Joaquín Vergés Cabanzón
3 feb 2026 12:24

En los últimos años, las estanterías de las librerías se han llenado de novelas presentadas como best-sellers ambientados en Auschwitz. Muchos de estos títulos se anuncian como “historias reales” y prometen al lector un acceso íntimo al horror. Sin embargo, la proliferación de este tipo de publicaciones plantea una pregunta incómoda: ¿contribuyen realmente a preservar la dignidad de las víctimas o, por el contrario, corren el riesgo de banalizar una de las mayores tragedias de la historia contemporánea?

La elección del formato comercial y, sobre todo, de ciertos títulos, invita a pensar que el sufrimiento se convierte en reclamo. Auschwitz aparece así envuelto en una narrativa que, en ocasiones, parece buscar el impacto emocional inmediato, rozando lo morboso. Como si aquel lugar —símbolo de la deshumanización, del racismo institucionalizado, de la violencia sistemática y del asesinato impune— pudiera ser escenario de relatos dulcificados o de un intimismo romántico que desdibuja su verdadera dimensión.

Conviene recordarlo con claridad: Auschwitz solo puede asociarse al mal en su expresión más descarnada. No hubo allí espacios para la nostalgia amable ni para la épica reconfortante. Hubo, en cambio, una maquinaria diseñada para destruir vidas y quebrar conciencias.

Este auge de la llamada “novelística del campo” (Lagerliteratur) o novelas de Auschwitz, frecuentemente presentada como testimonio, contrasta con la hondura de los relatos de supervivientes que sí afrontaron el horror desde la experiencia directa y la reflexión ética, como Primo Levi o Viktor Frankl. Frente a esas voces, muchos de los títulos que hoy circulan masivamente parecen reducir una tragedia colectiva a un producto de consumo rápido, accesible en quioscos, estaciones y librerías de paso.

Algunos ensayistas recientes como Alec Ryrie han señalado que, tras la Segunda Guerra Mundial, la figura de Adolf Hitler quedó fijada como símbolo absoluto del mal, y que décadas después seguimos obsesionados con ese imaginario. Tal vez esta avalancha editorial sea una expresión más de esa fascinación: una forma de sacralizar el mal mientras, paradójicamente, se lo trivializa.

El objetivo de este escrito no es cuestionar la intención de autoras y autores concretos, sino abrir un espacio de reflexión. Existe un riesgo real de que, al convertir Auschwitz en escenario repetido de tramas “increíbles”, se diluya la gravedad de lo ocurrido. El sufrimiento extremo acaba transformado en entretenimiento, y la memoria se ve desplazada por el impacto comercial.

Reducir aquel horror a un pasatiempo lector es una forma sutil de empobrecimiento moral. La brutalización de las víctimas —y también la de quienes ejecutaron el crimen— no puede presentarse como materia de consumo ni como una sucesión de episodios edulcorados. Auschwitz no fue un decorado: fue la evidencia de hasta dónde puede llegar la destrucción del ser humano cuando se normaliza el odio.

Hoy, en un contexto marcado por la incertidumbre, las crisis sucesivas y una creciente polarización social, esta reflexión resulta más necesaria que nunca. La memoria colectiva no debería ser un escaparate, sino un sedimento: un poso que invite a pensar, a comprender y a extraer aprendizajes.

Honrar a las víctimas implica algo más que recordarlas. Significa asumir la responsabilidad de mirar ese pasado con profundidad, sin simplificaciones, y utilizarlo como base para construir un mejor futuro común. Solo desde una memoria crítica y compartida pueden surgir los aspectos constructivos que nos permitan avanzar: no para quedarnos anclados en el dolor, sino para transformar la historia en conciencia, y la conciencia en compromiso.

Porque la memoria, cuando se ejerce con rigor y respeto, no es solo recuerdo: es también una herramienta cívica. De ella depende que el pasado no quede reducido a mercancía cultural y que, frente a la repetición del odio, sepamos afirmar valores compartidos como la dignidad humana, la empatía y la convivencia. En ese equilibrio entre memoria y responsabilidad se juega, todavía hoy, la posibilidad de un futuro verdaderamente común.

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