Borja Díaz Santiso
9 jul 2026 20:21 | Actualizado: 10 jul 2026 10:12

Creo que una virtud que toda persona ha de mantener y cuidar es aquella que nos permite revisar nuestros pensamientos y exponerlos a una situación de autocrítica. Entiendo que las anteriores entregas, si es que esto está adquiriendo dicho formato (por no mencionar erratas tipográficas más que evidentes –mis disculpas por ello–), carecían de cierto ejercicio de mayor desarrollo y de explicar el porqué a ciertas preguntas lógicas, tales como ¿por qué usar la figura del consumidor si ya el propio obrero lo hacía? Por la necesidad de ampliar el sujeto político que es, justamente, la idea troncal de esta nueva entrada.

Es importante porque, como ya se dijo, todos consumimos.

Pero es importante, y así lo deseo pese a caer en la reiteración, el hecho de matizar antes del desarrollo que viene a continuación que no empleo aquí el término consumidor en su sentido económico clásico. No me refiero únicamente a quien adquiere mercancías, sino al sujeto cuya existencia queda integrada en los circuitos de reproducción del capital, formando parte indispensable del mismo.

Primera ventaja: Nos encontramos ante el primer nexo común como movimiento transformativo. Solo por reconocernos como tal, trasladando uno de los instintos básicos del ser humano, el querer nombrar las cosas de su entorno y darles sentido. Y al compartir el mismo lenguaje con el que vemos el mundo, creamos comunidad. Segunda ventaja: Ese acto de consumir nos convierte en la pieza que falta en el engranaje capitalista y de ahí identificamos al rival en esta lucha de clases. Y la tercera, y es aquí donde quiero ahondar en lo que queda de texto: permite agrupar a colectivos que son ajenos a ese obrero/consumidor. Los niños, los estudiantes, los jubilados, las amas de casa, etc.

Se trata de colectivos que han sido denostados por el capital, pues solo consumen recursos (sic). ¿En qué medida se valoran las necesidades de estos colectivos a la hora de conjugar y ejercer las políticas públicas? Supongo que su reconocimiento constitucional es papel mojado (¡Que se lo digan al derecho a una vivienda digna!). Y en cambio esa opresión no es solo teórica, sino también práctica y con perversas consecuencias.

Pido mis disculpas, sí que se tienen en cuenta cuando puede ser la mercancía explotada por grandes empresas como las residencias de ancianos que no son más que lugares de olvido, no para el que entra, sino para el familiar que lo deja ahí. Mercantilizando cuidados, relaciones y mismamente nuestra evolución vital hasta la muerte. Esa improductividad ha provocado que el capital haya ido deteriorando, e incluso roto, esos vínculos afectivos, de comunidad, necesarios para establecer las redes necesarias de lucha. Existen ejemplos, como los vecindarios que se reúnen para evitar los desahucios de los miembros de la comunidad que van a ser expulsados. La empatía ante el miedo de saber quién va a ser el siguiente.

Esos colectivos excluidos son imprescindibles.

Estamos ante la replicación de los modelos de oprimido y opresor que ya se ven en la fábrica (por seguir con la dialéctica empleada a mediados del siglo XX). Cierto es que esa figura del consumidor la uso también como concepto dialéctico para enarbolar toda esta teoría política (sic). Pero si lo restrinjo todo a teoría sin su traslado a la práctica, caeré en el error de querer verlo todo desde una torre de marfil sobre la que no deseo mirar. Tampoco este concepto viene a suponer una nueva novedad, ni lo pretendo; es la excusa necesaria porque creo que es la categoría que permite volver a la boca del embudo, a dar cabida a todas las voces posibles, enriquecer el discurso y, sobre todo, la acción política.

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