Opinión
La izquierda y las teorías de la conspiración: por qué no se debe combatir con armas ajenas
Norman Finkelstein, conocido por su vasto trabajo relacionado con el conflicto palestino-israelí, ha generado polémica en la izquierda anti-sionista. Su posición es crítica respecto al uso de teorías de la conspiración y el consecuente abandono del rigor fáctico. Esta crítica apunta especialmente a la derecha MAGA, la cual ha instrumentalizado dichas teorías como una táctica para desacoplar la política exterior de EEUU respecto a Israel. Así, el politólogo ha fustigado ideas absurdas, como la tesis de Tucker Carlson sobre la autoría israelí en el asesinato de Kennedy o la afirmación de Candace Owens de que los sobrevivientes del Holocausto eran comunistas infiltrados. La tensión en la izquierda surge, precisamente, cuando Finkelstein denuncia que aceptar estos aliados tácticos implica importar su irracionalidad.
Coincido plenamente con Finkelstein por diversas razones. La primera es que la teoría de la conspiración es una forma de superstición que siempre rinde réditos políticos a la derecha, jamás a la izquierda. Esto aún cuando investigaciones empíricas (aquí, aquí, aquí) indiquen que poblaciones incluidas en ambos espectros del panorama político son igual de sensibles a adoptar las tesis de dichas teorías. Sin embargo, es posible señalar que en las democracias avanzadas la izquierda ha sido en general resistente a su contenido y uso político. Aunque parezca anacrónico señalarlo, la característica definitoria de la izquierda es su compromiso con la racionalidad.
Resulta lógicamente incompatible declararse racional y, simultáneamente, ser antivacunas o creer en cábalas sobre gobiernos mundiales (“los globalistas”) encabezados por George Soros
Las mejores argumentaciones respecto de esta posición se encuentran en el marxismo analítico y el anarquismo comunista. Esta razón es la que permite fundamentar la igualdad humana no en criterios biológicos o morales, sino en la capacidad universal de trabajar; una condición ontológica de la que emanan obligaciones colectivas para con aquellos que no pueden ejercerla. Por ello, la izquierda se opone tanto a las castas elegidas por Dios como a la mera reproducción del capital en linajes familiares. De aquí surge, por ejemplo, la máxima socialista: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. También la máxima anarquista de “la mayor libertad universal posible acompañada con la mayor riqueza universal posible mediante la ayuda mutua”. Bajo estos principios, la distribución racional de los frutos del trabajo busca optimizar los rendimientos socio-tecnológicos —salud, educación, vivienda, etc. En consecuencia, resulta lógicamente incompatible declararse racional y, simultáneamente, ser antivacunas o creer en cábalas sobre gobiernos mundiales (“los globalistas”) encabezados por George Soros.
Asimismo, coincido con Finkelstein en que, desde un punto de vista estrictamente racional, las teorías de la conspiración resultan innecesarias para la crítica política a Israel. Las redes sociales, a pesar de la saturación propagandística de los actores en conflicto, han permitido auditar la política interna israelí con una proximidad inédita, distribuyendo información rigurosa sobre crímenes de guerra y violaciones a los derechos humanos vinculadas a la ocupación de Cisjordania y, fundamentalmente, al genocidio en Gaza. Este punto lo discutí aquí. Recurrir a la conspiración es, por tanto, contraproducente: ese “paquete” argumentativo no solo contiene un profundo antisemitismo, sino que arrastra consigo agendas absolutamente ajenas —y a menudo antagónicas— a cualquier proyecto de izquierda.
Me permito explicar este último punto mediante un ejemplo concreto. Tucker Carlson planteó dos preguntas fundamentales para desmontar la lógica argumental de los defensores de la política israelí. La primera es por qué EEUU debe tratar a Israel como un aliado especial que, a menudo, logra imponer sus intereses por sobre los norteamericanos; el apoyo al genocidio en Gaza o la guerra contra Irán serían ejemplos contundentes de Washington apoyando una agenda ajena contra sus propios intereses. El momento definitorio de esta pregunta se encuentra en la entrevista que Carlson realizó al político republicano Ted Cruz hace casi un año, el cual se autonombra como “el hombre” del lobby israelí en el congreso norteamericano.
