Morir con permiso. Una cuestión de género

El dolor de las mujeres no se cree: se examina. El caso de Noelia Castillo mostró a cara descubierta un mecanismo muy antiguo que decide, desde fuera, si una mujer tiene derecho a lo que dice sentir.
Lorena Larrañaga
30 jul 2026 21:57 | Actualizado: 31 jul 2026 20:22
Hay algo profundamente injusto, y en ocasiones violento, en cómo la sociedad mira el dolor de las mujeres. No es algo puntual ni una exageración: es un patrón arrastrado generación tras generación que —como casi todo lo que nos atraviesa a las mujeres— debe analizarse también desde la perspectiva de género. Una forma de funcionamiento que se repite y se normaliza y que, precisamente por eso, resulta tan difícil de señalar sin que incomode. Pero, como casi todo lo que sobre las mujeres incomoda, es cierto. Y en pocos lugares esa mirada se vuelve tan transparente como en el final de la vida.
A las mujeres no solo se nos limita y cuestiona el sufrimiento. Se nos exige, además, sufrir de una forma concreta: comprensible, visible, creíble, socialmente aceptable. Nuestro dolor no puede ser caótico ni contradictorio —algo que es, por concepto, inherente al dolor extremo—, porque en el momento en que lo es aparece la duda y, con ella, el cuestionamiento. Se nos pide que suframos con un guion y lloremos en un cierto orden. Que nos quebremos por las causas correctas, en los momentos correctos, con las palabras correctas.
Lo que se vio en torno al caso de Noelia Castillo —y que seguiremos viendo, porque no será el último— fue una exhibición a cara descubierta de ese mecanismo. Un discurso de derecha y ultraderecha que llegó a bordear, y en ocasiones a incurrir, en delitos de odio. Señalamientos a colectivos vulnerables. Comparaciones obscenas entre el dolor físico y psicológico de Noelia y el maltrato animal de las corridas de toros. Un espectáculo mediático sostenido, una insistencia enfermiza en examinar, evaluar, descontar los días, entregar a una mujer al foro público mientras intentaba morir en paz.
Judith Butler plantea en Vida precaria que no todos los duelos son reconocidos como legítimos: existen marcos sociales que deciden qué sufrimiento merece ser escuchado y cuál puede ser cuestionado. Hay vidas que, sencillamente, no se consideran llorables. En el caso de las mujeres, ese reconocimiento nunca es automático; siempre pasa por un filtro externo que evalúa, interpreta y decide si lo que sentimos es válido. Nuestro dolor no se cree: se examina. Y esa evaluación no es inocente.
La violación de Pamplona en 2016 fue uno de los ejemplos más evidentes. No solo se juzgó una agresión ante la justicia ordinaria; se juzgó a la víctima entera ante la sociedad. Se observó cómo caminaba, cómo hablaba, cómo vestía, cómo reía, cómo intentaba reconstruir su vida. Como si seguir adelante pudiera interpretarse como prueba en su contra. Como si sobrevivir fuera sospechoso.
Y aquí está la primera de las trampas. Si el dolor no puede sostenerse, si nos deja marcadas de por vida, tampoco se acepta: aparece entonces la patologización. Ya no se duda porque padezcas «demasiado bien», sino porque sufres «demasiado mal». En ambos escenarios el resultado es el mismo: la mujer deja de ser reconocida como sujeto de su propia experiencia. Si negar el dolor de una mujer que sobrevive es una forma de control, negar el de una mujer que ha decidido no seguir viviendo es otra, todavía más radical.
Merece la pena mirar esa estructura con algo más de tiempo. En los procesos inquisitoriales contra las acusadas de brujería —que Silvia Federici estudia en Calibán y la bruja— la acusada no podía demostrar nunca su inocencia. Si flotaba, era bruja; si se hundía, inocente pero muerta. Si lloraba, fingía; si no lloraba, no tenía alma. El tribunal no estaba allí para escuchar, sino para confirmar lo que ya había decidido. La inversión de la prueba, se llama en derecho. Y lo que a las brujas se les aplicaba en una plaza, a nosotras se nos sigue aplicando hoy en los medios de comunicación. Por eso no hay forma correcta de sufrir: porque el marco no está diseñado para creernos, sino para evaluarnos. Si sobrevives, se sospecha de ti. Si te rompes, se te patologiza. Si pides ayuda, exageras; si no la pides, no era para tanto. Si hablas, montas un escándalo; si callas, consentías. La pregunta nunca es si dices la verdad: la pregunta es cómo se va a construir, desde fuera, un relato coherente sobre ti. Un relato en el que tu experiencia sea —como diría Rita Segato— el mensaje de otros inscrito en tu cuerpo.
