Opinión
Recuperar la razón para salvar lo común

Frente al auge del fascismo y la crisis capitalista planetaria, debemos poner la razón en diálogo con el proyecto de emancipación de la clase trabajadora.
Plaza de Castilla - 1
David F. Sabadell Escena cotidiana en Plaza Castilla (Madrid),
20 feb 2026 05:00

Cuando miramos hacia nuestro alrededor y, por tanto, a la crisis planetariamente política que nos acecha, es bastante fácil llegar a la conclusión de que hemos perdido el sentido común. Esta idea que cartografía brevemente la crisis de la razón es simple y llanamente el plano cultural de una racionalidad capturada por el sistema capitalista.

En cualquier podcast, programa de televisión, radio y lugar del ciberespacio (como redes sociales, webs, foros…) el capitalismo se muestra como una realidad natural. Esto, bien lo sabe la sociología y el estudio de la ideología, es un proceso inseparable de cómo nos conformamos dentro de marcos culturales que responden a formas materiales de organizarnos como sociedad. Es decir, la ideología presenta de manera invisibilizada muchas de las estructuras y relaciones sociales que emergen del modo de producción en el que vivimos.

El capitalismo es entendido desde sus aparatos de producción culturales como la forma de organización más coherente sobre todas aquellas otras prácticas políticas que responden a la pregunta sobre el modo de organización social. Dicho con otras palabras, el capitalismo se presenta como el sentido común. Precisamente esta inquietante transposición es el principal síntoma de nuestra crisis de la razón.

La razón es sin duda el ámbito central de la filosofía. Y la filosofía en mayor o menor medida es el ámbito donde brota todo lo demás; sobre todo la política. La razón persigue las formas objetivas, aquello que está más allá de nuestra individualidad y de nuestra percepción, aquello que “es” independientemente de nosotres: la verdad, la justicia, la belleza. No debemos confundir la razón, por tanto, con el sentido común, pues el sentido común es un reflejo directo de la organización social. Y nosotros vivimos en una organización social plenamente irracional. De hecho, tan irracional que en apenas 250 años de existencia el capitalismo nos ha llevado a una crisis climática sin retorno. Y sí, ya sabemos que los cryptobros, los neoestoicos y las demás figuras arquetípicas que engordan las filas de los adeptos discursivos del capitalismo nos lo presentan desde sus pupitres comunicativos como un ente natural y autónomo. Sin embargo, lo cierto es que negar la historia no les da la razón.

En consecuencia, la razón no es el sentido común, pero para elaborar un sentido común democrático nos hace falta precisamente, como elemento indispensable, la razón. De hecho, si algo podemos salvar del proyecto ilustrado (quizá haya muchas cosas más) es la presente certeza: debemos poner la razón en diálogo con el proyecto de emancipación de la clase trabajadora.

La razón que defendía Spinoza, que aquí llamaremos la razón de lo común, pone las piedras bajo nuestros pies y los caminos de la historia frente a nuestros ojos

Spinoza allá por el siglo XVII ya defendía que la razón era un elemento indispensable para comenzar a hablar de aquello que hoy pesa en cierta manera defender (vista su hipócrita y supremacista forma actual): la democracia. Porque la razón que defendía Spinoza, que aquí llamaremos la razón de lo común, pone las piedras bajo nuestros pies y los caminos de la historia frente a nuestros ojos. La razón de lo común envía al capitalismo al vertedero de la historia.

Sobre lo expuesto, el sociólogo Herbert Marcuse nos avisaba de que el capitalismo es un sistema que genera una escasez artificial. Es decir, es un sistema que propone un modo de generar y organizarse reproductivamente desde un parámetro del todo cuestionable que impide el despliegue de la razón de lo común. Y además, cuestionable en tanto en cuanto afecta a la mayoría de la población de manera negativa. Dicho de otra manera, el capitalismo solo es racional para el burgués y, por ende, es irracional para todos los demás (clase trabajadora y ecosistema planetario incluido).

Aterricemos un poco lo descrito con ejemplos: ¿cómo de racional es tener una jornada laboral de 12 horas (como la que Javier Milei ha impuesto en Argentina), o de ocho incluso, trabajando para una clase capitalista que está contribuyendo a destruir el planeta en el que vives, privatizando la vida en general y dándote a cambio lo justo en forma de salario para que sobrevivas? ¿Cómo es de racional votar cada cuatro años en un sistema donde no tienes autonomía ni libertad para organizarte y hacer política? ¿Cómo es de racional que vivamos sometidos a unas crisis cíclicas provocadas por una economía política basada en abstracciones macroeconómicas? ¿Cómo es de racional que muramos en los frentes, o cruzando una frontera, o bajo los azotes de otro nuevo régimen fascista que aplaca las formas del gobierno de lo común?

