Desahucio Adolfo PAH Vallekas - 2
Varias personas celebran la noticia de la suspensión de un desahucio en Vallecas. Diana Moreno

Me imagino al primero. Un primate abrió los brazos como alas de murciélago, se acercó al segundo primate, calculó su envergadura y le envolvió como para protegerle del frío o de la individualidad. ¿Así nació el abrazo? Imagino que una riada de pruebas y errores llevaría al segundo primate a imitarle. Algo me atrae mucho de ese encaje casi perfecto que es el abrazo. Sabemos que los simios lo practican desde hace millones de años como uno de los frenos para la agresión: cuando ofreces la parte más vulnerable del cuerpo, aquella que alberga los órganos vitales, la furia del otro se aplaca. El abrazo ha acompañado al ser humano en un camino en el que hemos perdido el vello, mudado de depredadores, asumido nuevos peligros y cultos, resignificado cada gesto, pero el abrazo permaneció.

¿Por qué seguimos practicándolo? Nuestros brazos poseen una memoria acumulada, la coreografía perfecta, el instinto predador de afectos. Solo el miedo a la muerte consiguió que abandonáramos esta práctica y, aun así, nuestro instinto se abrió paso: ahí están, para probarlo, esas fotografías de los abrazos de la pandemia, en las que varias personas se abrazan en lucha contra el plástico transparente que se interpone. Un abrazo es un vestigio evolutivo de una especie (la nuestra) capaz de morir de soledad.

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El encuentro de dos cuerpos tiene algo de magia. Un instante antes, alguien le pide a otro que le quiera, o le informa de que ha aprobado un examen, o de la muerte de un ser querido, o se produce una victoria deportiva; un instante antes dos personas sobreviven juntos a un naufragio o descubren una feliz coincidencia del pasado, y, zas, nace el abrazo. Duración y presión variables, saltos, lágrimas, besos, risas: todo son hermosos complementos. 

Abrazamos, y una barrera se rompe. Abrazamos y somos capaces de unir dos piezas, vincular nuestras arterias y fluidos, enredar las narrativas, argumentos y desacuerdos

Aunque el cine encumbró a los besos como el momento del clímax, yo me quedo con los abrazos, más democráticos, la expresión de afecto fuera de las relaciones románticas. Me parecen una novela a medio escribir, in medias res, con pasado y futuro, capaz de señalar la profundidad temporal de una amistad o un amor. Pero también pueden darse entre desconocidos, y esos me desconciertan; pueden señalar el inicio de una victoria o una tragedia: un cuerpo que se agarra a otro para no caer al vacío. Abrazamos, y una barrera se rompe. Abrazamos y somos capaces de unir dos piezas, vincular nuestras arterias y fluidos, enredar las narrativas, argumentos y desacuerdos.

Pienso en los abrazos que he dado al final de una etapa vital o de una estación de tren, epílogos de personas que estuvieron en mi vida, y también en aquellos que quedaron sin darse y que forman un gran cementerio de afectos: abrazos abortados por culpa de la distancia, el temor o, mucho más terrible, con el cuerpo de la otra persona a apenas unos centímetros del mío, hablándome en un idioma que no entendí, pidiéndome un abrazo que nunca fue.

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Dos mujeres se abrazan en una fiesta de un centro social. Diana Moreno

Quizá por todo eso, me gusta coleccionarlos. Suelo buscarlos con mi cámara. Sucede que un grupo de personas se reúne, surge entre la multitud un abrazo espontáneo, este atrae mi atención y, clic, se convierte en el centro de la composición. Más tarde, cuando miro la imagen congelada, suelen conmoverme algunos detalles: la postura de los dedos sobre el otro cuerpo, los ojos cerrados, una mejilla que se apoya en un hombro. ¿Esas dos personas han ganado, han perdido? ¿Se conocen desde hace décadas o hace apenas unos minutos? ¿Comparten tragedia, o celebran algo juntos? Un abrazo significa una cosa u otra según lo que ocurra alrededor; el que se da en una fiesta está en las antípodas del que se da en un entierro.

Los abrazos son una unidad de medida de cuánto de humano es un lugar

Lo comprobé bien el pasado mes de junio, cuando Adolfo y su familia, vecinos del barrio de Vallecas, sufrieron un intento de desahucio que fue paralizado por la presión social. Instantes después de la noticia de que el desalojo se aplazaba una semana, fotografié varios abrazos, similares en formato y postura a aquellos que se produjeron siete días más tarde, cuando el desahucio fue finalmente ejecutado. Parecidos, pero antagónicos.

Los abrazos son una unidad de medida de cuánto de humano es un lugar. Hay entornos que los fomentan, como ciertas tierras y climas dejan crecer uno u otro tipo de planta; otros, dificultan el brote. No solemos abrazarnos en un trabajo competitivo o en un sistema donde la precariedad nos obliga a mirar al otro como un estorbo. Ese primer primate que abrió los brazos los cerraría, quizá, si tuviera que luchar por el acceso a una vivienda, a servicios básicos, a una beca o una ayuda, a un alquiler social. Quién sabe. Supongo que una sociedad desigual transforma nuestras relaciones, hace que los cuerpos se esquiven en lugar de dialogar y buscarse.

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Dos personas se abrazan durante una manifestación por el derecho a la vivienda el 5 de abril de 2025. Diana Moreno

Por eso, procuro buscar los lugares de resistencias que, pese a todo, permiten que arraigue el vínculo y el tacto. Hablo de centros sociales, asambleas de vivienda, encuentros contra las fronteras o individuos que salen de la inmunidad para detener un desahucio o sostener un derecho que peligra. A veces esos escenarios son pedazos en los márgenes de la ciudad donde logramos encontrarnos, fortalecer nuestras redes, tan rotas, y acercar nuestros cuerpos, tan alejados. Yo los visito, espero el choque entre esos cuerpos e intento atrapar el destello.

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