Opinión socias
El Salto, ¿no deberíamos estar hablando más de esto?
Hay algo que me sorprende desde hace semanas al entrar en El Salto En medio de una actualidad en la izquierda real marcada por el ruido, la urgencia y desorientación —con noticias que se suceden sobre la crisis, los movimientos y las incertidumbres—, tengo la sensación de que no se esta dedicando el espacio que merece a abrir el debate de fondo: qué proyecto puede construirse a la izquierda del PSOE para los próximos años.
Y no lo planteo como una crítica a El Salto. Seguramente es justo lo contrario. Si hay un espacio donde esta conversación debería producirse sin convertirla en una competición de siglas, reproches y heridas pendientes de cerrar, creo que es aquí.
Porque algo se está moviendo. La desintegración del Frankenstein Sumar, el camino que decida tomar Podemos, el papel de Izquierda Unida o propuestas como la planteada por Gabriel Rufián no son simples movimientos tácticos entre organizaciones. Detrás hay una pregunta mucho más profunda: si en los próximos años conseguiremos que exista en España una izquierda transformadora con capacidad real de influir, condicionar gobiernos y disputar el sentido común de la sociedad.
Y, sin embargo, tengo la sensación de que estamos mirando este proceso casi de reojo, como una noticia más dentro del ruido diario. Paradójicamente, cuando El Salto publica artículos sobre esta recomposición, la reacción de sus lectores parece indicar que existe una necesidad de hablar. Mientras muchas informaciones pasan con apenas conversación, estos artículos abren debates, con acuerdos, desacuerdos, dudas y reflexiones.
Quizá la propia comunidad está señalando algo.
Entiendo, y comparto, que una de las grandes virtudes de El Salto sea acercar el micrófono allí donde casi nunca llega: a los conflictos olvidados, a quienes no suelen ocupar portadas y a las voces que quedan fuera del relato dominante. Esa mirada es imprescindible.
Pero quizá precisamente por eso esta conversación también importa. Porque todas esas luchas —la vivienda, los derechos laborales, los cuidados, el feminismo, la emergencia climática o la desigualdad— terminan encontrándose con una pregunta incómoda: ¿cuál es la forma de que esas demandas sociales encuentren una vía para conseguir cambios reales? La respuesta es obvia.
El ciclo abierto tras el 15M demostró que era posible mover debates que parecían cerrados, introducir nuevas prioridades y alterar un tablero político que parecía inamovible. Pero también dejó errores, divisiones, personalismos y heridas que sería absurdo ignorar. La cuestión es si la conclusión de aquella experiencia debe ser únicamente hacer balance de lo que salió mal o intentar aprender de ella para construir algo nuevo.
No tengo una respuesta clara sobre cuál debería ser la fórmula. Ni siquiera sé si existe una. Tal vez nadie la tenga todavía. Pero sí tengo la sensación de que estamos ante una conversación demasiado importante como para dejar que ocurra solo entre direcciones de partidos, negociaciones discretas o estrategias electorales.
Sería una pena que uno de los espacios más adecuados para tener ese debate no lo sitúe más en el punto de mira. Porque quizá antes de saber quiénes deben caminar juntos, necesitemos volver a hablar de hacia dónde queremos caminar.
Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.
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