La historia del niño esclavo

Sea cual sea el número exacto de niños esclavos, lo cierto es que, en todos los continentes, especialmente en África, Asia, América Latina, se cuentan por millones los que trabajan en plantaciones, en minas, fabricando toda clase de productos, explotados de todas las formas posibles.
Francisco Javier López Martín
15 abr 2026 10:15

La música del viento es un hermoso libro escrito por Jordi Sierra i Fabra, ese prolífico escritor de tantas historias conmovedoras, especialmente dirigidas al público infantil y juvenil, que tanto éxito tienen en las aulas y en las bibliotecas escolares.

Sus decenas y decenas de historias sobre jóvenes en los barrios, o en los pueblos, sobre mitos y leyendas, biografías, especialmente de músicos, le han granjeado otras tantas decenas de premios literarios y reconocimientos como la Medalla de Oro al Mérito en la Bellas Artes.

En ese libro, que nos gusta leer en el Centro de Educación de Personas Adultas de Parla (CEPA), que lleva el nombre de Ramón y Cajal, con nuestras alumnas y alumnos de Enseñanzas Iniciales, Jordi Sierra i Fabra se adentra en un mundo que conoce, el de la India, para contarnos la historia del rescate de un puñado de niños esclavos que trabajan en una fábrica de alfombras.

La trama comienza cuando en una de esas alfombras comprada en la India descubren un mensaje de auxilio de un pequeño llamado Iqbal. Jordi nos explica que el protagonista de la novela, cuyo nombre real era Iqbal Masih, vivió en Pakistan y no en la India, pero él prefirió situar la novela en la India, por tratarse de un país más conocido por él y donde la esclavitud infantil es igual de dramática y dolorosa.

Si buceas en internet podrás encontrar documentación, vídeos y reseñas sobre el pequeño Iqbal. De forma muy breve te contaré que nació en Muridke, una ciudad dedicada al comercio, en el Punjab pakistaní y que era hijo de una familia cristiana, marcada por la pobreza.

Su padre necesitaba dinero para pagar los gastos del matrimonio de su hijo mayor y acordó dejar a Iqbal en manos de un fabricante de alfombras, a cambio del dinero prestado que necesitaba. Ahí comienzan las largas jornadas de trabajo de 12 horas, literalmente encadenado al telar, la privación de cualquier formación y las condiciones inhumanas de producción.

Conviene ver algunos vídeos y escuchar algunas declaraciones de estos niños, para entender el drama que se desarrolla en ese tortuoso camino que conduce desde la extracción de materias primas, a la fabricación de productos, hasta llegar a nuestros centros comerciales, marcados por el consumo desaforado y compulsivo.

A los once años Iqbal tenía las hechuras de un niño de seis. Lejos de condonarse la deuda del padre, la misma no hizo sino crecer, condenando a Iqbal a la esclavitud permanente, hasta que, a los diez años, consiguió escapar de la garra de sus captores. Algunas organizaciones sindicales le ayudaron, denunciaron la situación y consiguieron que la fábrica fuera cerrada y su dueño condenado.

En esta nueva situación de libertad, Iqbal se encuadró en el Frente de Liberación Infantil y emprendió una corta, pero muy intensa actividad de viajes por diferentes países como India, Pakistán, Estados Unidos, o Suecia, pronunciando charlas, grabando documentales en los que se denunciaba la situación de los niños esclavos y se reclamaba que nadie comprase aquellas alfombras manchadas de sangre.

El 16 de abril de 1995, con 12 años, fue asesinado de un disparo, cuando jugaba con una bicicleta, tras haber recibido numerosas amenazas de muerte. Su muerte causó tal conmoción que las ventas de alfombras disminuyeron drásticamente y los industriales del textil se dedicaron a negar la evidencia y a perseguir a los activistas del Frente de Liberación del Trabajo en Condiciones de Esclavitud, utilizando para ello a las instituciones policiales y gubernamentales.

Desde 1998, la fecha del 16 de abril de cada año ha sido declarada Día Mundial contra la Esclavitud Infantil, con el apoyo de Amnistía Internacional, o la UNESCO. Fecha a la que posteriormente viene a sumarse, desde 2002, el día 12 de junio como Día Mundial contra el Trabajo Infantil, declarado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Una escuela secundaria lleva el nombre de Iqbal Masih en la ciudad de Kasur, en su Punjab natal. En Italia son muchas las escuelas, institutos y guarderías infantiles y preescolares abiertas con su nombre. Además de parques, jardines públicos, plazas en el puerto de Génova, o en Santiago de Compostela, puentes como el de Salsomaggiore Terme, en la región de Parma, o una estatua en la ciudad de Vitoria. 

Más allá de tantos recuerdos póstumos, que nos hablan de la figura de este niño trabajador, esclavizado y asesinado. Más allá de su triste historia, de los varios libros escritos sobre él, los numerosos artículos, los trabajos, los documentales y las cuatro o cinco películas sobre su vida, lo importante en este día es recordar que siguen siendo muchos, demasiados, los Iqbal que sobreviven en las peores condiciones en nuestro mundo.

Las cifras son confusas. Unos organismos como la OIT hablan de 160 millones de niños esclavos, otros como UNICEF estiman 138 millones. Algunas noticias lo elevan a 400 millones. Sea cual sea el número exacto, lo cierto es que, en todos los continentes, especialmente en Africa, Asia, América Latina, se cuentan por millones los niños que trabajan en plantaciones, en minas, fabricando toda clase de productos, explotados de todas las formas posibles.

Millones de niños yunteros a los que no podemos, ni debemos olvidar, ningún día del año.

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