Rocío Abella
25 may 2026 07:58 | Actualizado: 25 may 2026 10:09

El otro día una persona muy cercana me contó que había recibido un diagnóstico terrible. Tanto que hasta me da miedo escribirlo, como si ponerlo en palabras lo hiciera un poco más verdad. Como si mientras no esté escrito pudiera seguir siendo algo que le pasa a otra gente, en otra vida, en otra historia que no tiene nada que ver conmigo.

Son esas noticias que nunca piensas que van a llegar porque hay personas en tu vida que funcionan como pilares. Inamovibles. Personas que están ahí con una solidez que das por hecha, que no cuestionas, que forman parte de tu vida de una manera tan sólida que no te planteas que eso pueda cambiar.

Y de repente cambia.

Y entonces descubres que no sabes cómo estar. No sabes qué decir. No sabes si lo que dices ayuda o molesta, si el silencio reconforta o agobia, si hablar de ello cada vez que os veis o hacer como que la vida sigue normal, porque quizás eso es lo que necesita, normalidad, pero tampoco sabes si la normalidad duele, si parece que no te importa, si parece que has pasado página de algo que esa persona no puede pasar página.

Lo primero que piensas es que deberías preguntarle. Preguntarle qué necesita, cómo puedes estar, qué está bien y qué no. Quieres estar de la forma que esa persona necesita, con la intensidad exacta que necesita, en el momento exacto en que lo necesita. Y preguntar parece lo más honesto, lo más respetuoso, lo más directo.

Pero preguntar también da miedo. Da miedo ahondar en la herida. Da miedo que la pregunta duela más que el silencio, que nombrar las cosas las haga más grandes, que al preguntar estés poniendo el foco justo donde ella quizás estaba consiguiendo no mirarlo por un momento.

Y luego te das cuenta de algo que es todavía más incómodo. Que cuando le preguntas cómo puedes ayudarla, lo que estás haciendo en realidad, aunque no sea tu intención, es pedirle que te ayude ella a ti. Que traduzca su dolor a un idioma que tú puedas manejar. Que te dé instrucciones mientras está intentando aprender ella misma a respirar con todo lo que tiene encima. Le estás pidiendo que piense en ti. Y eso, viniendo de alguien que quiere acompañarla, es una carga más. Pequeña, invisible, bienintencionada. Pero una carga.

Y entonces no preguntas. Y entonces tampoco sabes. Y te quedas ahí, dándole vueltas a cómo vas a estar tú a la altura, como si eso fuera lo importante. Y eso genera culpa. Y la culpa no ayuda a nadie.

Nadie te enseña a acompañar. No hay asignatura, no hay manual, no hay momento en que alguien se siente contigo y te explique qué se hace cuando la persona que quieres recibe una noticia que le cambia la vida. Vivimos en una cultura que nos ha enseñado a resolver, a proponer soluciones, a decir algo útil. Y hay situaciones en las que no hay nada útil que decir. En las que las palabras de consuelo y de ánimo hacen el efecto contrario porque todos sabemos, en el fondo, que son mentira. Que esto es terrible. Que no hay forma de girarlo para que deje de serlo. Que decirle a alguien que todo va a ir bien cuando no sabes si va a ir bien es, en el mejor de los casos, un gesto de buena voluntad vacío, y en el peor, una forma de pedirle que te alivie a ti la incomodidad fingiendo que está bien.

Y quizás lo que está bien, a veces, es hundirse con esa persona. Reconocer que lo que ha pasado es terrible. No buscar el lado bueno porque igual no lo tiene, no encontrar la frase que lo arregla porque igual no existe, sino simplemente estar ahí, en lo terrible, sin intentar salir corriendo hacia el consuelo. Eso también es acompañar. Quizás es lo único honesto que se puede hacer.

Y mientras tanto lo que es verdad, lo único que es verdad, es que esto no debería estar pasando. Que hay cosas que son injustas sin matices, sin letra pequeña, sin el consuelo de que todo pasa por algo. Que a veces la vida le cae encima a gente que no se lo merece, en el momento que menos toca, sin avisar, sin negociación posible. Y no hay forma de encontrarle el sentido porque no lo tiene. Y eso, que debería ser obvio, es una de las cosas más difíciles de aceptar, ya que llevamos toda la vida buscando la narrativa, el aprendizaje, la parte en que “esto sirve para algo”.

Y la rabia que eso genera no tiene a dónde ir. No tiene culpable al que señalar ni sistema al que culpar ni decisión que haber tomado de otra manera. Es una rabia que flota, que no encuentra dónde aterrizar, que se queda dentro haciendo ruido sin que puedas hacer nada con ella. Y eso es agotador. Porque estamos entrenados para la rabia con destinatario, para la indignación que se convierte en acción, para el cabreo que al menos te da la sensación de que estás haciendo algo. Pero esta rabia no te da nada. Solo te recuerda, una y otra vez, que hay cosas que están completamente fuera de tu control y del de ella y del de cualquiera.

Y eso es lo más injusto de todo. No solo lo que está pasando, sino la impotencia de no poder hacer absolutamente nada para que no pase.

Este es un espacio para la libre expresión de las personas socias de El Salto. El Salto no comparte necesariamente las opiniones vertidas en esta sección.

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