Opinión socias
Lo que el criadero de Gijón y los más de 300 perros dicen de nosotros: indignación selectiva
Más de 300 perros han tenido que ser evacuados por las condiciones en las que estaban “viviendo”: hacinados, con hernias, tumores, infecciones cutáneas, excrementos y orina por todo el cuerpo, cantidades inmensas de sarro en los dientes y problemas oculares severos. Perros de diferentes razas y edades, pero con un mismo destino: ser criados para su venta.
Esos perros son vendidos a familias, parejas, personas que buscan dar un hogar a un animal. ¿Es esta la forma de hacerlo?
¿Cómo íbamos a imaginar que un criadero que en su propia página web se presenta así tendría a los animales en esas condiciones?
“nuestros perros conviven con nosotros en un entorno familiar donde ellos son lo más importante. Nuestro mayor valor es el bienestar de nuestros peludos, hacemos gran hincapié en la salud tanto física como psíquica de nuestros peludos, entregando a su nueva familia un cachorro equilibrado.”
El Centro Canino de las Almenas no es más que otro ejemplo del sinsentido de este “negocio”.
“Disponemos de los mejores ejemplares por selección de temperamento y características.”
Si no supiéramos que hablan de perros, podríamos pensar que se refieren a plantas, coches o vinos.
Cuando un criadero habla de “ejemplares”, “selección” o “producto”, está utilizando un lenguaje propio del mercado, no de la relación con seres sintientes. Ese lenguaje no es inocente, ayuda a normalizar que los animales sean tratados como mercancía.
Quizás el simple hecho de que exista un negocio que se lucra de la cría y venta de seres vivos debería hacernos saltar las alarmas. Quizás la pregunta no es cómo pueden tener a los animales en esas condiciones, sino cómo puede existir un negocio así.
También conviene reflexionar sobre el papel que tenemos como sociedad en el mantenimiento de estos modelos. Si el Centro de las Almenas existe y ha llegado hasta aquí es porque hay personas que compran, pagan y hacen pedidos de “un cachorro macho de 2 meses de color marrón, con envío exprés 24/48 h”.
La oferta existe porque existe la demanda. Y esta no siempre está alineada con lo ético, aunque la publicidad diga lo contrario.
Es cierto que no todos los criadores operan en estas condiciones. Existen criadores regulados, con controles veterinarios y estándares más altos. Pero la pregunta sigue siendo pertinente: ¿es la cría, incluso en su versión “responsable”, explotación animal?
Como dijo Corine Pelluchon en el Manifiesto animalista: estos modelos necesitan cómplices que participen, directa o indirectamente, como agentes económicos o como consumidores, en un sistema que se caracteriza por la explotación sin límites de los animales.
¿Es este caso de Asturias una excepción? ¿Un caso aislado de explotación animal?
Animales hacinados, enfermos, sin higiene, criados para vender, sacrificar y explotar cada parte de sus cuerpos, encontramos cada día. Solo que, en ese caso, no hablamos de criaderos, hablamos de granjas.
Cerdos, vacas, pollos y muchos otros animales no cuentan con cientos de personas denunciando su situación en redes sociales. No tienen el foco mediático, ni el respaldo institucional ni la oleada de personas ofreciéndose a colaborar.
Quizás deberíamos empezar a mirar qué ocurre y cómo ocurre, en lugar de centrarnos sólo en quién.
Quizás deberíamos indignarnos igual por estos más de 300 perros que por los millones de animales que, ahora mismo, están siendo explotados porque nosotros, los seres humanos, pagamos por ello.
Recordemos que este sistema también se nutre de la pasividad social. Porque, aunque la mayoría de los seres humanos no somos enemigos de los animales, sí somos capaces de ponernos la venda en los ojos.
No hace falta estar de acuerdo en todo para reconocer algo: el caso de estos perros nos impacta porque vemos claramente su sufrimiento. La diferencia con otros animales es que, en muchos casos, preferimos no mirar.
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