Opinión
EEUU y el proyecto sionista tras la guerra contra Irán: su nuevo Oriente Medio (el de siempre) o el caos

A pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham.
Donald Trump Netanyahu diciembre 2026
Trump participa en una conferencia de prensa bilateral con Benjamin Netanyahu, el lunes 29 de diciembre de 2025.

Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.

26 jun 2026 06:00 | Actualizado: 26 jun 2026 08:23

Durante el nuevo capítulo de este esperpento llamado proceso de negociación entre Irán y Estados Unidos —ahora en Suiza desde la tercera semana de junio— estamos asistiendo a una escenografía habitual. La conocemos desde que el ejército de Washington y su aliado el régimen de Tel Aviv dijeron detener los ataques contra objetivos iraníes el pasado mayo: la confusión. Los negociadores de Teherán ya ni se inmutan cuando escuchan las declaraciones de los representantes de la Administración estadounidense, o sus medios de comunicación, o las sandeces incontenidas del fantoche de presidente que tienen, hablando de que los iraníes han aceptado esto o aquello; o que les van a fulminar como no hagan así o asá; o que la guerra la han ganado ellos y tienen derecho a imponer sus condiciones.

Un día te sacan un memorando de 14 puntos, con unas cláusulas aparentemente claras, y al día siguiente te salen con interpretaciones y lecturas sorprendentes de lo que días atrás habían dado por evidente. Aquel memorando había servido, dijeron la semana pasada, para poner fin a la contienda; hoy, sus negociadores lo están utilizando para retorcer el sentido de las palabras, volver a discusiones que se creían superadas y, en definitiva, alimentar este magma de caos e incertidumbre en que la política de EEUU ha convertido Oriente Medio.

Puede debatirse por extenso si Washington, y el repelente niño Vicente de Oriente, el régimen de Tel Aviv, han perdido o no la guerra que iniciaron contra Irán el 28 de febrero pasado. Lo que está fuera de toda duda es que no la han ganado. Lo que se presentaba como un paseo imperial de F-15, 16, 32 y compañía, de drones de ultimísima gama y hasta comandos de robocops y másteres del universo haciendo picnics y fotos chic en los “secretísimos” almacenes nucleares subterráneos de los iraníes devino en colosal chasco. Uno escucha la farfolla petulante de su turbio e insufrible presidente, propagada por las redes y sus apariciones en la Casa Blanca cual diarrea colérica estival, e imagina que obtuvieron un éxito total, habiendo destruido todo el ejército, toda la armada y toda la reserva balística de los iraníes.

Pero la realidad, maquillada por los medios de comunicación occidentales, en su gran mayoría sometidos a los dictados ideológicos de sus patrones prosionistas y “neoliberales” (suponiendo que alguien sepa lo que significa eso), cuenta otra cosa. Teherán no solo fue capaz de contener la embestida sino que neutralizó las bases estadounidenses en los países del Golfo, restringió la libertad de movimientos de los aviones de última generación de Washington y obligó a sus gigantescos portaaviones a buscar resguardo lejos del Estrecho de Hormuz.

La lectura creativa de los acuerdos y supuestos entendimientos se ha convertido en arte para los mediadores estadounidenses y sus protegidos en Tel Aviv

EE UU no sólo ha sufrido un menoscabo evidente de su imagen de gran potencia militar y económica; su capacidad para seguir liberando eso que llaman el “mundo libre” (que tampoco sabemos lo que es) ha quedado reducida, disputada en Europa incluso por quienes se pensaba eran sus principales aliados. Las petromonarquías árabes, cuyas dinastías reinantes han fiado durante décadas su estabilidad al apoyo militar y diplomático de Washington, se preguntan hoy de qué sirve invertir miles de millones en compras jugosas de armamento e inversiones millonarias en suelo estadounidense si ni las bases ni los contingentes armados de aquella son capaces de librarles de los bombardeos de un hatajo de ayatolás locos, primitivos y rencorosos.

Grandes naciones de esas que llaman “emergentes” como la India sienten que las consecuencias de esta guerra que casi nadie ha comprendido las han terminado pagando ellos. Los indios, al igual que los japoneses, los coreanos, los filipinos y el resto de naciones extremo asiáticas, perciben que ellos, junto con los emiratos, reinos y sultanatos de la Península arábiga, son los grandes paganos de la astracanada iraní. El cierre de Hormuz y el corte de las rutas marítimas hacia el Índico, no sólo para los flujos de petróleo y gas, ha derivado en cortes de suministro a la población, el repunte de los precios y deterioro de la actividad industrial. Los segundos, con Emiratos Árabes Unidos a la cabeza, han tenido que cerrar empresas y renunciar temporalmente a su sueño de convertir la región del Golfo en un santuario turístico. Sus depósitos y petroleros siguen languideciendo, cargados de toneladas de crudo. Unos y otros se preguntan si con protectores como EE UU, a la postre tan poco fiables, no valdrá más entenderse con Irán; o con China, el exitoso convidado de piedra de esta nueva bufonada imperial.

