Opinión
No abandonemos la política: sobre la propuesta de Rufián

Es necesario abrir espacios público-comunitarios como única fórmula viable para cambiar reglas de juego capitalistas, patriarcales, racistas o de subordinación rural.
Pleno Congreso de los Diputados 26-03-25 - 3 Gabriel Rufián
Intervención de Gabriel Rufián de ERC. David F. Sabadell
profesor en la Universidad de Extremadura y agricultor ecológico
31 may 2026 05:00

Hacer política no es estimar votos, preparar relatos alternativos frente al discurso del odio, hablar de política de manera que encaje en los algoritmos tecnológicos o en los medios de comunicación. Todo eso forma parte de la política. Pero los modelos de voto no son la política. La democracia, entendida de forma radical, transita por conversaciones cotidianas, formas de vida, pautas de consumo, querencias partidistas o asociacionistas, en definitiva, por el “abajo” de la sociedad. También por el “arriba” de dicha sociedad, por los ascensores institucionales, por las representaciones electorales, por entre las élites culturales y por los consejos de grandes empresas. Prestar atención a ese “arriba” es necesario, este artículo no lo pone en duda.

Ya hablemos de izquierdas, derechas, progresismos, utilitaristas, municipalistas, hoy toca ver, en general, como la política es encerrada en ese arriba, poco dinámica, muy de trincheras ya establecidas. En esos bandos o tribus que se definen, parece tener más aliento el discurso duro y hermético de un “nosotros” que pide sacrificar a “otros” y las más de las veces a “ellas”. El más claro exponente es la derechona tradicional y la ultraderecha de aprendices a señoritos, los cuales proclaman su derecho a pisotear al resto, que se relamen con un hipotético bote salvavidas que tire por la borda a quienes no se ajustan a su ordenamiento de calado neofascista. 

La izquierda institucionalizada, en sentido amplio, algo participa de ese hermetismo, de esos cierres. Se considere ésta como la real, la cuqui, la sostenedora de sus verdades, la posibilista, o ponga usted el adjetivo. Emerge la coartada de la apelación a los tiempos urgentes (¿cuáles no lo han sido?) y del echar cuentas aplicando el método D’Hont (¿y por qué no echar también otras cuentas de qué ha ocurrido con el fracaso desde el municipalismo para acá?) que, siendo un elemento necesario para hacer política, es a la vez una falsa salida para colaborar en el descafeinamiento de la democracia y, quién sabe, en el ascenso de autoritarismos. 

Hace algo más de 50 años unos señores muy influyentes en la escena política mundial (académicos, políticos, élites mediáticas) o simplemente tremendamente ricos fueron agrupados por un tal David Rockefeller alrededor de la Comisión Trilateral. Había que descafeinar las democracias liberales, introducir restricciones a las demandas, aspiraciones y formas de organización social que estaban conduciéndonos por una mayor participación y unas reclamaciones más amplias, en países como Estados Unidos, Japón o la entonces Comunidad Europea.

Eran las calles de mayo del 68 en París y las protestas estudiantiles en muchos otros países, la primavera de Praga, el germen del Movimiento de liberación de las mujeres, la concienciación sobre el impacto de los venenos agrícolas iniciada por Rachel Carson con su libro La primavera silenciosa, la resaca de Martin Luther King y el rechazo a la guerra de Vietnam en Estados Unidos. Después vendrían las cumbres, las nuevas agendas, el giro de políticas que hoy asumimos como derechos, también las desilusiones y las cooptaciones de líderes a los que se les hacía hueco en el ascensor social de la izquierda.

Con sus más y sus menos, se iniciaron décadas que impulsaron el avance de las redes críticas que dan libertad, a decir del filósofo y poeta Jorge Riechmann. Redes que eran cotidianas y difusas, pero portadoras de nuevas culturas de vida y que, subterráneamente, también desarrollaban protestas hondas y continuas, movilizaciones sociales.

