Agresión policia valencia
Captura del brutal empujón que profiere un agente de policía en València este domingo 31 de mayo.

Cuando la profesora cae al suelo, la sociedad cae con ella

La agresión policial no solo nos revuelve por su arbitrariedad, sino porque nos gustaría que alguien les dijese a todas esas personas que están peleando que lo que están haciendo es importante y necesario.
2 jun 2026 10:00 | Actualizado: 2 jun 2026 11:27

La huelga del profesorado lleva varias semanas siendo masiva, el seguimiento es un éxito y el apoyo social es prácticamente total. Puede verse en todas partes un hormigueo de manifestaciones, gritos y cortes de tráfico, es difícil no escuchar sus pitidos y silbidos, ver sus pancartas colgadas, encontrarse grupos andando con camisetas verdes… Valencia hierve.

Sin embargo, las negociaciones no avanzan, algunos de los sindicatos han decidido ignorar a las asambleas de docentes y firmar un acuerdo a cambio de migajas, quienes se están movilizando señalan el cansancio, la dificultad para sostener tanta lucha, el esfuerzo de tener que paralizar la ciudad cada día… Y de repente esto.

Leo en los comentarios de un periódico local: “la calle es de todos, no tienen derecho a interrumpir el tráfico”. Creo que refleja una determinada idea del espacio público como un lugar en el que nadie molesta, estorba ni interrumpe. Idea imposible.

Una profesora jubilada cortando la calle, andando despacio, visiblemente tranquila. Un policía pasa por su lado, le empuja y cae al suelo, de boca, de cara, de cuerpo entero, teniendo como resultado el tabique nasal roto y puntos de sutura en la barbilla. La noticia ha corrido como la pólvora y sabemos por qué: se trata de un acto de violencia gratuito, innecesario y por la espalda, de una injusticia evidente. La rabia retuerce el cuerpo de cualquiera que lo vea. 

Leo en los comentarios de un periódico local: “la calle es de todos, no tienen derecho a interrumpir el tráfico”. Creo que refleja una determinada idea del espacio público como un lugar en el que nadie molesta, estorba ni interrumpe. Idea imposible, no solo porque es evidente que, de hecho, nos molestamos mutuamente, sino porque el espacio público puede considerarse como un lugar concebido precisamente para molestarse, y si tengo que elegir quién va a retrasar mi llegada al trabajo, ojalá sea una profesora jubilada que está peleando por sus compañeros y compañeras de profesión.

Ojalá cada interrupción de mi tiempo tuviese como fin la colectividad y el refuerzo de lo público, ojalá poder elegir sacrificar nuestra paz por una mejora de la vida que vivimos. “La calle es de todos”, sí, pero también “la educación es de todos”, y también se está viendo estorbada y entorpecida por la privatización y los recortes. Necesitamos pensar en qué estorbos estamos dispuestos y dispuestas a aceptar, y entre cuáles de ellos distribuir nuestro sentimiento de indignación. 

Al día siguiente leo que el policía va a ser expedientado, y por supuesto, hay una parte de mí que se alegra. Pero hay otra que va más allá de la búsqueda de castigo. Es el cariño, el calor o el afecto que siento por quienes protestan, y que no solo me lleva a indignarme por las agresiones que reciben, sino también a que me enorgullezca de esos enjambres vestidos de verde que están electrificando la ciudad.

Cada pelea produce una comunidad afectiva, un núcleo de malestar y daño que al organizarse se convierte en un cierto tipo de amistad. Pero esta comunidad no está formada únicamente por las personas que pelean de manera activa o visible, sino también por cualquiera que sienta que lo social es la casa en la que vive, una casa necesaria, una casa importante. Cuando la profesora cae contra el suelo, la sociedad cae con ella. Cuando el policía le empuja por la espalda, nos está empujando a todo el mundo, rompiendo nuestro tabique nasal, hiriendo nuestra barbilla.

Creo que la fuerza no solo proviene de la rabia, sino también del cariño. La agresión policial no solo nos revuelve por su arbitrariedad, sino porque nos gustaría que alguien les dijese a todas esas personas que están peleando que lo que están haciendo es importante y necesario, que sentimos un tremendo orgullo por ellas, que les animamos a seguir cortando las calles y a colgar las pancartas que quieran. La ciudad es nuestra. La cedemos como la cedimos a las víctimas de la DANA y a cualquiera que la solicite para amplificar el carácter compartido de la vida.

Alguien está, ahora mismo, luchando por mejorar la sociedad en la que tú y yo vivimos. No lo pasemos por alto, ni lo demos por sentado, porque cuesta una enorme cantidad de esfuerzo. 

Me gustaría cambiar la frase de antes: “la calle es de todos, y precisamente por eso podemos decidir si se utiliza para el tráfico o para la reivindicación, para el transporte o para la celebración, para moverse o para encontrarse”. ¿Qué mundo hemos creado en el que es más importante defender el paso de unos pocos coches que la educación pública o la integridad de una profesora jubilada? 

Pido un momento de reflexión, no quiero que la siguiente frase se lea a la ligera. Alguien está, ahora mismo, luchando por mejorar la sociedad en la que tú y yo vivimos. No lo pasemos por alto, ni lo demos por sentado, porque cuesta una enorme cantidad de esfuerzo. En esta huelga, como en todo movimiento reivindicativo, se pone en juego mucho más que lo meramente reivindicado. No solamente se está dirimiendo la cuestión de los sueldos o las ratios escolares (que también), sino también lo que tiene cabida, o no, en la vida en común. Pero solo con la rabia no podremos participar, necesitamos también un profundo sentimiento de calor y afecto, una costumbre de abrazar a quien nos hace sentir orgullo y rema a nuestro favor. De hecho, este afecto, por sí mismo, supone ya una cierta propuesta, un esbozo de mundo.

Hay un vídeo en el que se muestra el momento en que la profesora, después del empujón, se levanta y recibe un largo abrazo por parte de un compañero. La cámara capta su expresión asustada y confortada al mismo tiempo. Es un abrazo que todo el mundo querríamos dar y recibir en esas circunstancias. Dolor y amor, todo junto. Eso somos.

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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