Rosario Martínez Leal
24 sep 2026 12:21 | Actualizado: 24 sep 2026 15:48

Desde qué momento comenzó a ser envidia aquel deseo de fama y fortuna, ese anhelo legítimo de éxito y gloria sembrado ya en la infancia cuando se toma conciencia de la admiración que despiertan en los demás las personas que gozan de reconocimiento público.

Durante gran parte de mi vida he considerado que la admiración se sustenta en el rara avis del personaje en cuestión, que por la excelencia en algún aspecto de su ser lo sitúa en una esfera fuera del alcance de lo ordinario, donde me incluyo. La admiración es verdadera, cuando se comprende y acepta que esas cualidades innatas o adquiridas están muy por encima de nuestras propias prestaciones en esa materia donde el ser admirado es extraordinario.

Pero algo se ha quebrado y la admiración se ha convertido en envidia y odio. La capacidad de exposición que hay en la sociedad actual, lleva a que cualquier persona pueda adquirir cierta fama sin necesidad de hacer nada excelente, es el triunfo de lo ordinario que equipara el atrevimiento al talento y a la vez alienta el ataque a lo verdaderamente extraordinario.

La famosa frase de “todos llevamos un entrenador dentro”, también podría ser “todos llevamos …un político, artista, periodista, escritor, profesor, médico, juez, ingeniero, etc …dentro”. Todos opinamos de casi todo, y está bien, son opiniones que tenemos que tener la libertad de expresar pero que nos nos acreditan para imponer o ejercer, la opinión no es un conocimiento que se base en hechos comprobables y evidencias.

“Tú no eres mejor que yo” en referencia a las personas que gozan de éxito por su talento socava el reconocimiento de la excelencia como algo difícil de obtener y la sitúa al alcance de todos, pero cuando todo es excelente, nada lo es.

Entonces, ¿dónde está el peligro de todo esto?, en la pérdida de autoridad y respeto que sufren las personas sobresalientes en sus disciplinas que termina permeando a todos los profesionales en general, pero también las personas capacitadas para ejercer cargos, aplicar políticas públicas y asumir responsabilidades. 

Y ¿con esto quién gana? ... ganancia de pescadores. Cuando ya no se admiran las buenas cualidades del ser humano, el odio y el abuso pasan a ser el modus operandi de un sistema cada vez más depredador.

Y por tanto, ¿quién pierde? Creo que no hace falta contestar a eso.

Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.

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