Opinión socias
Que se joda el Nobel, dijo Lobo Antunes
Se ha marchado con 83 años, camino de 84, cuando la desmemoria se había ido apoderando de él, de buena parte de su mente y de las voces que le visitaban y le impelían a escribir. Se ha marchado sin anunciarse, discreto con su muerte como lo fue con su vida. Así hemos conocido la visita de la muerte a António Lobo Antunes.
Compruebo una casi unánime alabanza a la figura del escritor. Coloso de las letras, dice un periódico, gigante de la literatura portuguesa contemporánea, afirma un digital, explorador de los abismos de la memoria constata un tercero, el escritor que psicoanalizó a su país, concluye otro. Y así en una interminable glosa del hombre que nos ha dejado.
Conservo en la memoria de mí mismo a un Javier que se adentraba en las formas y maneras de Saramago y que se deleitaba leyendo en un camping la Historia del cerco de Lisboa, mientras dibujaba en un mapa de la ciudad el recorrido del protagonista siguiendo la muralla musulmana, internándose en el barrio de Alfama.
Sin embargo no recuerdo cuál fue el libro que me inició en la lectura de Lobo Antunes. Mi primera lectura del autor. Conservo un recuerdo de sensaciones desordenadas, turbulencias desencadenadas, sentimientos contradictorios, temores renacidos, dolores recuperados. Pero no recuerdo una lectura concreta. Y, sin embargo, todo Antunes fue un descubrimiento.
Saramago me introducía sin puntos, comas, o guiones, en una narración oral, al mejor estilo de los cuentacuentos tradicionales. Funcionaba como un cuento en torno a una hoguera de campamento, o en mitad del desierto. Era la voz que se abría paso entre la oscuridad de la ceguera.
Lobo Antunes, por el contrario, me adentraba en la oscuridad, tenía que perseguirle por un incierto camino de dispersas sensaciones, oscuros pensamientos, tortuosos sentimientos, que conducían a un certero e inevitable destino de caóticas secuencias producidas por la mente humana atormentada.
Es conocido el enfrentamiento entre los dos gigantes de la literatura portuguesa contemporánea, José Saramago y Antonio Lobo Antunes. No me siento capaz de intervenir, mediar, poner paz entre los seguidores de uno y otro. No sé en qué estado se encuentra la confrontación entre dos personajes que ya han fallecido y que, por todo lo demás, eran profundamente democráticos, antifascistas, pacifistas y hasta partidarios de una gran Federación Ibérica que uniera a España y Portugal. Más allá de una confrontación de estilos literarios quisiera imaginar que ya no tiene sentido.
Me remitiré, por tanto, a los criterios de otro autor al que descubrí a través de su libro Sostiene Pereira, que me regaló más tarde aquella hermosa película protagonizada por Marcello Mastroianni. Me refiero al italiano de nacimiento y portugués de vocación, Antonio Tabucchi. Aquel hermoso libro me abrió las puertas a la literatura portuguesa, aún antes de llegar a Saramago, a Pessoa y, por último, a Lobo Antunes.
Sostiene Tabucchi, en su visión de Saramago, que es necesario destacar su talento y el valor indiscutible de una obra cargada de fuerza moral, capaz de regalarnos una narrativa que nos adentra en los males de nuestras sociedades. Sostiene la importancia de su prestigio nacional e internacional para las letras portuguesas.
Sin embargo Tabucchi no se sentía cercano a la forma de escribir de Saramago. Decía que no pertenecía a su familia de escritores. Saramago era más lineal, discursivo, cargado de parábolas, fábulas políticas, símbolos, pensamientos filosóficos, enseñanzas, apologías, mientras que Tabucchi se sentía más amante del estilo de Pessoa, le gustaba introducirse en los protagonistas, adentrarse en su exploración, descubrir sus personalidades fragmentadas, llenas de dudas, incomprensibles a veces, inacabadas siempre.
Reconocía al Saramago persona y escritor, merecedor del Nobel, pero no compartía su estilo literario. Tampoco compartía estilo con Lobo Antunes. Los orígenes de su escritura son muy distintos, por más que los dos se llamasen Antonio. Tabucchi era italiano y su acercamiento a lo portugués es una opción de amor personal, de cercanía cultural, mientras que Lobo Antunes arranca su escritura desde los horrores de un Portugal embarcado en el infierno de una guerra colonial en Angola, en la que se vio obligado a servir en el ejército como médico.
Sin embargo, desde la elegancia, la brevedad de sus historias, Tabucchi, admira lo complejo de la escritura de Lobo Antunes, la fuerza de sus personajes atormentados, traumatizados, contradictorios. Esa densa tormenta de voces que se desencadena en largas y obsesivas narraciones.
Primero, en 2010, se nos fue el imponente José Saramago, veinte años mayor que los otros dos, el hombre alzado del suelo, cercado por el amor en Lisboa, el contador de historias de nuestro tiempo, de nuestra gente. Dos años después se marchó Antonio Tabucchi, el profesor italiano, amante de Pessoa, enamorado de Lisboa, con sus breves historias cargadas de sueños, sus ejercicios de memoria, su capacidad para diseccionar rincones olvidados del mundo y desvelarnos momentos inesperados, absurdos, confusos.
Ahora nos deja Antonio Lobo Antunes, casi década y media después. Había aprendido a ser el eterno candidato al Noble, sin conseguirlo nunca,
— Que se joda el Nobel.
El mismo Antonio que otra vez,
— Los premios no sirven para nada.
El Antonio Lobo Antunes que acabó afirmando,
— Sólo hay dos cosas que valgan la pena: el amor y la amistad; el resto es una mierda.
Nunca he tenido la obligación, la premura, de elegir entre ninguno de los tres. En cada momento de mi vida he necesitado a alguno de ellos y nunca me han fallado. Tres maneras distintas de adentrarse por las calles de Lisboa, transitar por el alma portuguesa, describir la compleja geometría, la confusa andadura de cada ser humano.
Se me ha ido, en estos días, un hombre al que no olvidaré nunca, que necesitaré muchas veces, al que recurriré siempre. Me seguirá ayudando a comprender, muchas veces sin entender, el ilógico devenir de un mundo que se interna cada vez con más decisión por los tortuosos derroteros de sus peores fantasmas, que mira cada vez con más obcecación el fondo del pozo donde habitan las bestias, las nuestras, las de todos.
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