Gianni Q. Zecca
12 abr 2026 10:00 | Actualizado: 12 abr 2026 17:50

La mañana del 11 de abril de 2018, el fraile y teólogo Luciano Lotti apareció enfundado en su mejor hábito frente a las cámaras de una televisión local italiana para conmemorar a la mujer a la que hoy, solo en España, 38.803 mujeres deben su nombre: Gemma Galgani, la primera mujer santa del siglo XX. 

Como cada día, el programa amaneció religiosamente a las siete y media en un frondoso e interminable aplauso entremezclado con los aspavientos de una presentadora de sedas altivas y maquillaje de poltronería. Después de un puñado de agradecimientos ingratos, la presentadora dio inmediatamente paso al teólogo, quien exordió en un inevitable pero necesario discurrir biográfico de la santa. 

Gemma nació el 12 de marzo de 1878 en una familia bien en Camigliano, un bocado de tierra hostil de algo menos de 1.900 habitantes en las metástasis del ducado de Lucca, la ciudad de las cien iglesias. Padre de oficios boticarios y madre de oficios domésticos, nace en el seno de una familia acomodada y de sólida devoción cristiana. 

El camino a la santidad pasionista de Gemma comenzó a muy temprana edad cuando, jugueteando con un crucifijo, confesó a una monja del colegio que su deseo más grande era “ayudar a Jesús en su dolor”. Tenía seis años. 

A los ocho años muere la madre, Aurelia, de quien no puede ni siquiera despedirse; a los 17 muere Gino, su hermano seminarista; a los 19 muere su padre, Enrico, y el equilibrio económico y social de la familia se derrumba hasta perder casa y bienes; a los 20 su cuerpo es carcomido por múltiples enfermedades que la corroerán a lo largo de todo un año; al verano siguiente contrae una forma de meningitis que la deja moribunda, pero malsana milagrosamente en un viernes de marzo ante la visión de un santo en hábito pasionista; a partir de ese momento, Gemma no cesará de solicitar el ingreso a la vida claustral en la orden de los pasionistas, congregación que siempre denegará su acceso debido a su feble salud y, sobre todo, a la falta de dote. 

La noche del 8 de junio de 1899, a los 21 años, le aparece Jesús en hábito sacerdotal quien, en contubernio con el demonio, le convence de que “para amar había que aprender primero a sufrir” y para ello le propicia estigmas sanguinolentas en las palmas de las manos, en los pies y en el corazón; las heridas no curarán nunca, sino que se reabrirán, en connivencia con las apariciones, todas las semanas, con religiosa puntualidad desde las ocho de la tarde de los jueves hasta las tres de la tarde de los viernes; las noches restantes, Gemma sucumbía a las violentísimas agresiones físicas del demonio quien –según cuentan varios testigos– la esperaba en su cuarto encarnado en perros, gatos y hombres horribles para torturarle hasta el amanecer; a los 22 años, mientras Gemma seguía buscando –en vano– una orden que le permitiera alcanzar el máximo anhelo de la vida claustral, es obligada por su padre espiritual a escribir –siempre bajo una “benevolente” supervisión– un diario que documentase todas sus atormentadas vivencias; las líneas tambaleantes de ese diario crisparon a la diócesis de Lucca y los incrédulos la persiguieron tachándola de loca, histérica y blasfema; ese mismo año el diario desapareció y la culpa del hurto se atribuyó al demonio. Hizo falta someter la santa a tres larguísimos exorcismos para que el demonio lo devolviera y, cuando lo hizo, el manuscrito apareció con las páginas ennegrecidas por las llamas de un fuego censor. Ese diario sentenció, definitivamente, toda esperanza de vida claustral. A los 23 años y con un cuerpo contrahecho por la Divinidad, tuvo la primera hemoptisis. Y un año antes de morir de tuberculosis la santa entendió. Y anunció: “Viva no me quieren, pero muerta todas vendrán a buscarme”.  

Y así fue. 

