Religión
Marina Pereda: “La literatura llega a lugares donde no llegan ni el periodismo ni los abogados”
La Obra (Aguilar - Random House, 2026), de Marina Pereda, relata el paso de la autora por el Opus Dei. Al mismo tiempo, es también una novela de formación, una reflexión sobre la construcción de la identidad y sobre las ficciones que sostienen una vida. Tras participar en el documental El minuto heroico, de Mònica Terribas, la escritora y exagregada de la organización sectaria ha optado por la literatura. “Quería escribir un libro interesante por sí mismo”, explica.
Teatro, máscaras y negación
Y hacerlo, además, desde un lugar inesperado: el humor. Pereda reconoce que ese tono constituía una apuesta arriesgada. “Había gente que me decía: ‘No quiero volver a esa experiencia, no quiero removerla’, pero el tono les ha permitido entrar en ella sin sufrir tanto”, afirma. Para Pereda, esa decisión respondía a una convicción profunda: “La literatura llega a lugares donde no llegan ni el periodismo, ni los abogados, ni siquiera las preguntas de un juez”. Más allá del contenido, la forma era fundamental. Mucho antes de que La Obra llegase a las librerías, Marina Pereda ya había comenzado a explorar su experiencia a través del teatro.
Con una pieza homónima, estrenada en Madrid en 2021 a partir de sus diarios, planteaba ya las preguntas que atraviesan el libro: la memoria, la identidad y la dificultad de construir un relato propio. La autora reconoce que “el teatro es la forma en que veo el mundo”. La teatralidad atraviesa todo el libro: la Obra (el Opus Dei), las máscaras, los papeles que se representan, la identificación con un personaje. Y esa mirada le permite comprender también las dinámicas del poder.
“Hacen que te saltes la adolescencia completamente y es algo que nunca vuelve (...) Es el daño más profundo”
En lo que respecta a las respuestas institucionales del Opus Dei a la salida del libro, Pereda todavía se sorprende por la capacidad de la organización para negar la experiencia ajena. Recuerda una reseña negativa sobre La Obra en la que se advertía al lector de que no debía “dejarse arrastrar por la empatía”. La frase la impresionó profundamente. “Resume muy bien una determinada mentalidad. Esa aparente amabilidad y empatía del Opus Dei sólo es válida con los nuestros”, afirma.
Una infancia suspendida
Aunque existen otros testimonios de antiguos miembros del Opus Dei, Pereda subraya que el suyo es el primero escrito desde la perspectiva de una mujer que ha nacido en una familia ya vinculada a la organización. “Todos los demás cuentan cómo entraron y cómo salieron. Mi historia empieza antes”, señala. La escritora cree que una de las consecuencias más profundas de crecer bajo esa influencia es la dificultad para atravesar la adolescencia. “Hacen que te saltes la adolescencia completamente y es algo que nunca vuelve”, afirma. Por un lado, existe una cierta infantilización, una voluntad de preservar “el buen niño o la buena niña, que obedece, saca buenas notas y se adapta”.
Sin embargo, se depositan sobre ellos (sobre todo, sobre ellas) responsabilidades impropias de su edad. “Se nos decía mucho eso de que éramos muy maduras. Pero ser muy madura significa asumir trabajos y responsabilidades de adultos, especialmente cuando se trata de niñas”, subraya. El resultado es una paradoja: niños infantilizados y adultas prematuras. “Es el daño más profundo”, sostiene.
La vocación como estrategia
Una de las palabras centrales del libro es “vocación”. Pereda reconoce que en un contexto católico resulta difícil cuestionarla. “La vocación tiene un peso muy fuerte. Parece algo íntimo, especial, casi sagrado”, afirma. Sin embargo, esa idea se opone a la realidad de las campañas de captación y de los objetivos numéricos que existen dentro de la organización católica. “Cuando tienes campañas de vocaciones y hay que conseguir quinientas vocaciones al año, eso ya va contra la propia idea de una ‘llamada’”, sostiene. A su juicio, “la vocación es una estrategia. Es la palabra que lo justifica todo”. Y añade: “Hoy, hablar de vocación en el Opus Dei me parece una farsa absoluta”.
Su experiencia en Filipinas le permitió observar, además, cómo las diferentes formas de pertenencia están atravesadas por factores sociales y económicos. Allí comprobó que prácticamente todas las mujeres eran numerarias auxiliares, las encargadas del trabajo doméstico. Pereda recuerda que mucha gente ni siquiera sabe que existe esta red de mujeres que limpian, cocinan y sostienen la vida cotidiana de los centros del Opus Dei. La imagen pública de la institución sigue siendo la de las familias numerosas y bien posicionadas socialmente, mientras que las numerarias auxiliares —las que proceden de extracción social más humilde— apenas comenzaron a ser conocidas por el gran público tras el documental El minuto heroico.
El pacto social alrededor del Opus Dei
Cuando sugiero que no es lo mismo pertenecer al Opus Dei que hacerlo, por ejemplo, a los testigos de Jehová, por el prestigio asociado a la Universidad de Navarra y por la imagen de éxito asociada a sus redes de influencia, la autora responde sin ambages: “Un testigo de Jehová que llama a tu puerta con una revista es mucho más honesto”, defiende con matices. Cuando la amistad o las relaciones personales se ponen al servicio de una finalidad apostólica, sostiene, “las relaciones quedan viciadas por el proselitismo”. Esa normalidad amable, esa capacidad de presentarse como una opción respetable y deseable, es para ella una de las razones por las que resulta más difícil identificar los mecanismos de control del Opus Dei. Porque “todos tenemos una especie de pacto social con el Opus Dei”, sostiene.
“La represión está en todos los niveles. Cuando no puedes imaginar ciertas cosas, ni reírte, ni parodiar, ni cuestionar, toda tu creatividad acaba al servicio de un sistema”
El pacto favorece que determinadas prácticas se acepten simplemente porque proceden de una institución históricamente ligada al poder. “Se acepta que tengan colegios segregados por sexos porque son del Opus Dei”, sostiene. Pereda insiste en que la singularidad de la organización no reside tanto en sus mecanismos internos, comunes a otros grupos coercitivos, como en la tolerancia y los privilegios acumulados durante décadas dada su participación en la configuración de las élites económicas, políticas y, en parte, académicas españolas. “Todo ello ha contribuido a normalizar su presencia y a rodearla de un aura de respetabilidad”, confirma.
La cultura como salvación
Por otra parte, tras la apariencia de éxito y normalidad, Pereda asegura haber encontrado una cultura profundamente restrictiva. “Cuando rascas, ves personas con muchos miedos: miedo al sexo, miedo a la verdad, una incapacidad para sostener debates o relaciones sanas”. La represión, añade, alcanza la imaginación y la creatividad porque “no puedes leer ciertos libros, ver ciertas películas o pensar determinadas cosas sin pedir permiso”. A su juicio, muchas carreras artísticas frustradas se explican por ese control. “La represión está en todos los niveles. Cuando no puedes imaginar ciertas cosas, ni reírte, ni parodiar, ni cuestionar, toda tu creatividad acaba al servicio de un sistema”, afirma.
Cuando se le pregunta qué le permitió salir, Pereda responde sin dudar: las personas, pero también el arte. Los musicales, el teatro, la literatura y el cine fueron, para ella, formas de resistencia. “Menos mal que estaban ahí”, afirma. Porque las manifestaciones artísticas permiten ponerse en el lugar de otros y cuestionar los propios límites. “La literatura nos permite entender historias de las que podemos estar muy alejados, porque deja que nos arrastremos por la empatía, precisamente”.
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