Opinión
Cuba, democracia y relato mediático

Entre apagones, escasez y dificultades diarias, su modelo socialista se desarrolla desde hace casi siete décadas bajo circunstancias excepcionales, por lo que tratar de comprender su situación actual exige una mirada rigurosa que trascienda los enfoques simplistas.
Alina López Matanzas Cuba - 9
Calle del centro de Matanzas, una ciudad de 162.000 habitantes, muy afectada por el desempleo y la emigración. Alex Zapico
16 abr 2026 06:00

Hablar de Cuba nunca resulta fácil, no tanto porque su realidad sociopolítica pueda resultar ciertamente compleja a la hora de tratar de encajarla en la cosmovisión globalizada occidental, sino más bien porque los marcos políticos a través de los cuales se trata de explicar la realidad cubana están profundamente influenciados por una hegemonía cultural plagada de simplificaciones, sesgos ideológicos y burdas manipulaciones de corte anticomunista.

Desde que se recrudecieron las sanciones y el bloqueo de la isla tras el retorno de Donald Trump a la presidencia estadounidense, la vida de los cubanos se ha hecho mucho más miserable, con una escasez de medicamentos y una degradación de los servicios básicos que han convertido el día a día cubano insoportable. El reciente bloqueo impuesto por Estados Unidos a la importación de petróleo ha sido la guinda para un sistema cubano que lleva décadas soportando estoicamente la presión y las amenazas del país más poderoso del mundo, con sus numerosos aciertos y también con todos sus errores. Los apagones continuos, la falta de gasolina para el transporte y las fábricas, así como la falta de bienes de primera necesidad están generando una situación límite en una isla que, a decir verdad, difícilmente puede considerarse una amenaza significativa en el contexto internacional actual.

Una crisis condicionada por el bloqueo y la presión internacional

A pesar de la clarividente huella de la política exterior de los Estados Unidos en los grandes males que sufre la Cuba de ayer y de hoy y tras estas últimas semanas en los que el pueblo cubano padece la enésima embestida estadounidense de la mano del anticastrista y furibundo anticomunista Marco Rubio, muchos periodistas acaban por describir la dura situación cubana como producto de un régimen ineficiente, culpa de un sistema político arcaico y fruto de una clase política que ejerce una brutal represión contra la libertad de su propio pueblo. Ya no solo es la ultraderecha internacional con Miami a la cabeza la que encuentra en esta situación con graves consecuencias humanitarias renovadas esperanzas para provocar el ansiado «cambio de régimen» en la isla, sino que también muchos de los periodistas llamados progresistas, encuentran argumentos equidistantes para no condenar el cerco energético estadounidense y las amenazas de una intervención militar en la isla con la sempiterna e hipócrita coartada de la necesaria democratización. 

En estos días, resulta sonr­ojante ver oportunos reportajes televisivos y leer numerosos artículos periodísticos de los grandes medios donde se analiza la crisis humanitaria de Cuba y su inminente colapso enfocados principalmente en inercias propias de un fallido sistema político, donde el histórico bloqueo y la provocada crisis energética y criminal de Trump parece no tener mucha influencia en la situación límite que sufre el país caribeño. Resulta discutible atribuir la situación exclusivamente a factores internos: no se puede acusar de no respirar a alguien mientras se es testigo de cómo le están apretando el cuello, un ejemplo metafórico recurrente que nos sirve para visualizar el cinismo con el que se abordan los análisis sobre Cuba.

Puede que antes de escribir acerca de la política cubana resulte conveniente hacer el ejercicio periodístico de leer los cientos de medidas y restricciones estadounidenses que se aplican sobre Cuba

A veces uno puede llegar a preguntarse si, independientemente de las legítimas críticas al gobierno cubano, muchos de los periodistas que firman los reportajes se hacen los ingenuos a sabiendas o directamente no tienen en cuenta las inmensurables consecuencias de un bloqueo económico, comercial, financiero, logístico y legal de tal calibre como el que sufre Cuba desde hace más de seis décadas.

