Película 'La niña zurda' o mirar lo invisible: tradición, diferencia y resistencia

Finalista al Óscar a mejor película internacional, en la misma categoría que Sirat de Óliver Laxe, La niña zurda convierte una historia mínima en una denuncia profunda:
Namib
14 feb 2026 17:10

‘La chica zurda’, es una película bellamente incómoda, profundamente humana y, por momentos, devastadora. Bajo una aparente sencillez —la historia de una niña taiwanesa marcada por su condición de zurda en un entorno zafiamente tradicional— se despliega un retrato social mucho más amplio: el peso de la tradición, la rigidez cultural y, sobre todo, la violencia silenciosa que ejerce una sociedad estructuralmente machista.

Pero no es solo la historia de la niña zurda. Es también la de su madre, atrapada entre la resignación y la supervivencia, y la de su hermana mayor, que aprende demasiado pronto cuál es el lugar que le ha sido asignado. Juntas componen un fresco íntimo y doloroso sobre las heridas invisibles que deja la obediencia forzada y sobre la resistencia callada que, aun frágil, persiste.

La humanidad invisible

Uno de los mayores logros del filme – rodado con teléfonos móviles - es cómo obliga al espectador a detenerse en lo que normalmente no vemos. Cuando visitamos países asiáticos, observamos con la perspectiva asombrada de los ojos occidentales los puestos callejeros, los mercados vibrantes, los colores, el bullicio. Consumimos la estética de la pobreza o de la “autenticidad cultural” como si fuera parte del decorado exótico del viaje. Vemos el decorado, pero no a los actores.

Tuve la suerte de visitar uno de estos países hace poco. En uno de esos mercados interminables como el de la película, el calor era asfixiante: una atmósfera húmeda e inmóvil que parecía pegarse a la piel. No podía evitar preguntarme cómo quienes trabajaban allí podían soportarlo día tras día, durante horas. Avanzaba detrás de mis compañeros entre puestos y tenderetes repetidos, con la frente bañada en sudor y la ropa cada vez más empapada. Los vendedores se acercaban una y otra vez, llamando, ofreciendo mercancías, intentando detener mi paso, y aquella insistencia constante terminó en hastío y rechazo.

Me detuve en una intersección sin saber muy bien hacia dónde seguir. Entonces, desde uno de los puestos, salió una mujer. No dijo nada. Con una sonrisa, me puso en las manos un par de pañuelos de papel, me señaló la frente y regresó de inmediato a lo que estaba haciendo.

No hubo más intercambio que una sonrisa y un gracias; ni expectativa de conversación, ni petición de nada a cambio. Solo un gesto breve, casi invisible, que súbitamente humanizó todo el entorno.

De eso va La chica zurda.

Esta cinta rompe las miradas superficiales. Nos coloca frente al rostro concreto de quienes están detrás de los puestos, de quienes tiene que anunciar a gritos sus baratijas, de quien sobrevive para vivir. Las protagonistas no son símbolos abstractos y ahí reside la humanidad que revela la película: la fragilidad cotidiana, la humillación asumida como normal, en la resistencia íntima que casi nunca puede convertirse en rebelión abierta.

El machismo ancestral como estructura

Apenas oculta tras tenues pinceladas de humor, la crítica más feroz del filme apunta a la sociedad tradicional china, profundamente patriarcal. No se trata de señalar individuos crueles, sino un sistema entero -afortunadamente en franco retroceso- que convierte la sumisión femenina en virtud y la diferencia en defecto. Durante siglos, la tradición ha legitimado una jerarquía donde el varón ocupa el centro y la mujer asume que ocupa el margen.

La zurdera, en este contexto, no es solo una característica física; es una metáfora de la diferencia. Usar la mano izquierda como principal equivale a desviación, error, algo demoniaco que debe corregirse. La violencia no es necesariamente espectacular ni sangrienta; es pedagógica, disciplinaria, constante. Es la violencia de la normalización.

La película no caricaturiza; muestra. Y al mostrar, acusa. Acusa una tradición que se disfraza de sabiduría ancestral mientras perpetúa desigualdades. Acusa una cultura que, en nombre de la armonía, exige acatamiento. Y acusa también nuestra mirada occidental cuando romantiza lo “ancestral” sin cuestionar sus efectos sobre los cuerpos más vulnerables.

Una crítica que nos incluye

Lo más perturbador es que la película no permite al espectador colocarse en una posición moral cómoda. Es fácil condenar el machismo “de otros”. Es más difícil reconocer que el turismo global, el consumo rápido de culturas ajenas y la fascinación por lo exótico también deshumanizan.

La niña zurda no es solo la historia de una niña diferente; es una denuncia contra la normalización de la desigualdad y contra la ceguera colectiva —local y global— que permite que continúe. Revela humanidad donde solemos ver paisaje. Y al hacerlo, nos confronta con una pregunta incómoda: ¿cuántas vidas invisibles hemos atravesado sin detenernos a mirarlas realmente?

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