... y sí, digo fabricadora a propósito. El término no es un palabro, no es un capricho, es una tesis.
Voy a meterme otra vez en un charco, lo sé. Me caerán hostias dialécticas, y espero que solo de este tipo. Cada uno es como es, o como le dejan ser, lo asume o se disfraza con el traje que le toca para pasar desapercibido y entrar en la obra de teatro general.
Pues bien, yo decidí, tras terminar mi época laboral, REMUNERADA, que el disfraz no lo guardaría en el armario, sencillamente lo quemaría, porque no entra dentro de mi ánimo volver a utilizarlo.
Yo, antes que nada, soy yo. Me miro al espejo, me reconozco y me gusto. No estoy dispuesta a dejar de ser quien soy para que otros se sientan cómodos.
Dicho esto, voy al grano.
LA MUJER ES UNA FÁBRICA AL SERVICIO DEL GRAN CAPITAL.
Un operario no remunerado en la base de la cadena. No es una metáfora ni una provocación.
La mujer es la fabricadora indispensable del gran capital: fabrica aquello sin lo cual el sistema no existe.
Trabaja para que otros puedan trabajar. Para reparar cuerpos y cabezas cuando vuelven explotados. Trabaja para sostener a quienes el sistema aparentemente ya no necesita: los mayores. Aunque estos siguen siendo productivos para el gran capital, gracias a que sirven de pretexto para trasiegos de dinero camuflados en estructuras como el llamado tercer sector.
Sin ese trabajo no hay obreros. Pero, sobre todo, no hay personas para sostener al gran capital.
La labor de reproducción no se refleja en una nómina, ni en estadísticas, pero si mañana desaparece, el sistema entero se detiene.
Sin esta fuerza de trabajo el capital deja de moverse. Movimiento que es, realmente, lo que lo alimenta. Antes de producir riqueza, hay que producir personas: cuerpos y mentes que sostengan el sistema y lo reproduzcan día tras día. Y eso no cae del cielo como el maná. Al menos no todavía. Para eso tendrían que hacerse realidad las profecías de Huxley.
Por eso se insiste tanto en que se hace por amor. Porque al amor no se le pone precio. Porque al amor no tiene horario. Porque el amor no reconoce cansancio ni derecho a parar.
No hablo del cariño ni del afecto. Hablo del uso del amor como herramienta. Cómo se convierte en la coartada perfecta para que millones de mujeres hagan, hagamos, gratis, lo que sostiene el sistema entero. Porque: Cuando algo se llama amor, no se reclama. Cuando algo se llama amor, se aguanta.
Si a alguien le molesta que relacione mujer con fabricación, que se pregunte por qué le molesta. Porque no deshumanizo a la mujer. La deshumanización está en vivir de su trabajo sin valorarlo. Nombrarlo no es el problema. El problema es no querer ver el problema.
Tampoco estoy diciendo que la mujer se dedique solamente a parir y cuidar. Usar ese argumento es querer tender una trampa muy cómoda para no discutir nada. Lo que digo es que el sistema la utiliza. Confundir una denuncia con una definición es una forma bastante simplista para no querer enterarse del mensaje.
La familia, tal y como la conocemos, no es una estructura casual, ni venida del cielo. Distribuye papeles: quién cuida, quién manda, quién hereda y quién obedece.
Durante siglos ha sido la unidad social elemental perfecta, una fábrica doméstica donde se produce y se mantiene la fuerza de trabajo sin que al gran capital le cueste un euro.
Dentro de esa estructura, a la mujer le tocó el papel más rentable para otros: ser la fabricadora invisible. Producir personas, mantenerlas vivas, educarlas y cuidarlas. Su trabajo no se niega; simplemente se “romantiza” y así se consigue que no huela a explotación.
Y cuando alguna se sale del guion, cae la culpa: Mala madre. Mala mujer. Egoísta. Fría. Siempre hay un calificativo preparado para quien no quiere seguir sosteniendo lo que siempre se le ha atribuido por naturaleza.
Mi lenguaje solo parece exagerado porque pongo palabras a una explotación encubierta que se ha normalizado.
Montar un sistema entero sobre el trabajo gratuito de medio planeta y llamarlo amor no es exagerado: es obsceno. Esto no es nuevo ni una ocurrencia mía. Está escrito desde hace más de un siglo. Solo hay que hacer un pequeño repaso a estudios etnográficos y antropológicos. Lo nuevo es seguir fingiendo que no lo sabemos. Mientras no se reconozca y se valore de verdad el trabajo de reproducción y cuidados, la desigualdad no será un fallo del sistema: será su condición de funcionamiento. No se trata de ayudar a las mujeres, porque sin reproducción y cuidados no hay sistema posible, ni capitalista ni revolucionario. Se trata solo de dar el primer paso entendiendo realmente cual es el papel que desempeña en esta sociedad.
Tomar conciencia -y consciencia- es dar el primer paso.
Julia Castillo
Activista social
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