Opinión socias
¿Viajarías sabiendo la huella que dejas?
No deja de parecer extraño cómo hacemos honor al refrán que nos contaban nuestras abuelas: “vemos la paja en el ojo ajeno y somos incapaces de ver la viga en el propio”. Llevamos años advirtiéndolo, pero apenas estamos empezando ahora a ver lo que está ocurriendo en nuestras ciudades o pueblos a causa del turismo masificado. Multitud de asociaciones de vecinos se están organizando y saliendo a la calle para protestar en Palma, Barcelona o Galicia contra el turismo masivo y la saturación de sus ciudades. Algunas ONG también denuncian ya el turismo depredador, como Greenpeace, que recoge firmas para poner freno a esto.
Es ya de información pública que grandes empresas y fondos buitre están comprando pisos e inmuebles enteros en los centros de los núcleos urbanos y en las zonas costeras, apoderándose íntegramente de barrios con prácticas mafiosas. En la mayoría de las ocasiones cuentan con el apoyo o la connivencia de los poderes locales. Estos barrios sufren a veces una transformación tan rápida que ni siquiera nos damos cuenta. Antiguos comercios y bares pequeños de gente del barrio se convierten de la noche a la mañana en grandes cadenas y franquicias, a la vez que antiguos pisos de gente sencilla se convierten en un abrir y cerrar de ojos en apartamentos turísticos. Estos especuladores suelen optar por la degradación planificada, con un abandono estratégico y técnicas de acoso inmobiliario, como se puede ver en la nueva serie Ravalear (Pol Rodríguez – 2026), para después pasar a una última fase de revalorización y gentrificación.
Son, sobretodo, las personas desahuciadas y expulsadas quienes lo sufren de primera mano, al quedarse sin casa o sin su negocio familiar, pero es la ciudadanía en su conjunto quien está pagando ya las consecuencias. Incluso llegará el momento –si no ha llegado ya- en que este éxito se ponga en contra de la propia industria turística.
En la sociedad que vivimos todo parece suceder a cámara rápida y vamos tan acelerados que “nadie tiene tiempo” de nada. Sin embargo, en la actualidad viajamos más que nunca, debido en parte a la globalización, los avances tecnológicos, la publicidad, y la accesibilidad y oferta masiva de transporte. Mucha gente lo hace además a destinos cada vez más lejanos e inalcanzables. Vivimos en un mundo donde todos queremos ser originales, en cambio todos nos guiamos por las recomendaciones de los influencer de turno. Por tanto, en lugar de viajar a destinos únicos, nos topamos con la primera bofetada: todos viajamos a los mismos lugares; todos tenemos las mismas fotos y todos hemos comido en ese mismo restaurante.
¡Qué bien lo hemos pasado en ese destino masificado y sin identidad! Además, cuando llegue el mes de junio ya lo habremos olvidado y ya estaremos planificando la siguiente escapada. Abriremos esas famosas aplicaciones en busca del chollo para nuestras vacaciones: apartamentos turísticos, grandes hoteles o enormes cadenas de camping estarán entre nuestros destinos. Entonces tocará elegir nuestro medio de transporte. Por excelencia, triunfan los dos que más huella de carbono dejan: el coche particular y el avión, cuanto más low cost, mejor. Igual que nos pasa con la forma de consumir otros bienes, no nos percatamos lo suficiente de que estamos contribuyendo al proceso que tanto detestamos, en este caso, a las emisiones de gases de efecto invernadero y a la precarización de las condiciones laborales y de las condiciones de los usuarios. Evidentemente, no estamos diciendo que el turista sea el culpable de este fenómeno, simplemente que la manera de viajar influye de manera directa en todos los aspectos: a nivel global, y por supuesto a nivel local, afectando a cada barrio y a cada comunidad.
Conocer que existe una manera diferente de viajar nos puede ayudar a mejorar nuestra huella. Esta filosofía, que empezamos a vislumbrar en nuevos discursos, se hace patente en redes sociales. No obstante, pueden resultar espacios poco amigables con el medio, debido a que su publicidad está pagada por agencias de viajes y grandes lobbys del negocio. Gracias a pequeños relatos de viajes sin ningún tipo de patrocinio podemos ahondar más en este tema. Hablamos de libros como Diario de un viaje sin destino (Pablo Andrés y Carlos Soriano, Editorial DobleUve, 2026), en el que sus dos protagonistas viajan por varios países africanos y americanos para romper tabúes a la hora de conocer nuevos territorios.
Aprendemos que es posible viajar haciendo voluntariado con sentido, a través de prácticas curriculares o a través de voluntariados en diferentes ONG. Aprendemos que se puede hacer autoestop en México sin correr ningún tipo de peligro. Aprendemos a parar, a trabajar, a visitar personas en vez de lugares. Aprendemos a no hacer fotos posteables, sino a escuchar canciones que tele-transportan a otro país, e incluso a otra época. Aprendemos a abrazar la incertidumbre y a no saber dónde vas a dormir esa noche, y que esa sensación sea la mejor del día. Aprendemos a conocer la historia de una nación ultrajada a través de testimonios narrados en primera persona. Aprendemos a huir de las zonas turísticas. Aprendemos a dormir en sitios insospechados. Aprendemos sobre flujos migratorios, desplazamientos forzosos y asilo político o social. Aprendemos sobre relaciones humanas. Aprendemos, en definitiva, cómo dejar una huella más positiva, o al menos que no sea negativa.
Este tipo de libros no es una excepción. El arte y la literatura llevan tiempo fijándose en esta problemática, y hay muchos ejemplos, como la novela La turista(Yun Ko-eun, Reservoir Books, 2024), que trata de manera irónica la atracción por las catástrofes naturales, o El turista desnudo (Lawrence Osborne, Gatopardo Ediciones, 2017), que relata una travesía alrededor del mundo en busca de un lugar que conserve intacta su esencia.
Bajo estas premisas nos podemos hacer muchas preguntas: ¿Qué huella estamos generando en los territorios? ¿Es adecuada nuestra manera de viajar? ¿Estamos dispuestos a renunciar a todos los lujos del viaje? ¿Somos capaces de viajar sin planificar? ¿Queremos una experiencia real o lo que buscamos es la foto? ¿Por qué viajamos? ¿Qué nos reporta viajar? ¿De verdad queremos conocer a las personas que integran los territorios y profundizar en sus alejadas vidas y pensamientos? ¿El problema está en la manera en la que viajamos o también en el propio hecho de viajar?
Comprender que el turismo depredador y masivo está agravando la crisis de vivienda y la crisis social a nivel global nos ayuda a mirar con perspectiva la huella que dejamos. No sabemos si viajar creando un impacto positivo revertirá la situación, pero al menos viajaremos con los cinco sentidos y con una conciencia más plena. De esta manera nos llevaremos una experiencia tan grata y original que perdurará en el tiempo más allá del ridículo post que publiquemos en redes sociales.
Pablo Andrés y Carlos Soriano.
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