Hace unas semanas, los medios de comunicación comenzaron a hablar de un nuevo virus que viajaba, como un turista más, en un barco lleno de viajeros de cierto nivel económico. Dejo ahí el dato, más que nada porque pienso que es relevante para entender el tratamiento mediático que se le dio a la “contingencia”.
Hablamos de un crucero llamado MV Hondius, de la compañía holandesa Oceanwide Expeditions.
Es importante señalar su nacionalidad, pues tiene cierta trascendencia a la hora del desembarco y repatriación; por tanto, conviene saber que en el barco viajaban británicos, estadounidenses, neerlandeses, alemanes, suizos, españoles, canadienses, australianos, turcos, japoneses, entre otros.
El barco salió de Ushuaia, Argentina, el día 1 de abril con unos 150 pasajeros, dicen, pero lo cierto es que no se pueden dar cifras porque no las hay. Las ofrecidas por los medios varían según la fuente consultada. En unas noticias se hablaba de 147 personas; en otras, de más. También resulta difícil saber cuántas habían desembarcado previamente, cuántas seguían a bordo al llegar a Canarias y cuántas ya paseaban por distintos países.
No se entiende tanto oscurantismo alrededor de los viajeros. Quizá se deba a que, si no hay números para hacer cuentas, difícilmente se verá que por el camino se perdió más de uno.
Lo que sí se sabe es que, navegando por el Atlántico Sur, realizó su primera escala en Tristán da Cunha. Allí permaneció desde el día 13 hasta el 15.
¿Qué hicieron los viajeros durante ese tiempo? Lo habitual es bajar y hacer turismo mezclados con los habitantes de la zona. ¿No hubo un posible contagio entonces?
¿Todos los que desembarcaron volvieron a subir al barco? ¿Alguno tomó otro camino, quizá hacia su casa? Esos datos tampoco los conocemos.
Lo que sí sabemos es que siguieron su itinerario previsto y llegaron a Santa Elena el día 24 de abril. Y se repite la historia: ¿Qué pasó allí?, ¿qué hicieron quienes desembarcaron?, ¿volvieron todos los que lo hicieron? Tampoco hay datos oficiales. Solo conjeturas de los periodistas más intrépidos.
Y luego atracan a Cabo Verde. Fue desde allí desde donde nos llegaron las primeras noticias de lo que ocurría en un crucero de lujo, y saltaron las alarmas. Teniendo en cuenta que todavía no hemos olvidado el coronavirus, más de uno le vio las orejas al lobo y comenzó a temblar… ¡aymeudeus!
¿Cuántos se quedaron allí? Claro que, llegado a este punto, ya no es demasiado importante, porque el nuevo miedo iba dirigido hacia Canarias, próximo puerto en el que recalarían y donde, siguiendo las directrices de la OMS, haríamos el papel que se nos había encomendado: desembarcar, con las correspondientes medidas de seguridad, a parte del pasaje y ocuparnos debidamente de él.
Lo cierto, o al menos según las informaciones publicadas, es que el brote dejó tres personas fallecidas. Y con respecto a las personas contagiadas y ya fuera del barco tampoco existe una cifra clara. Las noticias mezclan casos confirmados, personas en observación y hospitalizados en distintos países, sin datos totalmente coherentes.
Eso sí, felicito al Gobierno español porque nuevamente está dando ejemplo de civismo y empatía. Aunque yo me pregunto, y lanzo la misma pregunta al lector: ¿seguro que no hubo ningún peligro previo que provocara la propagación del dichoso virus por el mundo adelante?
Esperemos que, como dicen, no sea tan peligroso como el coronavirus y sea también, como dicen, de difícil propagación entre los seres humanos.
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