El voto residual, aquel que no alcanza el 3% para contabilizar, es la manifestación de una pluralidad política que no ha logrado articularse de forma competitiva. Eso puede sumar entre 600.000 y 300.000 votos por elección. Cada voto residual expresa una preferencia que ha conseguido organizar una candidatura y movilizar apoyo electoral, pero no alcanzar los requisitos necesarios para acceder a la representación. Y no hablamos del voto que pasa pero no llega, pero ¿Qué ideología tiene el mayor depósito de voto residual? Ahí lo dejo caer ...
Las normas electorales están hechas para filtrar la pluralidad. Es una trampa en la que caemos elección tras elección. La purga del sistema frente a diversidad está tan bien diseñada que, mientras la derecha disfruta de sus palomitas, muchas veces es la propia izquierda la que la aplica sobre sí misma en una lucha fratricida entre sensibilidades potencialmente afines.
Las elecciones son estrategia, sus normas no están hechas para la pluralidad. Pero salvada la primera trinchera, las normas del parlamento tampoco ayudan. La lucha del sistema contra la pluralidad no acaba. El grupo parlamentario requiere unas condiciones de representación mínimas. Un partido tiene mejores condiciones para ejercer su acción si tiene grupo que si no es tiene. Un grupo dispone de recursos económicos y materiales, posibilidad de presentar iniciativas, y más tiempo para presentar sus posturas en el hemiciclo. Es muy deseable para cualquiera que sinceramente crea que su punto de vista aporta algo diferencial tener grupo parlamentario.
Esta cuestión estratégica explica muchas de las decisiones aparentemente contradictorias con las que los partidos de izquierdas nos sorprenden. Podemos abandonar el grupo Sumar, ¿Alguien piensa que se hablaría ahora de Podemos si se hubiera mantenido callado en su escaño como pretendía la coalición? Compromis rechaza la solución del Frente Amplio ¿Alguien no ve que lo que pretende es voz propia en el parlamento y que el Frente no le da?, Se están proponiendo candidaturas unificadas para el senado Izquierda y PSOE para romper la hegemonía del PP ¿Que veis en esto? ¿Una lógica ideológica o una estrategia para defender un acuerdo de mínimos? y con todo mi respeto, a estas alturas del partido ¿Alguien percibe que EQUO sea algo más que unas siglas dentro de una coalición? ¿Cuánto apoyo popular tiene? ( y, ojo que yo le he votado en el pasado, ... hace tanto, sic!)
¿Pero, porque tenemos que plegarnos frente a unas reglas que están diseñadas para bloquear? ¿Por qué no podemos encontrar una solución antes de tener que luchar a las puertas del Parlamento para perder todos? ¿ Por qué no convertir este problema en parte de una solución que mejore nuestras capacidades de representación ?
En este contexto el modelo de coalición que debe buscar la izquierda es muy significativo. ¿Qué hacemos? ¿ Replicamos las condiciones del sistema y buscamos un bloque uniforme cuya pluralidad apenas quede justificada por un montón de siglas separadas por guiones ? no le culpo, a fin de al cabo es el mensaje de la sostenibilidad política que se vende a la cultura popular, ... vestida con la ropa del sentido común es la última trinchera contra la pluralidad ... o, ¿ Por el contrario buscamos un nuevo modelo capaz de gestionar la pluralidad como un valor que aporte soluciones transformadoras a un mundo lleno de incertidumbres ?
En un momento tan complejo como el actual, lleno de incertidumbres, exigir homogeneidad ideológica cierra el espectro de soluciones y sobreestima la eficacia de la estrategia. La disidencia interna dentro de un bloque es un elemento operativo que aporta valor como fuente de información no sesgada e introduce innovación. La experiencia política demuestra que los acuerdos multipartidistas son más aptos para articular alternativas no obvias en escenarios de alta complejidad, y generan incentivos para la cooperación sostenible. ¿Cómo vamos a renunciar a tener múltiples voces en un parlamento cada vez más hostil?
Parece claro que, por estrategia e identidad, para albergar esta diversidad no necesitamos una coalición, sino varias, organizadas en espacios territoriales que eviten el conflicto estratégico entre posturas afines y que recojan la diversidad multinacional que nos define. Esto nos permitirá legítimamente organizar grupos parlamentarios con voz propia, donde la estabilidad exigirá formalizar herramientas operativas de coordinación que respeten la pluralidad y permitan acciones coordinadas cuando se requiera.
Una candidatura de coalición plural operativa debería: primero, tener un programa de mínimos con objetivos transformadores, alcances claros y plazos de ejecución verificables; segundo, dar voz y voto a sus miembros y normalizar la discrepancia como activo estratégico; y por último, articular expectativas reales de representación para las distintas corrientes ideológicas.
Los modelos jerárquicos con partidos dominantes carecen de perspectiva, caen fácilmente bajo el control de lobbies e intereses, y desarrollan soluciones que rara vez abarcan correctamente la complejidad del problema, mientras que la deliberación transparente entre iguales es más versátil para encontrar soluciones que abarquen más intereses. Hay que decir claramente que el pensamiento único en un mundo complejo es una debilidad que no podemos permitirnos.
En este contexto, falta una herramienta que de orden a esta pluralidad y para eso lo mejor es votar pero no frente al Parlamento, donde ya llegamos vencidos, sino en casa y lo llamamos primarias. Unas primarias que respondan a un esquema sencillo que apunte al partido y en consecuencia a su propuesta y no al matiz de la persona, sería el primer paso para articular esta pluralidad. Un reparto de expectativas de representación que refuerce la pluralidad en función del resultado, para rescartar ese voto que no llega, y que cada partido ponga su gente como considere generará una candidatura creíble a los ojos de la ciudadanía y de sus votantes. La izquierda no debería poner sus expectativas ni en superhéroes ni en mesías, sino en la capacidad del proyecto común.
Las diferencias entre las izquierdas deberían resolverse entre ellos en unas primarias para luego montar una sola candidatura que defienda lo que dice porque resolverlas en las generales a costa de nuestra sanidad, educación, pensiones, vivienda, etc... sinceramente, nos sale muy caro.
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