Habrá quien piense que exagero al traer aquí a las brujas. El vínculo es más directo de lo que parece. La institución que durante siglos ejerció como árbitro del dolor femenino legítimo en Occidente no fue el Estado: fue la Iglesia. Y su criterio, sintetizado en una palabra, era el sacrificio. El dolor de una mujer se volvía legítimo, venerable incluso, cuando se ofrecía a algo más grande que ella: Dios, los hijos, el marido, la patria. La santa, la mártir, la madre que muere en el parto, la esposa que aguanta. Toda la iconografía del sufrimiento femenino admirado comparte un mismo rasgo: el dolor redime porque sirve. Porque es para otros. Porque nunca es solo suyo.
La modernidad no rompió esa narrativa: la heredó. El Estado contemporáneo, al regular la capacidad de las mujeres para decidir sobre su cuerpo —su deseo, su reproducción, su enfermedad, su muerte—, ocupó el lugar del confesor. Lo hizo con vocabulario laico y con abogados en vez de obispos, pero la pregunta subterránea siguió siendo la misma: ¿tu sufrimiento sirve a alguien? ¿Te ofreces? ¿Te sacrificas?
Esto explica por qué la decisión de Noelia provocó un terremoto moral que otros casos no provocan. No es solo que fuera mujer. Es que su dolor no era sacrificial. No moría para nadie. No se ofrecía. No redimía. Simplemente cesaba. Y eso, que en cualquier varón pasaría por decisión última y digna, en una mujer sigue leyéndose, siglos después, como transgresión. Cuando una asociación católica dice que Noelia «tenía otras opciones» y cuando un tertuliano laico dice que «habría que haberla ayudado más», hablan, sin saberlo, el mismo idioma. Ambos le piden lo mismo: que convierta su dolor en algo útil. Que deje de ser solo suyo.
Noelia cumplía todos los requisitos. Había expresado su voluntad de forma reiterada, había sido evaluada por profesionales médicos y por una Comisión de Garantía. Aun así, su decisión fue cuestionada, bloqueada y judicializada durante más de seiscientos días. Seiscientos días no son una cifra: son una condena. Su dolor tuvo que ser demostrado una y otra vez, como si no bastara su palabra ni la validación médica. La misma sociedad que duda de una mujer cuando afirma haber sufrido violencia es la que duda de ella cuando afirma no poder seguir viviendo en condiciones que, no lo olvidemos, solo ella conoce.
Conviene hacer un contraste. Ramón Sampedro pidió morir durante décadas, desde una lesión medular igualmente irreversible y sin marco legal alguno que lo amparase. Su decisión fue recibida como un acto de dignidad: se le hicieron películas, se le dedicaron premios, se le convirtió en figura. No discuto su dignidad; la tengo por cierta. Pregunto por qué la narrativa que funcionó con él no funcionó con Noelia. Primero, por el sacrificio: Sampedro pudo narrarse como un hombre que moría por una causa mayor, la autonomía al final de la vida. Noelia no muere para; muere porque. Segundo, por el capital simbólico: Sampedro venía con una articulación letrada que la cultura oficial pudo recoger y devolver convertida en cine de autor. Noelia no tuvo esa voz pública; nunca se le permitió tenerla. Y eso es la forma específica en que patriarcado y clase trabajan juntos: no basta con ser mujer para caer bajo sospecha; hay que ser, además, la mujer equivocada. Pobre, sola, sin biografía ofrendable.
La cobertura prolongada, obsesiva, amarilla, del caso funcionó como lo que Foucault llamaba espectáculo disciplinario. Se expone a una mujer al escarnio público para que otras mujeres miren, entiendan, aprendan. No lo intentes. Quédate en tu sitio. Sigue sufriendo como se debe. El cuerpo expuesto de una mujer ha sido siempre mensaje para otros cuerpos de mujer.
A las mujeres se nos ha enseñado a cuidar y a sostener, a minimizar nuestro propio dolor. Somos el principal sostén no pagado del bienestar general. Por eso, cuando una mujer dice «no puedo más», no expresa solo un límite personal: rompe un contrato no escrito que es el residuo secular del mandato sacrificial. Habrá quien diga que las mujeres en situación de vulnerabilidad extrema no están en condiciones de tomar este tipo de decisiones. Que la vulnerabilidad, la pobreza, la violencia previa haya que pensarlas y rodearlas de garantías, no lo discuto. Lo que discuto es que de la legítima preocupación pasemos, casi sin transición, a la retirada de la capacidad. Que la protección se convierta en tutela y el cuidado en gobierno. Esa deriva tiene género. Y tiene clase.
Aceptar la decisión de una mujer cuando dice «hasta aquí» implicaría reconocerle una autonomía plena. Y eso es justamente lo que sigue generando mayor resistencia: asumir que hay límites que solo puede definir quien los vive. Que no todo puede ser supervisado, interpretado o corregido desde fuera. Que el cuerpo propio es, al final, cuerpo propio.
Nos queda mucho camino. Nos queda, sobre todo, callarnos un poco más y escuchar mejor. Acompañar sin invadir. Respetar sin interrogar. Y no convertir nunca más el dolor de una mujer en contenido.

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