Opinión socias
El trabajo nos está sentando regulinchi
Estaba leyendo un artículo de Sarah Babiker en la revista trimestral de este mismo diario y me encontré con un reportaje sobre el movimiento antilaboral. En él, el filósofo Juan Evaristo Valls decía algo que me dejó un momento picueta, que ya es bastante porque a esas horas una no está para epifanías: “El trabajo es, ante todo, una forma de obediencia y de gobierno ya que el capitalismo necesita un sujeto cansado o estresado para funcionar. Un sujeto cansado es más obediente, consumirá más, pensará menos.”
Y ahí estaba yo, leyendo eso y pensando en qué gusto da cuando alguien escribe bien y que ojalá saber transmitir mis pensamientos de una forma tan real. Aunque también pensé que, sinceramente, a mí ese nivel de ambición teórica me queda lejos. Porque yo no quiero abolir el trabajo. Yo quiero que la reunión de las diez no se convierta en otra reunión a las cuatro con el mismo PowerPoint, la misma gente y una versión ligeramente más desquiciada de todos nosotros.
La utopía de mi generación no es la revolución. Es que después de años dándolo todo, alguien lo note. Que el ascenso que lleva tres años “a punto de llegar” llegue antes de que te jubiles o te mueras, lo que ocurra primero.
Eso es todo. No queremos cambiar el sistema. Queremos que no nos atropelle mientras nos pide disponibilidad.
Beatriz Serrano escribió El descontento, que probablemente sea la novela de nuestra generación. La protagonista, Marisa, odia su trabajo pero no puede dejarlo. Y en eso estamos muchos: sosteniendo un sistema que tampoco nos entusiasma porque, con suerte, nos paga las facturas. Algunas incluso a plazos, como las lavadoras o la dignidad.
Estamos en nuestra silla, en modo avión mental, esperando las seis como quien espera un rescate que nunca termina de llegar. Porque después de años de sueldos “en rango” no tenemos colchón suficiente para dejarlo todo y descansar unos meses sin mirar la cuenta del banco como si fuera una serie de suspense.
Y lo peor es que incluso con salarios bastante por encima del mínimo las cuentas siguen sin salir.
Luego llega el campamento de verano, las clases de inglés, el cumpleaños de Frozen y bueno, la vida en general, que tiene la fea costumbre de costar dinero constantemente.
Y ya no encaja nada.
Beatriz Serrano hablaba de tragedia generacional y fracaso social. Y decía algo todavía más inquietante: que ni siquiera estamos furiosos. Estamos apáticos, en actitud de derrota.
Que es exactamente la cara que se te queda después de una “performance review” bien ejecutada.
La “performance review” merece capítulo aparte. Te sientan, te dicen que haces un trabajo excelente, que tu contribución es clave, estratégica, casi mística, y entonces, en un giro narrativo impecable, te anuncian una subida del cinco por ciento.
Y esperan emoción.
Gratitud, incluso.
Lo que no terminan de entender es que un cinco por ciento de una mierda sigue siendo una mierda, solo que con decimales.
Mientras tanto, hay alguien en la reunión que se quita el mute para reírse de un comentario del director y volver a mutearse inmediatamente, solo para que todos sepan que sigue ahí, comprometido y presente sin aportar absolutamente nada más que una carcajada estratégica.
Esa persona probablemente tendrá una evaluación igual o mejor que la tuya.
Porque en corporate trabajar bien está muy bien, pero caer bien te ahorra muchísimo tiempo.
El resultado de todo esto tiene un nombre elegante: “burnout”. Que básicamente significa que estás ya cucu perdido, pero en inglés, para que parezca una experiencia premium.
Y lo más brillante es que el mismo sistema que te deja así ha construido toda una industria para “ayudarte”. Talleres de “mindfulness”, podcasts de bienestar corporativo, retiros emocionales y libros de autoayuda que lees después de trabajar más horas de las que te pagan.
Todo gestionado por personas cuyo trabajo consiste en preguntarte si has probado a respirar mejor.
Luego están las empresas que hace unos años te vendían el modelo híbrido como una revolución de la conciliación, con presentaciones llenas de palabras como confianza, flexibilidad y equilibrio, y que ahora vuelven discretamente a cuatro días de oficina con exactamente la misma cara de innovación.
Como si no tuviéramos memoria. O capturas.
Y luego está la meritocracia, probablemente el mejor relato que se ha construido en décadas. La idea de que si trabajas duro llegarás lejos.
Lo que no te explican es que muchas veces “llegar” depende más de quién te vio, cuándo te vio y con qué humor estaba ese día.
Puedes ser la persona más competente de la sala y quedarte exactamente donde estás mientras el del mute sube otro peldaño porque entendió antes que tú que la simpatía cotiza mejor que la excelencia y que reírse fuerte de un chiste mediocre en un “townhall” también es una habilidad profesional.
Pero claro, si no avanzas, el problema eres tú.
Y entonces un día, con cuarenta años, dos niñas que comen todos los días como si fuera su trabajo y lo estuvieran haciendo especialmente bien, una hipoteca y una endodoncia que ya parece un proyecto estratégico a largo plazo, alguien del grupo dice que está pensando en opositar.
Y nadie se ríe.
Hace diez años el funcionariado nos lo vendían como conformismo, y nosotros, alentados por una esperanza completamente inventada, queríamos llegar lejos. Íbamos a tener carreras brillantes, oportunidades, proyectos internacionales y vidas interesantísimas.
Pero a lo más lejos que hemos llegado la mayoría es a mirar a un funcionario y pensar: tú entendiste la vida mucho antes que yo, majo.El funcionariado tiene sentido porque ofrece exactamente lo que el mundo corporativo llevaba años prometiendo en PowerPoints con fotos de gente sonriendo delante de un portátil apagado: horario, estructura, reglas claras y cierta sensación de estabilidad mental.
Y no, tampoco es que el funcionariado sea Disneyland. También hay compañeros intensitos, jefes absurdos, trabajo aburrido y días en los que quieres tirarte por la ventana de un Excel.
Pero al menos las reglas del juego existen.
Los ascensos tienen nombre. Las progresiones están escritas. La gente sabe cuánto cobra. Y cuando alguien sale a las tres de la tarde no parece que esté escapando de la cárcel en una sábana atada a la ventana del baño.
El único problema es que el sueldo de entrada ya no encaja con una vida que va por delante de ti y que incluye hijos, hipoteca e imprevistos dentales que aparecen sin pedir permiso y además siempre un martes.
Así que te quedas donde estás. Aguantando la “performance review”, celebrando el cinco por ciento y mirando el calendario familiar como si fueras coordinadora logística de una gira internacional de Taylor Swift.
Rezando para no olvidarte el tutú de ballet el miércoles, el disfraz de insecto el viernes y el regalo en grupo para el compi de trabajo que, en realidad, no te cae tan bien.
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