Opinión
Simplemente, 'Digger'
Si la semana pasada escribíamos a propósito de la fantasía guerracivilista de Los Javis, La bola negra, que los espejismos de autoría cifrados en las ambiciones descontroladas, el fetichismo iconográfico y la hiperinflación expresiva de las imágenes no tenían más remedio que precipitar en un descarrilamiento, otro tanto cabe decir del octavo largometraje del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu.
Los Javis e Iñárritu han forjado sus universos creativos, por supuesto, en coordenadas muy diferentes, por no decir antitéticas: las obras de los primeros representan esa figuración post-pop, metamoderna, que la investigadora Danielle Cruz ha vinculado con “un pastiche entre lo cool y lo kitsch, tanto más cool cuanto más kitsch, donde lo importante es el impacto, el glamour, (a fin de) conseguir ciertas reacciones emocionales”.
Iñárritu, por el contrario, se ve a sí mismo como un pensador en imágenes, un apasionado de la condición humana, aunque la impostura trasnochada de modernidad característica de sus primeras películas —de Amores perros (2001) a Biutiful (2010)—, que transmitía su creencia inicial, como nos explicaba en entrevista publicada hace cuatro años por Sofilm, en “una forma de realismo capaz de capturar la cotidianidad de personajes en observación, mi empeño en atrapar una verdad inmediata en la pantalla que abarcaba también el comentario social”, mutó a partir de El renacido (2015) en una aproximación al cine mucho más relativista.
Iñárritu, nos contaba, había decidido primar una subjetividad en los personajes, y en su propia posición como autor, traducida en espectáculos barrocos como Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) (2014) y Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022); películas que debían entenderse a modo de “reacciones fóbicas por mi parte al realismo, hasta llegar al punto de la caricatura (...) el cine como ilusión con el potencial para transformar nuestra percepción de la realidad (...) mediante imágenes susceptibles de adentrarnos en territorios desconocidos, abiertas a la interpretación y el debate”.
Si el cine puede aspirar a una verdad, cree ahora Iñárritu, es merced a una concepción del espectáculo con la habilidad, al mismo tiempo, de invocar la trascendencia y el 'sense of wonder'
El director ha pasado a combinar así una forma fuerte de autoría, al ejercer como demiurgo gracias a cuyo virtuosismo —exacerbado por las tecnologías de filmación más avanzadas— el espectador tiene la oportunidad de acceder a dimensiones más complejas de sí mismo, con una (auto)crítica a las pretensiones y la impotencia última de los agentes culturales ante un presente que ya solo acepta la ficción si se adapta a los fuegos artificiales, a las fantasías de cada cual.
Si el cine puede aspirar a una verdad, cree ahora Iñárritu, es merced a una concepción del espectáculo con la habilidad, al mismo tiempo, de invocar la trascendencia y el sense of wonder y de delatar su condición de trampantojo, de espectáculo sujeto a las expectativas y necesidades de la demagogia. Digger,, una de sus películas más caras y ambiciosas, sigue esa estela, hasta el punto de poder ser considerada un sueño dentro de otro sueño o, desde otro punto de vista, la gran película de ciencia ficción del año, una fabulación especulativa en la línea de las imaginadas por Philip K. Dick o John Brunner..
Cuando empieza la película, creemos hallarnos ante una historia burlesca articulada desde las sensibilidades presentes y ambientada en un futuro próximo: un magnate del petróleo, Digger Rockwell (Tom Cruise), una catástrofe medioambiental derivada de su falta de escrúpulos, y un fin del mundo marcado por la inoperancia y el egoísmo de los oligarcas y las autoridades con el poder y la responsabilidad moral de evitarla. Pero, en cierto momento, se levanta un telón que cambia por completo nuestra perspectiva y nos obliga a interpretar el grueso de Digger como representación satírica —quizá, no del todo pertinente— sobre nuestros tiempos, puesta en escena en un mañana postapocalíptico. De ahí en las peripecias de Digger Rockwell la textura lechosa de la fotografía, la ornamentación excesiva de los escenarios, los efectos estridentes de sonido, la fealdad en la caracterización de los personajes.
Iñárritu plantea por tanto un laberinto representativo, en el cual no son tan importantes las cuestiones que se tratan como la lectura que se hace de las mismas según el período en que transcurre la acción. Es su mirada demiúrgica la que unifica el relato, bajo el signo de una mezcla entre la veracidad histórica y su mixtificación, entre la importancia objetiva de una catástrofe y nuestra tendencia a filtrar los hechos de acuerdo con nuestros anhelos y conveniencias. Es aquí donde la interpretación de la superestrella Tom Cruise, para quien Iñárritu ha confeccionado una suerte de Birdman de cara al Oscar al mejor actor, adquiere todo su sentido.
Cuando Cruise es Digger Rockwell, encarna todo aquello que nos repele a nivel económico y social pero sin lo cual no podríamos sostener nuestro estilo de vida, como pone de manifiesto la escena más memorable de la película: ese discurso chulesco —y sincero— de Digger frente a políticos pagados de su indignación moral, donde el actor da la medida de su talento para la interpretación física, amén de hablar a través del personaje de su carrera como actor, marcada por el divertimento a costa de las cualidades dramáticas, más respetables. En cambio, cuando Cruise es el actor Curtis Markson, inseguro y con tendencia a la proyección psicótica en el pasado y en Digger, cuando la película se pregunta “¿a quién pertenece la historia, a quien la vive o a quien la escribe?” (Emmanuel Carrère), su interpretación resulta discutible y la ficción hace aguas.
Es decir, el sujeto y la época ridiculizados tienen más interés, incluso para Iñárritu y Cruise, que el sujeto y la época que arremeten contra ellos, y ahí radica el error fatal de estrella y director. Establecer una distancia satírica en Digger, tratar de hacer de ella la Teléfono rojo: volamos hacia Moscú (1964) del siglo XXI, cuando lo que se contrapone a Digger Rockwell y su mundo es igual o peor en términos de (im)potencia, no ha resultado la mejor de las estrategias. Es el motivo de que la sátira en la película sea, como bien ha señalado el crítico Bilge Ebiri, “una tortura, un ejercicio de autosabotaje”; una sucesión de minutos poco divertidos y nada significativos. Más si tenemos en cuenta que dicha sátira se debe a creadores que viven a la sombra del desastre y, años después, solo saben hacer sangre con un pasado que continúa dictando cada uno de sus actos. En el equilibrio precario del cine último de Iñárritu entre su defensa del potencial transformador del acto creativo y la revelación de que todo es un mal chiste, un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, Digger se inclina hasta naufragar hacia el segundo aspecto.
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