Antonio Prieto Núñez
2 abr 2026 12:21

Veo el documental sobre Lluís Llach “La revolta permanent”, y en él se puede ver y escuchar la estremecedora versión de su cantata “Campanades a mort”, homenaje a los asesinados el 3 de marzo de 1976 en Vitoria.

Veo las declaraciones de los gerifaltes de la época, veo las imágenes de una iglesia cercada, oigo los audios de la policía, veo las imágenes de las gentes asfixiadas por el humo de los botes lanzados por la policía rompiendo las cristaleras de las ventanas.

Es el 3 de marzo de 2006, 30 años después de los hechos, cuando se realiza este recuerdo y homenaje a los muertos y heridos, a la ciudad tomada por las armas, por el terror, a la ciudad asaltada, escarnecida, destruida.

Escucho a esos gerifaltes que afirman que fue un acto de defensa propia de la policía cercada por los manifestantes, por los obreros en huelga, por los que reclamaban un justo salario.

Escucho a unos seres amorales, nacidos y criados en las cloacas de un régimen-cloaca. Escucho a los que dicen que la policía actuó en defensa propia.

Y veo las fotografías de los muertos, de los heridos, me estremece la juventud de los asesinados. Este artículo sólo puede ser escrito desde el horror.

Y mientras pasan esas imágenes por la pantalla, escucho a Lluís Llach que canta por las tres bocas cerradas, que clama por aquel trovador que llegase a olvidar las tres notas.

Y escucho ese “17 años y tú tan viejo”, tú que has querido destrozar sus miembros pero no podrás, porque por su recuerdo nuestro cuerpo siempre estará en primavera.

Escucho a los esbirros de la dictadura sedientos de  disparos, humo, sangre, muerte.

Salieron complacidos sin duda alguna de aquel día en Vitoria. 3 de marzo de 1996.

El fracaso de una reforma. El fracaso en su máxima expresión de la cloaca de un régimen en su agonía, del régimen que siempre fue, como cloaca es el agujero donde se pudre el dictador.

Escucho a los que afirman su gran mentira, la de la policía cercada por aquellos que mataron, escucho a los que ordenaron matar, esos gerifaltes del régimen-cloaca con sus manos bien limpias, las manos limpias de los que mandan matar, como decía una canción de Raimon.

Ni siquiera lo pueden ver. La amoralidad borra todo concepto del bien y del mal; todo concepto de justicia o de respeto a la vida les es ajeno. Luego estudiarán sus cuentas bancarias y reposarán en su complacida podredumbre. Sin duda sus patéticos dioses de odio, venganza y vergüenza les habrán bendecido.

He visto esto y me vinieron muy poderosos los recuerdos de lo nunca olvidado: cómo pasaron aquellos días en que nos atenazaban las noticias que nos llegaban de aquella ciudad tomada por las armas. Aquellos días en que los minutos eran angustia.

Y estas imágenes del horror me hacen pensar en la detención del compañero Serigne Mbayé, ejecutada con extrema violencia hacia él y sus vecinas, por parte de los mismos que asesinaron en Vitoria; y todo esto me hace pensar en la perpetuidad del mal, en esta era de la irracionalidad en la que no hay más razón que los intereses bastardos de los poderosos, de los mismos que pagan al ejército de esbirros que mata y oprime, los esbirros que detienen a Serigne.

Me hace pensar en la rodilla del esbirro que aplasta su cuello contra la acera.

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