Sexo, mentiras y trabajos dignos

El proyecto del actual gobierno para abolir la prostitución ha vuelto a revivir una polémica inacabable. Frente a la intención de erradicar una actividad que compromete la salud y los derechos de las mujeres, los regulacionistas insisten en reconocerla como un trabajo más, evitando así riesgos, menosprecios y dificultades vitales a quienes la ejerzan.
Cesareo Villar Blanco
14 feb 2026 23:07

El proyecto de abolición de la prostitución en España amenaza con privar al colectivo de mujeres prostitutas de sus expectativas de estabilidad laboral y de avanzar decisivamente contra la estigmatización social que padecen. Pero lo cierto es que hubiese resultado imposible no frustrar a nadie en este dilema capaz de provocar cismas dentro del propio feminismo y de las organizaciones de izquierdas. En cualquier caso, las perjudicadas culpan al persistente patriarcado, que restringe los comportamientos femeninos, y a unas instituciones que las tratan como a víctimas sin capacidad de decidir. Por mi parte, quisiera evitar cualquier condescendencia para intentar enriquecer el diálogo entre iguales que les debemos.

Sexo

Me explicaba una profesional en una charla que hacer una felación a cambio de dinero solo es un servicio que proporciona bienestar, un pacto entre adultos que asumen libremente las implicaciones personales, los riesgos y los límites que mantienen a salvo su dignidad. ¿Qué derecho tenía yo a juzgarlos? Mi respuesta fue compararla con otra actividad recreativa entre adultos que se había prohibido hacía años en una sala de fiestas. Consistía en lanzar a personas enanas envueltas en tela contra una diana de velcro, una diversión denigrante que evidenciaba la necesidad de acatar criterios morales comunes aun a costa de limitar ciertas libertades del individuo. Es decir, que ambos consintiesen en hacerlo no me bastaba para resolver la compleja ecuación moral.

Para empezar, habría que analizar la naturaleza del servicio. Y es innegable que el sexo compromete, incluso en su modalidad más superficial, aspectos personales vinculados a la emoción, a la identidad, al pudor, a la autoestima e incluso al posicionamiento social. Poco significa el consentimiento si decenas de hombres pueden disfrutar, por unos cuantos euros, del cuerpo de una mujer obligada a actuar sin conexión mental con el afecto y el deseo. Los excitados requerimientos del cliente los vivirá como una proposición contrainstintiva que solo logrará eludir disociando su pensamiento a un alto coste psicológico. Cierto que algunas profesionales son capaces de habituarse, pero eso no significa que realicen un trabajo inocuo.

Mentiras

Frecuentemente, los pormenores de esta actividad arriesgada e insalubre son disimulados por los regulacionistas bajo una retórica feminista y libertaria. Sus mensajes reivindican “soberanía sobre nuestros cuerpos”, rechazan la “intromisión del patriarcado”, se enorgullecen de ser “conocedoras de sus propias prácticas” y aspiran a poner fin a su “estigmatización social”. Como si los problemas que padecen tuviesen menos ver con su actividad profesional que con la ciudadanía que las desprecia, el patriarcado que las censura y las autoridades que entorpecen sus transacciones.

Nadie duda de los excesos autoritarios contra las prostitutas (sobre todo con las inmigrantes irregulares), y no puede justificarse su hostigamiento por más que tengan sentido los controles en sus entornos, en los que confluyen la trata, el proxenetismo o la explotación laboral. Pero lo importante es que si normalizamos actividades que no encajan con nuestros principios de trabajo digno, integridad física o igualdad, aliviaremos la dura vida de las prostitutas a costa de legitimar permanentemente un trabajo que atenta contra los derechos de las mujeres.

A menudo los regulacionistas ponen en duda los problemas mentales y físicos en las ejercientes, pero las estadísticas son abrumadoras. Sobran las evidencias de daños ginecológicos, abortos o ETS; estudios de la UE acreditan que el 80-95% de ellas han sufrido violencia antes de prostituirse, el 62% declara haber sido violada y el 68% sufre trastornos de estrés postraumático. Otros informes demuestran que un 78% ve muy negativamente afectadas sus relaciones familiares. Legalizar no evitará los factores que las llevan a prostituirse ni los daños inherentes al ejercicio. En Nueva Zelanda, tras la regularización de 2003, persisten los problemas, por más que las profesionales aseguren que consiguen filtrar al 60% de los clientes. En eso consiste la prostitución optimizada, en seleccionar a ojo a los desconocidos que recibirán desnudas en sus alcobas y aún así deban atender a un 40% de indeseables…

Trabajos dignos

Un repaso crítico de los protagonistas y las condiciones del servicio sexual quizá baste para entender que se trata de un trabajo sin regulación posible.

“Cliente”: cualquier desconocido que pague por disfrutar íntimamente de una mujer dócil, normalmente joven y en dificultades económicas. Ese pago lo legitima para tratarla como un simple cuerpo que no podrá oponer gran resistencia ni a fantasías sexuales extravagantes ni a los comunes impulsos machistas de agresividad y dominio. Ese consumidor buscará incesantemente novedades, lo que implicará para ellas una humillante selección física y ceder a prácticas poco convencionales. Así lo atestiguan muchas prostitutas, que a menudo confiesan un profundo desprecio por los puteros.

“Trabajadoras”: mujeres que, encerradas con un cliente, le ceden completamente su físico en un entorno de desinhibición alcohólica, nocturnidad y superioridad. Allí lidiarán con palabras gruesas, aliento, saliva y extenuantes ajetreos de muchos extraños. El riesgo es tan indiscutiblemente elevado que los sindicatos antiabolicionistas sugieren normas que “garanticen un consentimiento específico y siempre revocable”. Estaría por ver en qué momento va a revocar un servicio una mujer necesitada de ejercer en un club ante cada cliente alterado que intente besarla contra su voluntad o sujetarla de forma inapropiada.

“Emprendedores”: Seres de luz nacidos de la ilegalidad que liderarían el sector normalizado. Podemos esperar de ellos respeto y horarios justos para mujeres en dificultades o, como ya ocurre en Alemania, la misma explotación pero legalmente y bajo los exigentes criterios del capital. La autoorganización es otra opción al uso en Nueva Zelanda, pero la inseguridad, la prostitución de menores y las mafias siguen presentes y regularización dificulta todavía más su control policial.

A mi entender, este debate ya está agotado. Moral y legalmente, la solución correcta es la abolición, con capacidad demostrada para reducir la prostitución, la explotación y el machismo. Su implantación en los países nórdicos ha convencido a la ciudadanía de que las mujeres no pueden vender su intimidad, su salud y sus derechos, y de que los hombres deben respetar el cuerpo de las mujeres, en cuyo interior habitan personas valiosas que no se pueden comprar.

Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.

Cargando valoraciones...
Ver comentarios 1
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios 1

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...