Pero los reveses militares no constituyen, aún, impedimento para que los dirigentes estadounidenses intenten lograr los mismos objetivos por otros medios. Para eso están las negociaciones y procesos de paz, para embarrarlos, llenarlos de trampas, marcar las cartas para que la última palabra esté siempre de nuestro lado. El citado memorándum de los 14 puntos incluía en el primer párrafo, y repetido, que las hostilidades cesarían en todos los frentes, incluido el libanés. El régimen de Tel Aviv ha seguido extendiendo sus posiciones en el sur de Líbano, sin dejar de bombardear localidades del centro del país. Ahora los negociadores estadounidenses sostienen que mientras Hezbolá “siga por allí” los israelíes tienen derecho a llevar a cabo tales acciones. Pero el caso es que el memorando en cuestión no dice eso, sino que insiste en el cese de hostilidades, sin más.

La lectura creativa de los acuerdos y supuestos entendimientos se ha convertido en arte para los mediadores estadounidenses y sus protegidos en Tel Aviv. Si un papel dice que se levantarán las sanciones a Irán, inmediatamente después de declararse el alto el fuego, un negociador te dice después que sí pero que hay que negociarlo antes. Y esto aplica al resto de supuestos puntos acordados. El caos, el ruido, la confusión, la defenestración de las instituciones y organismos internacionales que ellos mismos habían creado para asegurar la hegemonía occidental… todo eso constituye hoy la principal baza de capitalismo sionistoide actual para continuar manipulando la región más sensible del planeta.

Casi nadie  se acuerda de Gaza pero allí, tras otra campaña militar que no resultó tan exitosa como esperaban, el régimen de Tel Aviv está asfixiando poco a poco a la población, obligándola a morir de hambre y asco o a marcharse. Nadie estamos haciendo nada para evitarlo; y la tragedia la escribieron quienes impusieron el pretendido acuerdo de paz que detuvo, dicen, el “genocidio” perpetrado por el régimen de Tel Aviv.

Las hordas israelíes siguen haciendo sitio para, quién sabe, posibles asentamientos en el sur de Líbano, también con entendimientos y negociaciones con el gobierno de Beirut. Las incursiones de esas mismas tropas en territorio sirio están dando lugar a “nuevas realidades sobre el terreno”, como dicen los prebostes del sionismo colonialista actual —eufemismo para adquisiciones territoriales—; a pesar de los reveses, los mandamases israelíes no han renunciado a su gran proyecto de Oriente Medio, con su ruta comercial entre la India y Europa dirigida desde Tel Aviv y los estados árabes y musulmanes paciendo dócilmente de los llamados acuerdos de Abraham o “normalización” diplomática.

Sin embargo, las estrategias del caos, la confusión y el cisco tienen sus riesgos. Como nadie imagina qué ocurrencia vas a tener dentro de cinco minutos ni con quién estás negociando ni sobre qué, ni tampoco si lo que afirmas es verdad, los aliados del presidente estadounidense se impacientan. Los rifirrafes con el primer ministro israelí o destacados representantes del régimen israelí son, evidentemente, parte de la escenografía de una confusión teledirigida; pero revelan, asimismo, carencia de fe en este maquiavélico juego. Trump no se aleja mucho de la verdad cuando dice que su segunda elección como presidente pulverizó registros de popularidad, votos y dominio en el poder legislativo y ejecutivo pocas veces vistos en EE UU; pero calla, porque desea hacer encallar a los suyos en una realidad paralela virtual, que en sólo un año y medio de mandato ha acelerado el declive de su programa hegemónico.

Los rifirrafes con el primer ministro israelí o destacados representantes del régimen israelí son, evidentemente, parte de la escenografía de una confusión teledirigida


El mundo no ha hecho nada para evitar los crímenes del evangelismo sionista en Palestina, cierto, pero cada vez hay más voces que hablan abiertamente del carácter colonialista racista de la ocupación del territorio palestino. Parece poco pero hace veinte o incluso diez años la narrativa pro sionista gozaba de una supremacía en los grandes medios y ámbitos sociales occidentales que ya se está viendo contestada.

El farandulismo del presidente estadounidense, sus mentiras, su zafiedad, su ineptitud, está avivando el “peligro” del socialismo estadounidense (otra cosa ignota), en forma de candidatos políticos que, en sitios tan revolucionarios como Nueva York, hablan de colectivizar la riqueza y enfrentarse al sionismo depredador. La perla de este trumpismo desbocado —o el estado profundo estadounidense se quita de en medio a este pelele con ínfulas o el imperio no les dura una década— es la emergencia de una potencia regional inusitadamente altanera como es Irán, que se permite cosas nunca vistas como retirarse de las negociaciones o cerrar y reabrir según le convenga la ruta marítima más importante del planeta. El nuevo oriente soñado, rendido a las transacciones del gran capital y la ideología de un sionismo-neo cristiano, ha sufrido un duro golpe. Nos queda, empero, el festival de la farfolla y la confusión.

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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