Puede que antes de escribir acerca de la política cubana resulte conveniente hacer el ejercicio periodístico de leer los cientos de medidas y restricciones estadounidenses que se aplican sobre Cuba, una a una, y con ello, el esfuerzo de trasladarlas a cualquier país del mundo. Es por ello que la Asamblea de las Naciones Unidas lleva 33 resoluciones aprobadas que piden el fin del bloqueo sobre la isla.

Tal vez así se comprendería la heroicidad del pueblo cubano y se valoraría todo su orgullo soberano y tenacidad para lograr todos los avances conseguidos desde la Revolución hasta el día de hoy: desde la valiente lucha contra el apartheid en Angola o el colonialismo francés en Argelia, hasta los logros en los campos de la medicina, la educación y el deporte, pasando por la exportación de humanidad internacionalista encarnada en sus misiones médicas a lo largo y ancho del mundo. Solo así se puede llegar a entender al cantautor cubano Silvio Rodríguez reclamando su fusil AKM y el posicionamiento valiente de los que conformaron la flotilla internacional Nuestra América, a pesar de toda la propaganda anticomunista desplegada contra ellos y los intentos de menoscabo por parte de algunos periodistas, también desde la izquierda.

Medios de comunicación y construcción del relato

No obstante, parece que mientras Cuba siga bajo un sistema socialista seguirá recibiendo un tratamiento especial por parte de los medios de comunicación, que no solo informan a partir de notables ausencias de rigor, sino también desde trasnochadas posiciones antisocialistas, aquellas que inundan buena parte del consumo cultural occidental y que hacen prácticamente imposible hablar de Cuba sin caer en lo absurdo. Prueba anecdótica de esta absurdidad podría ser lo sucedido en un conocido podcast donde al final de uno de sus recientes programas y tras una clara defensa de Cuba frente al bloqueo estadounidense por parte de uno de los dos conductores del programa, el otro, conocido periodista, no pudo limitarse a convenir la condena de las acciones estadounidenses y despedir ahí el programa, sino que se vio en la obligación de apostillar que en Cuba no hay democracia porque no se vota, lo cual acababa por añadir una suerte de incómoda justificación implícita a las acciones de Trump contra el gobierno cubano echando por tierra la proclama sutil con el habitual trasfondo humorístico que se acababa de realizar como cierre.

Que la democracia cubana se articule a través de principios diferentes a la liberal representativa a la que estamos acostumbrados en estas coordenadas culturales no la hace peor, ni tampoco merece una mirada paternalista como la que se emplea cuando se habla de Cuba, máxime cuando incluso los sistemas políticos democráticos mayoritarios en Occidente enfrentan fuertes crisis de credibilidad y grietas de enorme calado que ponen en duda su robustez y capacidad para enfrentar los grandes desafíos presentes y futuros para canalizar las demandas ciudadanas. El modelo cubano de partido único se ha regido por otros elementos que históricamente han puesto en valor objetivos socialistas de mejora de las condiciones de vida de las mayorías sociales frente al multipartidismo liberal monopolizado por aquellos partidos y sus representantes que basan sus políticas en minar los derechos humanos básicos en aras del capital, el derecho a la propiedad privado y el enriquecimiento por desposesión de grandes capas poblaciones empobrecidas.

Y en efecto, es aquí donde se culmina con un debate tosco y agotador que siempre emerge cuando se habla de Cuba, aquel que versa sobre los límites de su democracia y sobre las condiciones de privilegio de los burócratas cubanos, sobre el multipartidismo y sobre la aparente necesidad democrática de asunción del capitalismo y sus ramas políticas representativas como elementos democráticos per se, paradójicamente a pesar de sus intrínsecas y contrastadas contradicciones con los pilares y principios básicos de la democracia. No resulta conveniente, por tanto, ejercer aquí una mirada soberbia ni mucho menos sentar cátedra sobre qué elementos articulan la democracia de la mejor manera posible puesto que los imbricados prismas y principios sobre las que asentarla se presentan diversos según la endogeneidad de cada territorio, inclusive aquella que define al modelo cubano.