No hace falta, en realidad, hacer una gran filosofía para comprender la razón de lo común. Y me explico. Todo el mundo sabe que caminar por un bosque es, por lo general, más agradable que hacerlo por una megalópolis capitalista actual. Todo el mundo sabe que poder tomar decisiones sobre tu vida y no estar supeditado a lo que una clase social minoritaria y parasitaria para quien tienes que trabajar y así sobrevivir es, seguramente, algo mucho más razonable y agradable. Todo el mundo sabe que es mejor vivir en un ecosistema que no se muere, ni respirar aire envenenado, ni comer alimentos con microplásticos que hacerlo. También que es preferible no vivir en una cultura amordazada, y comunicarnos en redes sociales controladas por fascistas multimillonarios a través de algoritmos que nos funden el sistema nervioso.

La razón, en realidad, es muy común, como os digo. ¡Pero acordaros! No la relacionemos con el sentido común, con lo normal. ¿Por qué? Porque vivimos en un mundo que se organiza materialmente de manera irracional. Por tanto, el sentido común que surge de la producción cultural e ideológica de este sistema es un sentido común irracional. Es por eso que los líderes actuales nos suenan tan extravagantes; es por eso que Donald Trump (o Díaz Ayuso) parece sacado de un episodio de Los Simpson: su proyecto es razonable para él, pero irracional para literalmente el ecosistema planetario, donde la clase trabajadora también está. Es una parodia de lo común. Una especie de sátira que bien estaría mejor que se quedase en un capítulo de Los Simpson.

Nos encontramos entonces en el siguiente proceso: el capitalismo genera una escasez artificial tendiente a ocultar la abundancia. Esta escasez artificial se traduce en una incapacidad cultural de imaginar un futuro. Esa escasez artificial acaba generando una realidad donde la irracionalidad se instala como sentido común.

Debemos ya decir que cuando miramos hacia nuestro alrededor lo que observamos es una bomba de irracionalidad que afecta a nuestra libertad política

Nuestra dolencia es el sistema capitalista y toda su hegemonía material, que, dictada por unos pocos, somete a todos los demás bajo una racionalidad del todo irracional (aquello que Adorno y Horkheimer llamaron racionalidad instrumental). La teoría crítica bien nos avisó de este proceso de estandarización de conciencias, el cual nos llevó más adelante a los potentes análisis de Fredric Jameson y Mark Fisher sobre la crisis de historicidad y la despolitización de la clase trabajadora.

Si volvemos a las primeras palabras de este texto, debemos ya decir que cuando miramos hacia nuestro alrededor lo que observamos es una bomba de irracionalidad que afecta a nuestra libertad política. El ya nombrado Spinoza decía también que cuando un ente (social) empieza a enfermar es porque hay un motivo externo que le causa dicha problemática y que este ente (social) aún no sabe lo que es. Pero eso es solo un problema, no una sentencia, porque la razón puede desvelarnos cuál es ese ente y, por tanto, en común, actuar para solventar dicha dolencia. 

Siguiendo la estela de la derrota del proyecto ilustrado, la filósofa catalana Marina Garcés en su ensayo El tiempo de la promesa (2023) comenta: “Lo que define la condición de esclavo respecto al siervo o al peón es la exclusión de todo vínculo social. Esto implica que no puede hacer promesas ni forjar conexiones duraderas con otros seres humanos. Por eso no es libre”. La alienación que sufre la clase trabajadora sería el síntoma de esa exclusión que el esclavo sufre según Garcés. Somos despojados de nuestra autonomía política porque el capitalismo impone unas lógicas de realidad y de reproducción de esta que nos subyugan hacia una desafección y anomia continuas.

No es casual que delante de este panorama de no reconocernos como sujetos activos de la historia, y abandonando la razón que nos puede hacer tomar conciencia de ello, el neoliberalismo y su mercado paliativo entren con la fuerza de un huracán; desde el estoicismo empresarial hasta las subculturas digitales de la autoexplotación, la autoayuda, la espiritualidad neoliberal, los cryptobros… o el propio fascismo, que articula mitos y afectos en torno a la idea de una voluntad fuerte definida por su diferencia. En todos estos casos, la promesa de transformación descansa en la adopción de una nueva conciencia individual, desligada de las condiciones materiales que producen la impotencia social del panorama del “No hay alternativa.

Nuestra salvación frente a esta crisis pasa por una praxis que articule acción y razón, política de lo común y un nuevo auge cultural basado en aquello que Mark Fisher bautizó como modernismo popular

Como Spinoza nos recuerda: “Llamo servidumbre a la impotencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado, aun viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor”.

Nuestra salvación frente a esta crisis pasa por una praxis que articule acción y razón, política de lo común y un nuevo auge cultural basado en aquello que Mark Fisher bautizó como modernismo popular. Es decir, una nueva alianza entre lo mejor de la cultura y lo mejor de lo popular, una cultura subversiva en su contenido y común por el sujeto que la crea y al que se dirige: la clase trabajadora. Y esto únicamente se podrá hacer a través de la organización militante y la construcción de espacios relativamente autónomos donde desarrollar nuestra política y por tanto nuestra propia razón ilustrada. Porque parafraseando a Fisher: ser libre y feliz implica exorcizar a estos invasores y actuar conforme a la razón.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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