Opinión socias
Lecciones sobre Ceuta
Todo artículo sobre la crisis de Ceuta debería comenzar por la tragedia humana que ha supuesto la muerte de 82 personas, cuya esperanza era encontrar una vida digna en Europa. Un número elevado de muertos, que se suman a la mayor fosa común de la Historia, que estamos construyendo en el Estrecho de Gibraltar. Unos cadáveres en honor de la desigualdad económica, en la frontera del mundo con mayor diferencia de renta, la que separa a Europa de África. La renta per cápita de Marruecos, según el Banco Mundial, es de 4.672,5 euros, la de España 38.627,2, una riqueza individual 8,26 veces mayor. Una realidad que, curiosamente, no es tan desigual en la frontera que separa a los Estados Unidos de México, donde la renta per cápita del primero es de 90.026,5 euros y la del segundo 13.889,2, es decir, 6,48 veces menor.
Este es el tema central, cómo la pobreza y la desigualdad económica generan muertos, y cómo estos nunca son contabilizados como un elemento negativo en nuestros sistemas capitalistas. Se asumen como un mal necesario, claramente más, por ejemplo, que las muertes que producen los desastres naturales, algo que, al menos, aparentemente, sí queremos controlar, la pobreza no.
El otro perfil de esta coyuntura se sitúa en la historia. En el año 1415, los portugueses, en su afán por buscar una alternativa a la ruta de la seda, inician la circunnavegación del continente africano y su primera avanzadilla en África fue Ceuta. En el siglo siguiente, concretamente en 1580, Felipe II, ante la muerte del rey Sebastião, sobrino suyo, une las dos coronas. Desde entonces, Ceuta formará parte de un conjunto de ciudades-fortalezas, como Argel u Orán, que, desde la época de los Reyes Católicos, se habían situado en la costa africana para evitar los ataques de la piratería berberisca. En 1640, Portugal inicia el camino de la independencia y, como recuerdo de la unión peninsular, nos quedamos con Ceuta, en adelante, posesión del Reino de España. Es decir, un resto, nos pongamos como nos pongamos, del colonialismo europeo en el continente africano, territorio al que se suman Melilla y las Islas Canarias.
El problema para una metrópoli, en este caso España, es controlar un territorio extraeuropeo cuando no se tiene una posición de poder, porque su situación estratégica es muy vulnerable. En el siglo XX, Ceuta formaba parte de un entramado colonial más amplio. Desde la Conferencia de Algeciras (1906), España se hizo con toda la franja costera del norte de Marruecos, gracias a una donación de Francia, que no quería que Alemania ocupase dicho territorio. Pero, el 7 de abril de 1956 Francisco Franco firmó con el sultán Mohamed V la entrega del protectorado español en Marruecos, solo un mes después de que Francia le concediera la independencia. Desde entonces, Ceuta y Melilla se quedaron rodeadas, como no podía ser de otro modo, por el recién independizado Estado alauí, y separadas del resto de España por una barrera geográfica de difícil acceso, el Estrecho de Gibraltar.
Durante décadas no hubo grandes problemas, al no ser la inmigración un problema político en España. Además, Hassán II, sucesor de Mohamed V, era muy amigo del rey Juan Carlos I, amistad que no se da actualmente entre Felipe VI y Mohamed VI. Por otro lado, España estaba protegida por la Unión Europea y la OTAN.
Pero, ¿qué ha pasado en los últimos años para que la seguridad anterior se desvanezca? En primer lugar, que Marruecos tiene ahora una posición de poder sobre el Estado español, ya que hoy en día la inmigración sí se considera un problema político, sobre todo, si es africana y musulmana. En segundo lugar, los sucesivos gobiernos han decidido que Marruecos sea nuestro gendarme en el norte de África. No en vano, el gobierno de Sánchez modificó la política del PSOE desde la Transición, y decidió, a traición, ceder el Sáhara Occidental a Marruecos. Desde entonces, este sabe que puede presionarnos cuando quiera, porque ya le hemos dado lo que quería, aquello por lo que estaba dispuesto a negociar. Un paso atrás que ahora nos está costando muy caro.
Esta circunstancia de empoderamiento de Marruecos frente a España se acrecienta por la nueva situación geopolítica que se vive en el mundo, desde la llegada de Trump al poder. Marruecos, ya desde hace décadas, se ha convertido en un aliado clave de Estados Unidos en el mundo musulmán. En 1991 participó en la Guerra del Golfo, en 2004 fue declarado Major Non-NATO Ally, es decir, un aliado militar de primer orden fuera de la OTAN. También firmó ese mismo año un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que entró en vigor en 2006. En resumen, desde los atentados del 11 de septiembre, Marruecos se convirtió en el principal aliado de Estados Unidos en la lucha antiterrorista en el norte de África. En compensación, en 2020 Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Hecho que se produjo cuando Marruecos, un país que en el pasado mostró cierta hostilidad política hacia Israel, restableció las relaciones diplomáticas con este país y no las rompió en los últimos años, pese a la masacre del pueblo palestino.