Una mirada compleja al modelo cubano: crítica y contexto

Con todo, tampoco se pretende abarcar aquí toda la realidad política de Cuba, ni cubrir con una pátina impoluta la trayectoria de la Revolución desde el 59, puesto que como es natural en su contexto humano y coyuntura histórica, ésta contiene errores y también elementos contrarios a las libertades básicas que en tanto que persistentes merecen ser denunciados y revocados. Nadie que se declare socialista puede defender un modelo socialista sin democracia. Cuba debe ser desmitificada para poder comprender el malestar cubano, la angustia del día a día y entender así también la crítica legítima hacia las prácticas ajenas a los principios revolucionarios. Porque condenar el bloqueo y las constantes amenazas no implica, ni mucho menos, cerrar los ojos ante las prácticas autoritarias frente a las críticas internas, ni menospreciar las carencias producto de una administración deficiente y unas autoridades negligentes.

La posición que aquí se trata de defender es compleja en tanto que incómoda porque uno desearía en sus fueros internos eliminar todos los peros que uno debe añadir cuando se trata de defender los enormes triunfos de la Revolución desde el presente menos halagüeño, como si Cuba tuviera la condena de reencarnar todos los anhelos utópicos de los internacionalistas anclando con ello al pueblo cubano a resistir para deleite de nuestras esperanzas, como reducto significante de nuestras luchas, en ocasiones sin tocar el suelo con los dos pies. Porque la lucha de Cuba tiene ecos en las luchas de otros pueblos y para ser honestos con el pueblo y con los ideales socialistas, uno debe ser capaz de enfrentarse a la difícil tarea intelectual de separar la paja del trigo, es decir, debe ser capaz de hacer una legítima denuncia a la existente opresión interna y, a su vez, posicionarse contra el bloqueo y las injerencias externas, si bien, en su justa medida, en consonancia y en proporción al duro contexto cubano.

Es cierto que en Cuba la democracia participativa queda relegada a la posición del Partido Comunista como «fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado», lo que en la práctica imposibilita una verdadera soberanía popular apartidista a pesar de que en la práctica ningún partido tiene derecho a postular candidatos en las elecciones. No es una democracia perfecta, por supuesto, si es que acaso llegamos a considerar que esto puede llegar a darse o sepamos siquiera identificarla.

Con todo, el presidente y el Consejo de ministros son designados por el parlamento, es decir, por la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, cuyos representantes son ciudadanos que combinan su desempeño político con la vida laboral. Todos los representantes son elegidos bien mediante elección directa de sus Asambleas Municipales compuestas por sus vecinos o por heterogéneas asambleas de trabajadores, jóvenes, mujeres y otros sectores de la población. Es decir, los cubanos sí que votan en procesos electorales y, además, con un alto grado de participación en comparación con los relativamente bajos porcentajes de cualquier democracia occidental. Como elemento a tener en cuenta y claramente distintivo del sistema cubano, ningún candidato necesita postularse detrás de siglas partidistas, ni contar con grandes sumas de dinero para poder presentarse y hacer campaña electoral, puesto que en Cuba se respeta la horizontalidad del proceso: ningún candidato puede destacar por encima de otro a partir de la inversión en propaganda electoral. 

Incluso periodistas que denotan capacidad intelectual y amplia cultura política acaban por cacarear las falacias y mantras de la derecha más recalcitrante que justifica las recientes agresiones del hegemón estadounidense

En este punto cabe destacar la limitación de las democracias occidentales para la participación política de todos aquellos que no disponen del capital necesario para sufragar sus campañas políticas. Solo en Estados Unidos las campañas políticas se miden en miles de millones de dólares. Conviene preguntarse entonces si este es el modelo de democracia mejor si en la práctica queda delimitada por aquellos intereses y lobbies que sufragan con ingentes cantidades de dinero las campañas de sus candidatos. Evidentemente no lo parece. Y por eso resulta tan difícil hablar de Cuba, porque incluso periodistas que denotan capacidad intelectual y amplia cultura política acaban por cacarear las falacias y mantras de la derecha más recalcitrante haciéndole el juego a todo aquel que justifica las recientes agresiones del hegemón estadounidense, ya sea en Irán, en Venezuela o en Cuba.

