Opinión
No llueven bombas a gusto de todos

La posibilidad de que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se detenga provoca caídas inmediatas en aquellos sectores que se alimentan de los conflictos y la muerte.
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Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol, cuenta sus planes de futuro en un encuentro con Donald Trump en la Casa Blanca

@econocabreado.bsky.social

Coordinador de la sección de economía

15 jun 2026 20:30 | Actualizado: 15 jun 2026 21:52

Hasta en 39 ocasiones había dicho Donald Trump que la paz en Irán estaba muy cerca. Los faroles del presidente, los conocidos como Trump Always Chicken Out (TACO), ya no convencen a los mercados y, en varias de esas ocasiones, los precios del petróleo y el gas ni se inmutaban con los exabruptos del presidente en su propia red social. Pero esta vez parece bastante diferente. La tregua y el documento firmado con la mediación de Pakistán parecen acercar la paz en Oriente medio.

Las mercados han reaccionado de inmediato. El barril de petróleo, tanto el Brent que sirve de medida en Europa como el Texas estadounidense, se han desplomado un 5% hasta los 83 dólares el barril y un 5,7% hasta los 80 dólares respectivamente este lunes. Las bolsas lo han celebrado y la gran mayoría de empresas pintan verde ante el posible acuerdo de paz. Pero no todas. Algunas empresas ganan más con la escasez energética, la inflación, las guerras y la muerte.

Nunca llueve a gusto de todos, dice el refrán. En este caso, lo que no llueve a gusto de todos son las bombas. Las empresas energéticas van a disparar su beneficio un  80%, 68.000 millones de dólares más en este año, y 41 grandes magnates de los combustibles fósiles de los países del G7 han incrementado su riqueza en 23.500 millones de dólares desde que las bombas empezaron a caer, según cálculos de Oxfam. Las mismas empresas y magnates cuyas acciones han caído en bolsa en la apertura de los mercados en el arranque de la semana. La paz no le siente bien a las multinacionales de los combustibles fósiles.

A mitad de tarde, hora peninsular, abrían las bolsas estadounidenses y la escabechina entre las petroleras ha sido generalizada. Exxon se dejaba un 4%, Chevron un 3,8%, Shell caía un 3,6%, Total Energie otro 4,1% y así sucesivamente todas las grandes empresas energéticas se teñían de rojo. No es ningún secreto que muchas de estas grandes empresas energéticas estadounidenses han financiado la campaña electoral que llevó a Trump a la Casa Blanca. El republicano es el candidato de las petroleras.

Que dejen de caer bombas y el petróleo y el gas llegue más barato a las gasolineras y hogares le sienta mal a la empresa de Josu Jon Imaz

No hace falta mirar a los mercados internacionales. En casa tenemos un big player del petróleo y la geopolítica de los combustibles fósiles. Tras la noticia sobre el acuerdo de paz, Repsol se dejaba un 5% en el parqué en la apertura de las bolsas el lunes por la mañana. Que dejen de caer bombas y el petróleo y el gas llegue más barato a las gasolineras y hogares le sienta mal a la empresa de Josu Jon Imaz. Si no muere gente y el comercio de crudo en el estrecho de Ormuz vuelve a su normalidad, Repsol cae en bolsa porque los mercados entienden que no van a poder aprovechar la guerra para ganar más dinero. No creo que Imaz se preocupe mucho, después de todo las acciones siguen por encima de cuando Israel y Estados Unidos lanzaron el primer ataque en territorio iraní a finales de febrero. También están bastante por encima del precio que marcaban a principios de año. Volveremos a esto luego.

Cualquiera que haya leído hasta aquí podrá pensar algo tipo “eso ha sido así toda la vida”. No le faltará razón. En las guerras siempre ha habido ganadores y perdedores, también en el plano empresarial. Pero lo que no es lo mismo que “toda la vida” es el momento geopolítico actual. Nos encontramos en una nueva era donde Estados Unidos ha demostrado que el Derecho Internacional, el multilateralismo y las reglas económicas y políticas que han reglado el planeta en las últimas cinco décadas ya no sirven. En su lugar, hemos entrado en una nueva época de violencia donde presidentes con alma de especuladores inmobiliarios de Manhattan y aires de matón reconfiguran los mapas globales a golpe de ataques con drones e intervenciones en países extranjeros que han sido planeadas mediante herramientas de Inteligencia Artificial.

En esta nueva era, el presidente de Estados Unidos ya no se rodea de expertos en geopolítica y derecho internacional, ni siquiera de altos cargos militares. En este nuevo tiempo la relación entre la Casa Blanca y una pequeña élite empresarial es tan obscena que asusta. Se pudo presenciar cuando en el acto de toma del asiento de presidencia, Trump se rodeó de la élite de Silicon Valley o cuando contrató a Elon Musk para meter la motosierra de los recortes en el presupuesto federal. Casualmente, el CEO de SpaceX recortó presupuesto en la NASA mientras desarrolla sus negocios y contratos públicos en tecnología aeroespacial, de su empresa recientemente salida a bolsa, con la propia administración desde la que hacía los recortes. También hemos visto esa connivencia cuando el presidente arremete con sus amenazas y aranceles a la Unión Europea para defender a aquellos que le financiaron y acompañaron en la toma de posesión del cargo después de que las instituciones europeas sancionaran a tecnológicas como Meta o Twitter.

