Al leer Del obrero-masa al obrero social (NEGRI, Toni. Anagrama. 1980), esta mente alborotada que escribe, se pregunta si ese término, el obrero social, sigue vigente en la actualidad o se trata más bien de un término caduco. Las anotaciones, las ideas quedan reflejadas en múltiples libretas sin un aparente nexo común (¿hasta ahora, justamente, con este artículo?)
De primeras, la idea ya es seductora per se: la transición del obrero como actor fundamental en la producción fabril de los inicios de la segunda mitad del siglo XX a su traslación más amplia como sujeto social dentro de una comunidad. Espacio en el que se trasponen las mismas medidas y los mismos roles que en la fábrica.
Hoy, nos encontramos ante una nueva vuelta de tuerca. Las grandes compañías tecnológicas han dejado atrás el capitalismo suave (sic) por un turbocapitalismo donde ya ni siquiera la vida humana tiene ningún tipo de valor y la propia esencia de la misma, es decir, la muerte, se pretende eliminar hasta alcanzar una aburrida eternidad.
Retomando el hilo, y pese a lo interesante que pudiese resultar tratar otros temas, vemos como esas grandes compañías han reformulado el status quo del capitalismo. Ese desarrollo tecnológico, que sustituye mismamente al antiguo tótem del capital, la máquina, puede provocar la muerte del obrero? Es esta tecnología galopante la muerte de la lucha de clases como tal? O tenemos que ir más allá y reformular el espacio de dicha lucha de clases? Y en base a esto último, hay un paso más allá que tengamos que dar para pasar del obrero social a otro concepto más amplio o novedoso?
Vayamos por partes.
Para empezar, la lucha de clases es como la materia: se transforma, adaptándose a las nuevas circunstancias fruto del contacto con diferentes elementos. En nuestro caso, el surgimiento totalitario de esas nuevas tecnologías. Como clase oprimida, el primer paso, es asumir dicha condición. Y como tal, proceder a entender los funcionamientos de este turbocapitalismo. Toni Negri, y el colectivo Quaderni Rossi, lo expresaron como co-investigación. Observar y actuar.
Observar para llegar a comprender los códigos a los que estamos sujetos. Bien sea de forma indirecta, ahí está nuestra dependencia a las redes para comunicarnos o simplemente para hacer más llevadero nuestro día a día y que, en muchos casos, los asumimos como propios y como no cuestionables; o bien, de forma directa a través de los marcos ideológicos que nos marca ese turbocapitalismo como actor opresor. Paradójicamente, el propio acto de observar en esta situación nos ofrece también el anverso. Baste comentar ahora, que ese acto nos permite empatizar con el "otro" que también está siendo oprimido. Y también, para comprender las redes que buscan la fractura en ese acto empatizador pero también trasformador.
Ahí entra el actuar. Para romper esas redes y evitar odios y generar lazos comunicativos para crear nexos comunes. Lazos que pueden ser creados con las mismas armas con las que el turbocapitalismo quiere asilarnos e individualizarnos en forma negativa como si cada uno fuese la única fuente de la razón universal; mientras que el objetivo es que ese ser individual nos convierta en una masa heterogénea pero fuerte, a raíz de esa aparente diversidad que nos hace frágiles.
Es por ello, que del mismo modo que si la lucha de clases no muere, tampoco lo hará la máquina. Este punto, personalmente, lo considero fundamental. Cuanto antes comprendamos que la máquina es un apéndice más de nuestra existencia, una herramienta y no al revés, siendo nosotros una opción más para la producción de la máquina; antes lograremos reestructurar nuestra condición en esta lucha de clases contemporánea.
Por lo tanto, todo esto nos lleva a, lo que de forma kamikaze pretendo compartir con este escrito, pasar del obrero social al consumidor. Creo que es el paso lógico que hay que dar. Del mismo modo que el capitalismo emplea conceptos marxistas y de la lucha de clases para propagar sus ideas y revertir sus conceptos originarios; nosotros como clase oprimida, tenemos que hacer lo mismo: apropiarnos de su lenguaje, okuparlo y hacerlo nuestro. Sólo así lograremos dar un paso gigantesco para alcanzar la victoria.
Siguiendo ese discurrir capitalista, una de las lecciones básicas es que toda decisión lleva aparejada su coste de oportunidad. Pues bien, al pasar a esa condición de consumidor, tenemos la ventaja de hacer nuestro ese coste de oportunidad. Es cierto, que exige la voluntad y la conciencia de saber en todo momento que decisiones estamos adoptando. Es un trabajo extenuante en lo mental pero, ¿acaso no merece la pena?
Igual, a través de esa perspectiva, se podrá ir suprimiendo lo que supone la sociedad capitalista y esa dualidad entre opresor y oprimido. Es hacer práctico el lema "Lo personal también es político". Romper las estructuras de opresión capitalista que dominan nuestra cotidianeidad: la familia y los roles de género, el contraste urbe/rural (y las situaciones de poder que se generan dentro de esos dos espacios), la fábrica o el centro de trabajo (por supuesto, como herencia inicial de la lucha de clases que continúa) y, en esta etapa evolutiva, el consumir.
Podrán inducirnos unos u otros comportamientos, disparar nuestra dopamina con estrategias de gran vileza, pero en el fondo, nosotros somos los dueños de nosotros mismos.
Si creo que el paso de obrero social a consumidor es necesaria es porque se desvirtúa al capitalismo. El capitalismo como tal necesita al obrero. Es su némesis pero también su esencia. Sólo a través del término antagónico de obrero el capital puede tener razón de sí.
Si trasponemos esa conceptualización al consumidor ponemos como objeto sobre el que oprimir a la propia consecuencia del capitalismo. La erradicación del consumidor provoca la muerte del capitalismo. Si el capitalismo necesita reproducir continuamente el acto de consumir, la interrupción de esa lógica pone en cuestión uno de sus principales mecanismos de reproducción. El capital puedes seguir produciendo pero para quién (si ya no habría consumidores)?
Además, este cambio amplía el espectro que puede integrar ese polo de la lucha. Los jóvenes y los ancianos, grandes olvidados y muchas veces, grandes damnificados por el desarrollo capitalista, también podrían tener más voz y juntar sus inquietudes a las ya existentes como clase obrera. Consiste, por tanto, en politizarlo todo, bajo el riesgo de que diferentes inquietudes fragmenten el discurso. Pero es ahí, justo en esa falla donde hay que aunar todas las energías para dividir el foco sobre el que el capital ejerce toda su furia. Lo vuelvo a reiterar: lo que nos hace diferentes nos nos debilita, nos fortalece.
Todas estas ideas surgen de leer a mentes tan brillantes como Toni Negri y ese mensaje recurrente en su obra de la necesidad de siempre estar reformulando los postulados de la izquierda y de la lucha de clases; pero sin olvidar el trabajo previo y lo teorizado anteriormente. Solo así se podrán ir dando pasos para lograr la victoria final en la lucha de clases.
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