Para muchos periodistas críticos, la democracia parece reducirse al simple derecho de voto desde un prisma reduccionista de la democracia. En este marco, Estados Unidos, con sus amplias prohibiciones racistas para el voto según que minorías, su habitual gerrymandering o la constante manipulación mediática, no sería un régimen, sino una democracia porque los estadounidenses tienen la posibilidad de votar. En otras latitudes, como se vota cada cierto tiempo, también hablaríamos de democracias plenas en tanto que insertas en el sistema democrático de corte capitalista, aunque en la práctica se traten de democracias donde el candidato a la comunidad, provincia o ciudad venga impuesto por un partido, desde sedes lejanas al territorio local y que prácticamente toda la información que se consume venga dirigida por enormes grupos mediáticos con claros intereses políticos detrás que copan el mercado de la información impidiendo de facto un derecho básico de las democracias.

También se le suele llamar democracia al enriquecimiento sistemático de la oligarquía en connivencia con el Estado, ya sea a través de grandes cadenas de supermercados, la privatización de la salud o de la especulación con un bien básico como la vivienda, mientras como consecuencia directa se degrada la vida diaria de las mayorías sociales, las desigualdades se ensanchan y se impide por norma que grandes capas poblacionales puedan permitirse vivir bajo un techo digno.

En este difícil contexto vital, parece lógico que ante las grandes fallas de las democracias occidentales uno acabe inevitablemente por preguntarse por su viabilidad en la forma actual. Como se sabe, en teoría y solo en teoría, la democracia surge del resultado de un conflicto social irresoluto donde los ciudadanos consensuan los límites y llegan a equilibrios a partir de puntos de vista e ideales diferentes que acaban por conformar los marcos de convivencia, así como las instituciones que garantizan el cumplimiento de los acuerdos. Este sistema de organización social y política se entiende, por lo tanto, como un sistema eficaz llamado a organizar la vida por medio de las preferencias mayoritarias y que sirven a su vez para evitar el abuso de los gobernantes sobre los ciudadanos y, por supuesto, el abuso de una clase social poderosa sobre otra subordinada y dependiente. En la práctica las democracias occidentales se sitúan bajo la influencia desproporcionada del poder del capital, a través de la cual pocas fortunas dirigen la información que consumimos en los medios de comunicación y que, además, desembolsan ingentes cantidades de dinero con el único fin de moldear y alinear la cosmovisión general a partir de sus intereses de clase sin tener por ello que emplear la fuerza y la represión.

En el caso de Cuba, a pesar de que se nos diga que no se puede votar y, a pesar de los habituales ataques contra su modelo socialista, el sistema electoral de elección directa de Cuba permite un consenso sociopolítico y de mayor grado participativo que el que se da en cualquier otra democracia occidental, lo que implica que exista cierto equilibrio democrático. Otra cosa es que se pueda ser subjetivamente crítico con este modelo, que se pueda considerar más o menos útil para según que fines económicos y sociales o considerarlo comparativamente deficiente para que el pueblo pueda vehicular sus anhelos y ejercer sus derechos, pero resulta difícilmente sostenible desde un análisis riguroso subirse a la enclenque atalaya de la democracia liberal y osar tender una mirada cargada de suficiencia sobre el modelo participativo cubano.

Entender Cuba: resistencia, crítica y coherencia

A pesar del duro contexto posterior al triunfo de los barbudos y los ingentes esfuerzos contrarrevolucionarios dirigidos desde Miami, en la isla se acabó por conformar un consenso democrático en torno a las ideas socialistas de justicia e igualdad que acabaron por dar forma al Estado de derecho que representa la Constitución cubana y que dota de elementos genuinos a su actual democracia. Así pues, desde la concepción de la democracia como elemento plural, obligatoriamente indefinido y cargado de múltiples prismas endógenos y, principalmente, teniendo en cuenta el valiente proceso revolucionario de Cuba y su larga historia de lucha por su soberanía, la isla merece ante todo respeto y, por supuesto, desde un punto de vista humano sin necesidad de ningún tipo de fútiles vaguedades y circunloquios, la total condena del bloqueo estadounidense. Sin peros, sin ambages, sin tibieza, sin esas innecesarias volteretas dialectales que se envuelven en la defensa de los valores democráticos para acabar atacando a un país que en vez de armas se ha dedicado a exportar médicos y a formar a miles de personas, sea cual sea su origen, bajo la premisa martiana de que sin cultura no hay libertad posible.

