Salgo de casa con un descafeinado recién tomao. En el edificio de usos múltiples de mi pueblo, que es ese tipo de construcción municipal con ladrillo visto y cartelería de metacrilato, me espera la asociación de mujeres que ha organizado el primer Orgullo de la historia de mi pueblo. No tengo nervios pero siento el cosquilleo por la expectación de no saber qué audiencia voy a encontrarme.
Desaparece pronto, en cuanto descubro que apenas somos 30 y que conozco a 27 de ellas. A mis 45 años, y una vida fuera de todo armario, jamás me había sentado a explicar cuestiones identitarias en formato 'charla con público'. Sí que había hablado, y mucho, alrededor de una mesa llena de cervezas y ceniceros atiborrados. En cuanto comenzamos, pongo el piloto automático, abro la boca. Buenas tardes, ya me conocéis . Lo que suelto en los siguientes minutos es un resumen bastante depurado de las ideas que llevo días mascullando entre mi cerebro y notas sueltas.
Cuando desde la asociación me pidieron hacer algún manifiesto, o presentación, escribí del tirón una nota de icloud. A esa le siguieron otras notas de voz enviadas a mi WhatsApp personal, esa especie de desdoblamiento del ego que la aplicación de Meta nos facilita. Escuché esas notas un par de veces, en trayectos de coche más o menos largos, con la idea de memorizarlas y así tener algo preparado. No sucedió. Conforme se iba acercando el día, y con la idea de aunar esas notas y darles forma de borrador en un Word llamado orrrrrrgullo.docx, la motivación fue perdiendo peso. Digamos que mi cabeza es un hollín, que soy bastante inteligente y que tengo una buena capacidad de oratoria, así que decido lanzarme a saludar, mirar a los presentes, dirigirme a elles y abrir la boca.
Y decir que crecer siendo marica en un pueblo tan pequeño, en los 90, no tuvo nada de fácil, que me lo tuve que montar yo sólo, que a falta de referentes tuve que construir el mío propio, que después tuve que emigrar – no lo dije, pero se llama sexilio –, y buscarme la vida gay en la capital de provincias y que, una vez allí, tuve que despojarme del referente que había creado aquí para ser otro, probablemente muy distinto y por momentos muy opuesto. Que tenía que encajar en algo que, aunque yo no lo sabía, se llamaba metronormatividad.
La metronormatividad es la creencia de que la existencia lgtbq+ solo puede vivirse plenamente en los centros urbanos con mayor capital cultural, lo que la acota, en España, a Madrid o a Barcelona. Yo lo hice en Málaga, así que tuve doble ejercicio discriminatorio: maquillar mi origen rural, por un lado, vivir con el complejo de ciudad pequeña por otro. Mi movida no estuvo en Madrid, ni en Barcelona, estuvo a caballo entre el indie marica del centro de Málaga, donde varios locales - hoy reconvertidos en sitios de hamburguesas machacadas - actuaron de faro cultural para la tribu del pitillo negro y raya en el ojo; y La Nogalera, en Torremolinos, donde raramente uno se volvía a casa sin experimentar un encuentro fugaz ni descubrir un nuevo cuerpo, raza o idioma.
Cerramos con éxito ese pequeño acto de Orgullo en Alfarnate cuando recibimos las felicitaciones de unas señoras que jamás habían tenido un acceso tan directo a estas temáticas. Ante una audiencia bastante lega en estos temas, se ha podido explicar el riesgo de adherirse a las letras del colectivo como quien se adhiere a un estereotipo. Se ha explicado que la identidad no es una categoría tan estática como para ser sólo explicada en base a las relaciones sexuales o socioafectivas, sino que también la atraviesan la clase y el origen.
La identidad es, en mi caso, poder sentir arraigo por mi pueblo y reivindicarlo como escenario posible de cualquier vivencia queer. Esa creencia, por cierto, sí la conocí antes de practicarla, se llama post-metronormatividad y es bastante necesaria.
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