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Podcast | Se me ha metido un poco de fascismo en el cuerpo
Este Pol&Pop, tras nuevos apuntes de actualidad, nos metemos de lleno en El nuevo cuerpo fascista, de la historiadora Dagmar Herzog, publicado este año por levanta fuego, con traducción de C. Pineda Huertas. El libro incorpora además un prólogo y un muy sustancioso epílogo de Alberto Toscano, al hilo de su investigación sobre el presente titulado Fragmentos para una teoría del cuerpo tardofascista.
Ni ayer ni hoy, el asunto el cuerpo ha sido poca cosa. Como escribe Judith Butler en ¿Quién teme al género? (Paidós, 2024), “La vida corporal está ligada a la pasión y el miedo, el hambre y la enfermedad, la vulnerabilidad, la penetrabilidad, la relacionalidad, la sexualidad y la violencia [...] un lugar donde se condensan las ansiedades sexuales, donde se alojan las normas sociales [...] todas las luchas sexuales y sociales en la vida encuentran precisamente ahí su ubicación y su acicate”. Las conferencias de Herzog que recoge este volumen ponen en conexión dos asuntos que fueron claves en la práctica del nazismo y sobre las que la extrema derecha alemana ha vuelto a mostrar un interés inesperado: 1) la combinación racismo-sexualidad, no solo como ansiedad sino como una importante carga libidinal. 2) la hostilidad obsesiva con la discapacidad y una fijación retórica en la inteligencia y su “medición” a través del coeficiente intelectual.
Por una parte racismo sexy: la incorporación de una enorme carga libidinal al racismo. Lo que supone y subraya que estos discursos y políticas son capaces de movilizar afectos negativos, como el miedo o la repulsa, pero también afectos morbosos y capaces de producir distintas formas de goce en el ejercicio de la dominación racista; que además cabe articular con una propuesta ambivalente, de incitación y represión, sobre la sexualidad hegemónica. Esto es, una incitacióna transgredir los valores tradicionales de limitación de la sexualidad al campo matrimonial, con el consiguiente vínculo emocional entre el Estado permisor y el sujeto privilegiado transgresor; al tiempo que se restringe la vida sexo afectiva de comunidades no-heterosexuales y/o no-blancas.
Por otra parte, una intensa hostilidad hacia las personas con discapacidad, acusadas de ser el enemigo interno y la razón de todos los males de la nación alemana, desde la pérdida de la Guerra Mundial ayer hasta el estancamiento de su productividad hoy, con especial interés por la jerarquización y segregación de las poblaciones más jóvenes en función de las herramientas de “medición” de su inteligencia y en la relación entre discapacidad y falta. Es aquí particularmente significativa la evolución de esta noción de falta, desde sus marcos genéticos -transmitir una carga que deteriora la raza- a sus lecturas asutericidas. Como señala Mehmet Oz, antigua estrella de la televisión, ahora al frente del Medicare y Medicaid en Estados Unidos: “Creo que es nuestro deber patriótico estar sanos. Primero porque uno se siente muchísimo mejor […]., pero es que además cuesta muy caro atender a gente enferma que lo está por culpa de sus propias decisiones vitales”.
Ligar la discapacidad a la falta, convertirla en culpable de sí misma y ampliar el umbral de la imputabilidad hasta incluir a todas las personas que no optimizan su cuerpo como una máquina para la supervivencia en tiempos hostiles es un hilo que Herzog y Toscano ven emerger entonces y ahora. Lo propio del fascismo, señalan, no es solo un tratamiento cruel de los vulnerables, sino una interpretación extensiva de quiénes son las poblaciones excedentarias, que implica su producción misma, y el giro gozoso cuando se hace valer de forma cruel la desigualdad contra ellas. Es esta vieja sensibilidad fascista la que, sin perjuicio de sus formas institucionales duras, debería ocuparnos también hoy.
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