Cuando Podemos habló de nueva izquierda lo hizo tan sólo unos minutos. Poco tardaron en blindar las puertas del ascensor tras los encuentros de Vistalegre que cerraron los círculos sociales que creaban

Hoy nos asalta la propuesta del diputado de ERC Gabriel Rufián sobre evitar la competencia de candidaturas y favorecer la presencia de la opción previsiblemente con más opciones en cada circunscripción. Debate interesante y necesario. Pero conversación corta y que abre el camino a sostener, ante todo, el ascensor social de “generales sin ejército” si se me permite una expresión del siglo pasado. Cuando Podemos habló de nueva izquierda lo hizo tan sólo unos minutos. Poco tardaron en blindar las puertas del ascensor tras los encuentros de Vistalegre que cerraron los círculos sociales que creaban y creían en una democracia radicalizada, de raíz, sin privilegios para un grupúsculo experto en tecnocracia política.

Cuando Yolanda Díaz, no diría siquiera el proyecto Sumar porque como tal no ha tomado cuerpo, visitaba Extremadura sentía rechazo de cómo trataba de escenificar su “escucha” delante de públicos a los que se trataba de pastorear en el mejor de los casos (no de iniciar diálogo alguno). Cuando Rufián habla de nuevo proyecto, ni siquiera se cuenta con ERC que ve a éste como un verso libre más preocupado por su situación de naciente estrella mediática. 

Por último, todo parece envolver un debate sobre siglas “a la izquierda del PSOE”. Pero el desencanto no distingue de espacios electorales, incluso puede acabar en un justificado “para qué votar”. Ante este panorama: ¿cómo no tildar de “abandono de la política” la no contemplación de procesos sociales más amplios, más desde abajo, que cuenten con músculos sociales de diferentes sectores descontentos, de distintos territorios? En el corto plazo, insisto, no es mal planteamiento esa llamada a la “unidad desde arriba”. Pero será el enésimo fracaso y el duodécimo distanciamiento de quienes pensamos que junto a la elección de las consabidas élites mediáticas, auto-impulsadas por sus aparatos en muchos casos, es necesario abrir espacios público-comunitarios como única fórmula viable para cambiar reglas de juego capitalistas, patriarcales, racistas o de subordinación rural. 

¿Cómo? Hagan listas cremallera, no entre partidos, si no entre lo institucional y lo social, entre lo ya visto por alguna pantalla y lo social aún invisibilizado, entre mujeres y hombres, entre territorios menos escuchados y otros preponderantes en la colocación de “sus” problemáticas. Compongan programas junto a personas afectas o removidas por alguna pata de las múltiples crisis que nos azotan.

No abandonemos la política, no contribuyamos a que la sociedad se vea capturada y eclipsada por una democracia en conserva, por los viejos trileros de las nuevas trilaterales.

No consideren que los “abajos” no existen, es más son el caldo de cultivo para otra política, el freno a un nuevo ejército mediático desvinculado del sentir y el hacer social. Abran también un proceso de dos o tres años de ceder palabras y decisiones a núcleos sociales y biorregionales desde esos abajo (fin del concepto hermético de nación o de circunscripción electoral), base de cualquier realidad alternativa de izquierdas que ha supuesto la emergencia de lo que aún es hoy interesante en países como alternativa de radicalizar la democracia en Brasil, Venezuela o en candidaturas populares en Europa. 

En definitiva, no abandonemos la política, no contribuyamos a que la sociedad se vea capturada y eclipsada por una democracia en conserva, por los viejos trileros de las nuevas trilaterales. Retornemos a lo político (cotidiano) desde su lugar ancestral y a la política crítica (lo institucional que reforma y abre espacios). No creemos otro muro de metacrilato hacia las prácticas sociales e institucionales que cultivan otra sociedad, entre política y una sociedad que intuye con claridad qué no quiere, y que además quiere decidir en los asuntos que le conciernen vitalmente.

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Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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