Murió el 11 de abril de 1903. Tenía 25 años. 

Padre Lotti hizo una ligera pausa en su relato y tomó aliento mientras el público aplaudía cómplice. Apremiada por los frenéticos ritmos televisivos, la presentadora viró rápidamente la conversación hacia la incomprensible aceptación de Gemma al dolor y al sufrimiento; Padre Lotti se mostró revelador y, como tejiendo a su alrededor una madeja de solemnidad con sus gestos franciscanos, anunció que el sufrimiento era el puente necesario hacia la felicidad y que “Jesús puso a prueba a la santa otorgándole en el corazón el don de la expectación...es decir que le hizo sentir un momento de felicidad para luego propiciar expectación hacia la verdadera felicidad...en definitiva podríamos decir que Jesús es como un noviecito que se hace desear”. 

Ante el inmediato enmudecimiento del público, se disculpó por la banal comparación, pero la entrevistadora acudió rápidamente a su rescate con aprobaciones y aspavientos que arrancaron en un santiamén un redentor aplauso de circunstancias. Desarmada, la presentadora vio oportuno prescindir de según qué preguntas y dejó las riendas en manos de los realizadores que inflaron lo poco que quedaba de programa con conexiones en falso directo desde la ciudad de las cien iglesias.

Lo que tal vez pudo haber dicho Padre Lotti, antes de verse diezmada su verborrea, es que Santa Madre Iglesia acogió rápidamente a la santa una vez muerta y que no tardó en exponerla en su cercado de santos modernos; que sus pocos bienes fueron colocados en marcos de madera y su ropa ensangrentada expuesta bajo el cristal inquisidor de una vitrina; que el aposento testigo de las agresiones, hoy, es un museo a ella dedicado; que el monasterio erigido a su nombre en Lucca, no hospeda todos sus restos porque dos décadas después el cuerpo de Gemma fue nuevamente mutilado por Santa Madre Iglesia quien decidió cobrarle el honor de su santidad vendiendo la reliquia de su corazón al mejor postor; que la licitación fue ganada por la España franquista, quien adquirió el corazón de la santa y la introdujo en la cultura canónica del país; y que en 1953, en Madrid, se erigió un segundo monasterio a su nombre donde hoy se conserva la reliquia de su corazón y donde, cada 13 y 14 del mes, también se venera un hueso del costado de la santa. Lotti pudo haber dicho también que a partir de Madrid se erigieron en nombre de la santa decenas de monasterios y congregaciones en Chile, Nicaragua, El Salvador, Argentina, Venezuela, Colombia y Ecuador; y que a su nombre se fundaron hostales, museos, editoriales, páginas web, tiendas, departamentos de marketing y la redacción de un periódico local. 

Todo eso pudo haber dicho Padre Lotti, pero, una vez más, la cristiandad se volvió a refugiar tras el mórbido cascarón del misterio, desde siempre su fruto más codiciado. 

Pocos minutos antes de cerrar el programa, la entrevistadora, en un último temerario arrebato, interpeló nuevamente al fraile y le pidió una reflexión final en un puñado de segundos. Padre Lotti se recompuso el hábito pardo con sus manazas y concluyó manso y definitivo que “la documentación que llega a nuestros días no refleja la verdadera realidad de Gemma y que a pesar de la corta, sufrida, atormentada y enfermiza vida que tuvo la santa, hay que decir con absoluta y to-ta-li-ta-ria certeza que Gemma fue una santa muy feliz”.

Ante el sorprendente cierre del teólogo, la entrevistadora dio otro alarido de aprobación y arañó un último aplauso al público mientras se despedía de los televidentes agitando su mano derecha. 

Al año siguiente, el 11 de abril de 2019, en ocasión de la misma conmemoración, Padre Lotti fue sustituido por otro teólogo, Giovanni Zubiani.

Este también aseguró la to-ta-li-ta-ria felicidad en vida de Santa Gemma. 

Y así cada 11 de abril. 

Y así hoy. 


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