Una mujer llamada Marjane

Marjane Satrapi convirtió su vida en una constante denuncia de los sufrimientos generados por los fanáticos dictadores religiosos, al tiempo que ha alzado su voz contra el terror constante sembrado por Estados Unidos, o Israel, con sus intervenciones militares en la región.
Francisco Javier López Martín
11 jun 2026 08:50

El mundo vivió con sorpresa, con una parte de esperanza y no pocas expectativas la caída, en 1979, del régimen del Shah de Persia, una dictadura llena de lujos y modernidad occidentalizada. La llegada del Ayatolá Jomeini parecía la de un apacible abuelito dispuesto a acabar con la dictadura y recuperar la libertad.

Nada más lejos de la realidad. Lo que llegó fue una teocracia radical islamista que acabó con cualquier vestigio de libertad, que impuso el hiyab a todas las mujeres, que las sacó de las aulas y que organizó la censura de todo tipo de expresión cultural y la laminación, encarcelamiento y desaparición de toda oposición política.

Esta vida condenada a la represión y la autocensura fue reflejada por Marjane Satrapi en su más famosa obra, Persépolis, el cómic que nos mostró, con ojos de niña, de joven, a la mujer apartada, excluida, que quiere formar parte de un Irán en el que la música, las lecturas, la expresión, la alegría y hasta las prendas de vestir, no sean perseguidas.

Un país abocado al conflicto con otros, primero con Irak, que obliga a nuestra protagonista a buscar nuevos horizontes, la posibilidad de estudiar y de vivir en otros lugares como Austria. Cada emigrante arrastra consigo un pozo de soledad, de contradicciones culturales, de formas de vida y hasta de culpa. También es el caso de Satrapi, por haber dejado a la familia en un infierno, en plena guerra.

Marjane Satrapi no utiliza su obra para denunciar tan solo la situación interna de Irán, sino, como hacen hoy en día muchos iraníes condenados al exilio, para combatir las consecuencias de las políticas de Estados Unidos que condenan a cualquier ciudadano y ciudadana procedente de los países del islam a ser marcados como presuntos terroristas, especialmente después del 11-S.

Satrapi convirtió su vida en una constante denuncia de los sufrimientos generados por los fanáticos dictadores religiosos, al tiempo que ha alzado su voz contra el terror constante sembrado por Estados Unidos, o Israel, con sus intervenciones militares en la región.

Hemos asistido a terribles venganzas islamistas como las fatwas declaradas contra escritores con Salman Rushdie, los atentados contra el premio Nobel Naguib Mahfuz, el asesinato policial de Mahsa Amini, por no llevar bien puesto el hiyab, las persecuciones a las que se ven sometidas miles de mujeres como Narges Mohammadi, encarceladas, torturadas, asesinadas. De nada sirven los premios Nobel, o los reconocimientos internacionales recibidos por ellas. Nada puede frenar y contener la brutalidad del régimen.

Vidas como la de Marjane Satrapi, condenada al exilio, la incomprensión, conducen al dolor infinito, sólo compensado por el amor. Ella encontró ese refugio personal en su esposo Mattias Ripa. La muerte se lo arrebató y ella decidió aparcar la lucha, hasta dejarse morir.

Satrapi, ganadora del premio Princesa de Asturias (2024) y condecorada con la Legión de Honor francesa (2025), se ha convertido en un referente para millones de jóvenes que toman conciencia del mundo en que vivimos y aceptan el reto de convertir sus vidas en instrumento para la libertad, a través de sus actos, de sus obras, de sus creaciones.

El Irán de los Ayatolás se ha caracterizado por una confrontación constante con Israel y los Estados Unidos, el pequeño y el gran Satán. Esta confrontación ha conocido episodios de brutalidad, como la financiación de grupos militares dispuestos a atacar a Israel, o a los interés estadounidenses en cualquier lugar del mundo, o los asesinatos de todo tipo, cometidos por Israel, con la connivencia estadounidense, contra dirigentes iraníes o de los grupos afines.

El pueblo iraní se convierte así en víctima propiciatoria, en rehén de los ayatolás y del Estado de Israel. Una de las acusaciones favoritas que conducen a la cárcel y a la muerte en Irán es la de haberse convertido en espías del Estado Sionista. La propia Satrapi tuvo que sufrir esas acusaciones indecentes en no pocas ocasiones.

Satrapi recibió en 2025 la Legión de Honor francesa, la máxima distinción otorgada por el Estado en aquel país. Sin embargo, al conocer la noticia, renunció a la concesión para denunciar la hipocresía de un Occidente que se hace fotos y habla de la represión mientras, al tiempo, niega visados a estudiantes, represaliados, artistas perseguidos por los ayatolás.

Todas estas personas, anhelantes de la libertad, no pueden entrar en la Europa de las libertades, mientras los altos cargos del régimen y sus hijos gastan fortunas en hoteles y mansiones de lujo de la Costa Azul, o en la propia capital francesa. La renuncia de Marjane Satrapi a la Legión de Honor no tiene que ver con el pueblo francés que la acogió. A fin de cuentas, desde Francia se proyectó hacia el mundo. En Francia construyó su hogar.

No, la renuncia a la condecoración es una negativa, de la mujer libre, la mujer rebelde que no se deja manejar, manipular, instrumentalizar, por parte de quienes sólo buscan la foto, mientras las componendas económicas y geopolíticas ocultan el dolor de un pueblo y le niegan sus ansias de libertad.

Toda una vida de lucha que llega a su fin, que muere de tristeza, cuando la esperanza del amor cotidiano y sanador ha desparecido y cuando las ambiciones desencadenadas de los genocidas que gobiernan Estados Unidos e Israel apuntalan al régimen de los ayatolás, mientras el pueblo iraní vive exiliado de sí mismo en el interior y más allá de sus fronteras.

Mientras los países desarrollados de occidente matizan las críticas y contemporizan con la locura.

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