Pero también lo hemos visto de una forma descarada y obscena con las empresas energéticas hace seis meses. A comienzos de año, el ejército estadounidense entraba en Venezuela y secuestraba a su presidente, Nicolás Maduro, junto a su esposa para llevarlo esposado hasta una cárcel en Nueva York. Las excusas del pasado, aquellas típicas y manidas frases imperialistas de “llevar la democracia” han pasado a un descarada narrativa sobre el control de los recursos naturales. Trump sorprendió alabando a Delcy Rodríguez, número dos de Maduro, despreciando a la oposición y citando más de 25 veces la palabra petróleo en su discurso tras la intervención. La palabra democracia o elecciones no salió ni una sola vez de su boca. A la potencia hegemónica no le importa la democracia, sino los recursos naturales. Ha dejado a toda la estructura chavista menos a la cabeza visible a cambio de que el nuevo gobierno se abra a colaborar con la administración estadounidense y se cortaran lazos con las potencias extranjeras, principalmente China.

Poco después, Trump llamó a una reunión a varias empresas petroleras para repartirse el pastel de las reservas venezolanas. Los juntó en una gran mesa para explicarles que da igual que haya sido una intervención militar ilegal, que las estructuras del chavismo sigan en el mismo lugar y que no hayan elecciones en el horizonte, lo importante es que las grandes empresas privadas iban a poder empezar a explotar el petróleo venezolano. Entre esos magnates del petróleo que acudieron como buitres a repartirse el cuerpo de una vaca en descomposición, se encontraba Josu Jon Imaz. Desde ese día en que las petroleras y Trump se repartieran los recursos venezolanos, semanas antes del ataque a Irán, Repsol empezó su escalada en bolsa.

No se puede permitir que los intereses económicos de unos pocos empresarios y sus accionistas se alineen con líderes genocidas

Esta nueva era en la que los intereses de empresas cada vez más grandes y oligopolísticas con buenas relaciones con presidentes con almas de empresario y a los que les importan muy poco las viajes reglas internacionales, la paz y el multilateralismo, abre un escenario donde la concentración empresarial y de riqueza se posiciona como un verdadero peligro para la paz global. No se puede permitir que los intereses económicos de unos pocos empresarios y sus accionistas se alineen con líderes genocidas que abocan el destino de la convivencia internacional a una secuencia interminable de conflictos armados donde mueren miles y miles de civiles. Hemos visto cómo empresas rusas han sido sancionadas por la guerra en Ucrania, pero no ocurre lo mismo cuando son empresas europeas o estadounidenses las que se reparten el pastel de los recursos naturales de los países atacados o cuando sus acciones se disparan porque los beneficios de la guerra y el estrangulamiento de la economía global infla su cuenta de resultados.

Un mundo que vuelva a buscar la paz y confiar en el multilateralismo no puede permitir que la concentración de riqueza y de recursos necesarios para la vida esté en manos de unas pocas empresas que no tienen ni el más mínimo remordimiento en forrarse con la muerte y la destrucción de conflictos llevados a cabo por gobiernos que se alinean más con los intereses de los empresarios que con los de sus ciudadanos. “¡Me encanta la inflación!”, afirmaba sin ruborizarse Donald Trump en relación a que una escalada en los precios que asfixia a familias y a la mayoría de las ciudadanía acaba engordando las cuentas de resultados de las grandes empresas energéticas en las que él mismo y su entorno invierte dinero.

Existen muchas formas de disminuir esos incentivos que tienen los señores de los combustibles fósiles a que hayan guerras. Uno de ellos, fundamental y necesario, es acelerar la transición energética. Un mayor despliegue de energías renovables nos hace depender menos del petróleo y el gas y, por lo tanto, del chantaje económico de los mercados y de las grandes multinacionales que comparten mesa con los mismos que provocan esas guerras, invaden países y asesinan o secuestran personas para quedarse su petróleo. El contaminante negocio de los combustibles fósiles debe empezar a ser algo del pasado, igual que lo deberían ser las guerras.

Un impuesto que confisque todo lo que ganan las grandes multinacionales mediante las guerras eliminaría los alicientes que tienen para posicionarse a favor de ellas o a apoyar y financiar las campañas de aquellos políticos que tienden a provocarlas

Otra de las medidas que debería ponerse en marcha para eliminar esos incentivos económicos a llevarnos a la guerra e invadir países es recortar los beneficios mal llamados caídos del cielo, porque no caen de ninguna nube, sino que es dinero que sale directamente del bolsillo de los consumidores. De la misma forma que en España se impusieron dos impuestos especiales a los beneficios que obtenían las energéticas por el incremento de los precios del gas tras la invasión rusa en Ucrania y se impuso un gravamen especial al sector bancario sobre los márgenes de beneficios que incrementaban con las subidas de tipos de interés de los bancos centrales para luchar contra la inflación, deberían instaurarse impuestos a los beneficios que les llueven cuando llueven las bombas. Un impuesto que confisque todo lo que ganan las grandes multinacionales mediante las guerras eliminaría los alicientes que tienen para posicionarse a favor de ellas o a apoyar y financiar las campañas de aquellos políticos que tienden a provocarlas saltándose la legislación y el derecho internacional. Sólo eliminando los beneficios empresariales de las guerras se podrá eliminar la influencia de las grandes empresas sobre estas.

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