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Podcast | Campañas o la técnica de los humores
Sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. La política contemporánea se ha convertido en una técnica de los humores. Remontada, estancamiento, ilusión, trackings para desayunar y hypear en la merienda. Monitoreo de los estados de ánimo desde las sedes de los partidos como quien mira cada mañana esa planta que instaló en su patio interior y no sabe si tira hacia el brote verde o se mustia. A ello contribuye mucho la maquinaria mediática de la información continua. Hasta dos secciones en prime time informativo, de entre las que se nos vienen a la cabeza, se han denominado esta temporada así: el Pulso. Porque la actualidad -esa del prime time, del secuestro algorítimico de la atención o la de la euforía bursatil- es precisamente esta ola que no se puede explicar, que tampoco resuena con ninguna otra temporalidad, sino que solo emite señales en presente continuo: pi pi pi.
Conviene subrayar dos cosas. La primera, que no podemos vivir en otro presente que en nuestro presente, así que todas vivimos con un pie (o con la cabeza) sumergido en esa ola-presente continuo. La segunda, que el presente continuo no el único de nuestros presentes -quizás sólo el que se monetiza mejor-. Nos atraviesan otras formas de temporalidad, otras formas de presente: uno que engancha pasados y futuros, continuidades y puntos de quiebre. Presente-bisagra.
¿Y cómo vivimos nuestro presente? De un lado tiempo de campaña, tiempo electoral: como una ola, con sus momentos donde sumamos optimismo y sus ratitos cenizos. Una balanza de pagos de los humores políticos, hasta el punto de que la interacción estándar consiste en identificar las buenas señales, celebrarlas y en animar a les iguales cuando la cosa parece cuesta arriba.
De alguna forma, esta descripción dibuja el campo de juego porque sentimos que la cosa viene ya dada para que las señales de cancelación y de renuncia nos lleguen de forma masiva e inmediata e intuimos, también, que es una prioridad de cualquier compromiso con lo común hablarse de la forma más extensa posible y darle la vuelta a este chorreo de pesimismo.
Por otro lado tiempo-bisagra, ruptura del presente continuo. Es el tiempo de las acampadas y la huelga, de la segunda vuelta en Brasil, de los años de preparación en Serbia o el hackeo al neoliberalismo progresista de los demócratas. Sensaciones de que algo ha cambiado, algo se ha roto: el monopolio del futuro que parecían poseer reaccionarios, fascistas y oligarcas. La apariencia de haber entendido la época de una manera que parecía escapársenos, de moverse en ella a favor de la corriente, ocupando todos los espacios.
Somos capaces de imaginar, al mismo tiempo y sin rendirnos a la tecnocracia, que la política no puede ser solo eso y que tenemos propuestas ambiciosas frente al fin del mundo (quizá las únicas viables si se piensa en serio) que quedan, en cambio, sepultadas bajo el ruido y el quiebre emocional constante de ese vaivén de estados de ánimo. Somos capaces de ocupar el espacio público, contarnos y darnos que somos más. De ocupar y hackear el espacio digital.
En este programa, hemos querido hacernos cargo del momento político y ampliar nuestras conversaciones, pinzados como estamos entre estas dos fuerzas de lo que son y de lo que podrían ser estas semanas. Cuando no hay propuestas, sino un sonoro no se puede o un viejo no hay alternativa, empujar las mejores emociones políticas posibles es imprescindible, pero también hay que encontrar un hueco donde colar esas ideas que producen mundo. Como proponían en Gelatina, al hilo de la victoria de Lula, “no tienen comprado el futuro, así que dejemos de comportarnos como si fuera así”
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