Esta sumisión de Marruecos a Estados Unidos contrasta con cierta resiliencia del gobierno español a la política de Trump, en la mayoría de los casos escenificado mediante enfrentamientos verbales. El gobierno de Sánchez fue el único de Europa que se mostró claramente en desacuerdo con la actuación de Israel en Palestina. Y esto no solo fueron palabras. En septiembre de 2025, se aprobó un Real Decreto-ley por el que se prohibió la compra y venta de material militar israelí. Asimismo, se establecieron restricciones al tránsito por nuestro territorio de material militar con posible uso en Israel. El Decreto incluía, además, las bases de Morón y Rota. Decisión esta que no debió gustar al gobierno estadounidense; como tampoco el que fuéramos de los países que más nos hemos negado a ceder nuestra soberanía fiscal a los deseos de Trump de elevar el gasto militar al 5% del PIB, manteniéndolo en el 2%.
Estas nuevas circunstancias han envalentonado a Marruecos para reclamar la soberanía sobre Ceuta, para expulsar a los españoles del norte de África. Eso sí, mediante unas medidas de presión que lamentablemente ponen en juego la vida de su propia gente. No olvidemos que Marruecos es una monarquía autoritaria, una dictadura. No es una democracia, y el desprecio por la vida de sus ciudadanos se ha puesto, una vez más, en evidencia.
Por lo tanto, no tiene cabida la presión que la prensa española, incluso la que no esperábamos que lo hiciese, ha generado sobre el presidente del gobierno para que tenga una posición de fuerza, en esta crisis, frente a Marruecos. Una presión que no se activó ante los improperios de Trump, pero Marruecos, un país menos desarrollado económicamente que el nuestro y parte de su territorio antigua colonia, y ellos africanos y nosotros europeos, permite una lectura diferente de una prensa que, en este caso, ve inadmisible que pueda utilizar su posición de ventaja estratégica frente a nosotros. Entonces, ¿qué tiene que hacer Sánchez? Como mínimo mostrarse indignado, tirarle de las orejas y decirle que no vuelva a pasar, que siga siendo un buen policía de España, de nuestra frontera, que sea un buen chico, como corresponde a un país africano frente a otro europeo. En fin, no me gustaría ver en esta coyuntura a un gobierno que tuviera ministros como Trillo y que encarase esta crisis con el viento de Levante, porque desde donde sopla también se encuentra Estados Unidos, pequeña contradicción que parece que la derecha española obvia continuamente. Por tanto, la situación vivida en Ceuta se podrá repetir cuando Mohamed VI lo considere, ya que tiene todos los elementos de poder a su favor.
Una situación de debilidad, la del gobierno español, que se acentúa por la falta de un discurso propio y fuerte en los temas migratorios. Esto no es un problema exclusivamente suyo, sino de toda la socialdemocracia europea. No hay más que escuchar las declaraciones de la presidenta de Dinamarca, Mette Frederiksen, cuyas declaraciones sobre emigración no se distancian mucho de las de Meloni. También podemos recordar las actuaciones del antiguo primer ministro laborista de Gran Bretaña, Keir Starmer, cuyas políticas antiinmigración pretendían retomar el pulso del laborismo en las antiguas ciudades industriales del norte de Inglaterra. Su clásico granero de votos, que está virando, debido a la desindustrialización y el abandono, hacia posturas de extrema derecha, acercándose el electorado a Reform UK. Pero, como era de prever, sus políticas no solo atrajeron a nuevo electorado, sino que desgastaron al suyo y tuvo que acabar dimitiendo. No cometa la socialdemocracia europea el mismo error que los partidos democristianos o de centro. En política, el votante siempre preferirá el original a la copia; por tanto, cualquier intento de asimilar a los votantes de extrema derecha con unas políticas similares a las suyas acabará en fracaso y en una ruptura social de consecuencias no controlables, como ha pasado siempre, y acaba de pasar en el Estado de Sajonia-Anhalt o en la propia Ceuta.
El tema de la emigración es uno de los temas centrales de la política actual, eso no se puede esconder, como tampoco que, especialmente en Europa, dado el crecimiento de Asia Oriental, el cambio climático, la desindustrialización, etc. no se vaya a disfrutar, en el presente y en el futuro, de tantos recursos como se aprovecharon en el pasado. En todo caso, parece claro que el peso geopolítico de Europa es hoy mucho menor y que este seguirá decreciendo. Pero la izquierda debe tener una postura clara con las personas, la de la inclusión, cueste lo que cueste. Se tiene que abarcar la mayor diversidad posible, y eso incluye, como no podía ser de otro modo, a los emigrantes. Por tanto, no debemos excluir a la población nacida fuera de nuestras fronteras porque tengamos miedo al futuro, porque sino ese miedo también acabará devorándonos a nosotros. Igual que los menas, son Menores No Acompañados, es decir, niños y niñas. Los emigrantes ilegales son básicamente personas que, como nosotros y nosotras, necesitan la ayuda del Estado y un trato justo. ¿Qué tipo de país somos, si no somos capaces de acoger a unas decenas de miles de personas? ¿Dónde está nuestro desarrollo económico si somos incapaces de dar ayuda a unos miles de menores? ¿Qué esperábamos que pasase si responsabilizamos de nuestras fronteras en el continente africano a un país que aspira a quedárselas? En fin, preguntas que, en todo caso, no pueden tener como respuestas una política cercana al colonialismo del siglo XIX, donde Europa situaba su bota militar sobre el cuello de aquellos que no respetaban sus intereses legítimos o ilegítimos. Hoy el mundo, afortunadamente, es mucho más complejo y diverso como para soportar ese tipo de respuestas, así que guardemos en el baúl de la historia la tizona y la isla del Perejil.
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