Así sucede que en este contexto actual nada puede ser realmente entendido sin comprender antes las consecuencias del bloqueo y la amenaza constante que acecha a la isla y sus gobernantes: desde las amenazas golpistas de los cubanos ultraderechistas con sede en Miami hasta las ingentes sumas de dinero que se invierten desde la clase capitalista para desprestigiar el modelo socialista en todo el mundo. Solo entendiendo la dura realidad impuesta uno puede llegar a otorgar sentido a aquello que nos puede llegar a desconcertar más de la isla y que entraría en contradicción directa con la lucha por la libertad de cualquier proyecto que se denomine emancipador, ya se trate de la ausencia de una diversidad de medios y opiniones o de cierto grado de vigilancia y justificada paranoia anclada en los órganos del Estado.

¿Cómo es posible que un país tan pequeño como Cuba haya resistido casi siete décadas de embestidas de la mayor potencia del mundo? Esto no sería posible, tal y como afirmaba Fidel Castro, sin una férrea base de principios, ideas y ética que nutren el pueblo de Cuba. Y sí, el gobierno de Cuba puede ser objetivo de críticas, es más, Cuba como sistema socialista debería permeabilizar mejor las críticas de lo que hace a todo programa y política que pretenda llevar a cabo en nombre de su pueblo, pero su realidad quedará siempre empañada por la manipulación constante, por la presión del anticomunismo internacional financiado por intereses espurios y por un rango de acción que queda siempre supeditado a los estrechos límites que marca el bloqueo estadounidense. Cuando por fin Cuba sea libre de verdad, es decir, libre de bloqueo y amenazas constantes, toda crítica dentro del proceso revolucionario debería servir para facilitar sus caminos y cambiar aquello que deba ser cambiado, desde el nepotismo corrupto hasta aquellas prácticas autocráticas, para que desde unos necesarios horizontes renovados lleven al pueblo digno de Cuba a trabajar en libertad para alcanzar sus legítimos y humanos objetivos.

Mientras tanto, corresponde a todos aquellos que observamos desde los bordes ejercer una mirada empática, honesta e informada, pero, sobre todo, coherente. No se puede exigir a Cuba los estándares de normalidad democrática de países que no viven bajo asedio permanente, ni analizar su realidad social y política ignorando deliberadamente el peso condicionante del bloqueo y la presión internacional. La crítica es bienvenida siempre que se emita desde unos parámetros honestos, porque, a decir verdad, solo desde un análisis riguroso y libre de prejuicios, manipulación y simplismo será posible comprender la complejidad de la isla y acompañar, desde el respeto a su soberanía, cualquier evolución futura de su modelo político y social. Todo lo demás no es más que ruido, en algunos casos con unos intereses muy evidentes que, lejos de ayudar al pueblo cubano, contribuye solo a perpetuar las condiciones que lo asfixian.

Cuba
Laura Beatriz Rodríguez Castellón
“La Orden de Trump dificulta el cambio de matriz energética en Cuba”
Laura Beatriz Rodríguez Castellón es investigadora del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM) en Cuba.
El Salto Radio
Podcast | Cuba: apagones y revolución
Hace varias semanas que queríamos traer a Señales de Humo a una amiga del programa para que nos hablara de su último viaje, ahora, la actualidad ha puesto a ese lugar justo en el centro de la palestra informativa: Cuba
Cuba
Cuba bajo asedio: crónica de una isla que no se rinde
El autor, integrante de una brigada internacionalista en Cuba, describe la situación de emergencia que se vive en la isla por el embargo petrolero, una vuelta más de tuerca tras seis décadas de bloqueo.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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