Cruz actuó como quien tiene poder pero no legitimidad, siéndole imposible articular una argumentación lógica para defender la tesis de que es un deber tratar a Israel como un aliado especial. La segunda pregunta reside en la significación de la tesis de que Israel posee un derecho inalienable a existir como un Estado etnosupremacista —lo califico así bajo la premisa de que busca mantener una mayoría étnica judía sobre las poblaciones indígenas. ¿Por qué posee Israel ese derecho y es acaso exclusivo de este Estado? Si se responde que emana del indescriptible sufrimiento del Holocausto, el argumento no es universalizable: otros pueblos han sufrido horrores equivalentes sin que se les reconozca el derecho a un Estado etnosupremacista. Si el argumento es teológico —una promesa bíblica sobre la tierra prometida que involucraría a países como Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Iraq, resulta imposible argumentar racionalmente cómo se ejecutaría tal expansión estatal bajo una premisa de supremacía étnica. Nos enfrentaríamos a argumentos del tipo: Dios estaría justificando lo que le sucede al pueblo palestino. Carlson ha empleado esta argumentación en los últimos meses contra el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee; contra la editora del prestigioso medio liberal The Economist, Zanny Minton; o muy recientemente contra la periodista a cargo de Israel y Palestina de TheNew York Times, Lulu Garcia-Navarro. En todos los casos existe la ausencia de una articulación lógicamente coherente para responder a ambas tesis. Al ser Carlson un excelente comunicador, ha logrado explotar competentemente cada una de estas ocasiones más allá de su clásico público Maga.
A primera vista, la argumentación de Carlson parece impecable; no es sencillo contrarrestar su lógica interna cuando se ciñe a la evidencia de la contradicción liberal relativa al etnosupremacismo. Sin embargo, su ataque no se limita a las dimensiones geopolíticas. Carlson avanza una agenda propia que la izquierda debería cuestionar radicalmente. En primer lugar, al sostener sin pruebas que Israel estuvo detrás del asesinato de JFK y/o que fue la mente maestra tras la guerra de Iraq, recurre a una evidencia circunstancial tan débil que constituye un ejemplo de manual del principio de explosión: si se acepta una premisa irracional como base, cualquier conclusión posterior queda validada.
Pero el punto más crítico reside en cómo Carlson instrumentaliza el etnosupremacismo israelí. Con agudeza, señala que los liberales no logran resolver la contradicción de justificar el control poblacional en Israel mientras lo prohíben en EEUU o Europa. Sin embargo, Carlson no disuelve la contradicción exigiendo que Israel abandone dichas políticas, sino apelando a la necesidad de que Occidente las adopte para frenar el gran reemplazo poblacional. De este modo, la crítica al etno-Estado se convierte en una apología de la deportación masiva, sin aclarar jamás sus límites jurídicos o morales.
Mientras la derecha ha demostrado que sabe rentabilizar electoralmente el rumor y la superstición, la izquierda que recurre a las mismas armas solo logra erosionar su propio prestigio epistémico
Tomando la distancia necesaria, es imperativo señalar que el gran reemplazo no es más que una apelación a la teoría conspirativa homónima. Dicha tesis sostiene que los cambios demográficos generados por la migración son una política deliberada de las élites liberales —los globalistas— que buscan sustituir a las poblaciones nativas para consolidar un proyecto de capitalismo global cosmopolita. Las bases fundamentales de la teoría fueron expuestas por el filósofo francés Renaud Camus, siendo rápidamente adoptadas por las derechas radicales europeas. En su versión alemana, el libro de Camus fue publicado por la editorial de extrema derecha Antaios, la cual también publica el plan de remigración del líder del neofascista movimiento identitario austriaco, Martin Sellner.
Concluyo repitiendo la tesis inicial: la derecha emplea las teorías de la conspiración como una táctica dentro de una estrategia política coherente que combina propaganda, superstición y rumor. Es un arma efectiva porque, al presentarse como una verdad oculta, parece carecer de orientación política. Sin embargo, la izquierda que adopta estos marcos no solo traiciona su principio fundamental de racionalidad, sino que cae en un infantilismo estratégico al intentar atacar al enemigo con armas ajenas. Esta deriva debe ser una alarma que invite a la reflexión, especialmente ante la comodificación de las ideas en pantallas interactivas generadoras de dopamina, que erosionan sistemáticamente la capacidad de sostener una argumentación racional.
En definitiva, la izquierda no puede permitirse el lujo de abrazar las teorías de la conspiración sin traicionar su propia naturaleza racional. Pero la literatura empírica nos obliga a una honestidad incómoda: no existe una relación sistemática y universal que vincule la mentalidad conspirativa con una única orientación política. La diferencia relevante no es tanto quién cree, sino qué se hace con esa creencia. Mientras la derecha ha demostrado una y otra vez que sabe rentabilizar electoralmente el rumor y la superstición —convirtiéndolos en movilización, leyes y, en el límite, en violencia— la izquierda que recurre a las mismas armas solo logra erosionar su propio prestigio epistémico. Así pues, la cuestión no es si la izquierda puede caer en la conspiración (puede, como cualquier extremo del espectro), sino si debe hacerlo. Y la respuesta, a la luz de los hechos y de su propia tradición, es un rotundo no. La lección de Finkelstein no es empíricamente incuestionable, pero es estratégicamente inapelable: quien lucha con armas ajenas acaba siempre disparándose a sí mismo.
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