Opinión
‘Cumbres borrascosas’, de Emerald Fennell, entre el gótico y la novela rosa
La crítica y la cinefilia de hoy tienden a complicarse la vida. Muchas veces, por carecer del bagaje intelectual necesario para afrontar las películas, lo que siempre lleva a sobreactuar. Puede que por la necesidad de sobresalir en un océano de opiniones, o por la ansiedad que genera estar a la altura de los discursos sólidos o líquidos, en demasiadas ocasiones gaseosos, que han invadido y desvirtuado por completo la escena cultural en los últimos años. O, y aquí cabe extender la responsabilidad a los creadores, porque existe un pánico generalizado a mirar de frente, con la prudencia justa, asuntos tan básicos como los tratados en Cumbres borrascosas, y se prefiere abordarlos desde la barrera, desde la seguridad que procuran la palabrería, la profilaxis, los prejuicios.
En el caso del tercer largometraje de la guionista y directora británica Emerald Fennell, la distancia entre lo que ofrecen sus imágenes y las lecturas y los debates que está propiciando resulta especialmente llamativa. Se multiplican estos días los textos en torno a la pertinencia de Cumbres borrascosas como adaptación de la novela homónima de Emily Brontë, acerca de su inquietud mayor o menor hacia las cuestiones de clase, ¿raza? y género implícitas en el relato, sobre lo que cabe esperar en 2026 de un romance apasionado en tanto codificación ideológica y cultural… La respuesta de Emerald Fennell en pantalla es concisa: le trae sin cuidado. Todo lo que pueda pensarse u objetarse de su película le afecta entre cero y nada.
A los diez minutos de empezada Cumbres borrascosas, queda claro que el referente de Fennell no es la novela de Brontë, sino las infinitas variaciones, combinaciones y permutaciones de que ha sido objeto por parte del cine, y las ensoñaciones que las mismas han suscitado en las mentes inflamables de generaciones sucesivas de espectadoras y espectadores. Siguiendo con paso firme la estela de la mayoría de las adaptaciones previas —pensamos especialmente en las de William Wyler, Luis Buñuel, Jacques Rivette y Andrea Arnold—, Cumbres borrascosas hace caso omiso de todo lo que ocurre a la segunda generación de protagonistas, lo que sin duda menoscaba las reflexiones de Emily Brontë sobre la maldad y sus vínculos con el desorden amoroso, así como sobre los efectos devastadores que provocan los abusos emocionales generación tras generación.
La película reduce aún más de lo habitual la panorámica sobre el paisaje y el paisanaje imaginado por Brontë, de modo que lo único importante son el encuentro en la niñez y los desencuentros en la edad adulta de Catherine y Heathcliff
Fennell se centra, como sus antecesores, en el vínculo más grande que la vida, abocado a la muerte, que establecen entre los siglos XVIII y XIX en los páramos norteños de Inglaterra Catherine (Margot Robbie) y Heathcliff (Jacob Elordi), almas gemelas pero condenadas a no entenderse, víctimas de sucesivos malentendidos y rencores en los que juegan por supuesto un papel esencial las servidumbres de los hombres y las mujeres excluidos del orden socioeconómico coetáneo. Si algo se puede decir para empezar de la película es que reduce aún más de lo habitual la panorámica sobre el paisaje y el paisanaje imaginado por Brontë, de modo que lo único importante son el encuentro en la niñez y los desencuentros en la edad adulta de Catherine y Heathcliff, que se llevan por delante el pudor, la moral y la relación de ambos con un mundo cuyas injusticias quedan expuestas sin necesidad de subrayados, con naturalidad.
A diferencia de tantas películas y series televisivas actuales, Fennell confía en la inteligencia del público, no impone a la historia peajes enunciativos. Deja, por así decirlo, a Heathcliff y Catherine la libertad para que se ahorquen con la soga del deseo disfuncional que sienten el uno por el otro y su turbiedad como personas, y para que quien los contempla saque sus propias conclusiones. Nos hallamos a años luz, por tanto, de los dos largometrajes previos de la directora, Una joven prometedora (2020) y Saltburn (2023), donde se creía por encima de los materiales que trabajaba —el rape & revenge, Patricia Highsmith—, y se estrellaba. Por el contrario, Fennell se sitúa en Cumbres borrascosas, quién sabe si por convicción o porque necesitaba un éxito comercial incontestable, bajo la protección de fórmulas tasadas durante décadas a partir de la novela de Emily Brontë, y desde esa posición de humildad acierta a emprender el vuelo.
En este aspecto, el comentario más elocuente que aporta Fennell al universo Cumbres borrascosas es, como siempre debería ocurrir, audiovisual. El romanticismo desaforado que ponen en práctica los protagonistas, no exento de humor, adapta Lo que el viento se llevó (1939) a la generación Euphoria y el usuario de TikTok, amén de incidir, como escribíamos la semana pasada a propósito de Primate, en el regreso tumultuoso de paradigmas de la ficción —aquí las cualidades antisistema y la sensualidad del amor heterosexual— desterrados durante años del cine comercial. En paralelo, Fennell orquesta, con la ayuda fundamental del director de fotografía Linus Sandgren y el compositor Anthony Willis, un ejercicio de cine de época extemporáneo pero curiosamente armonioso, que fusiona lo naturalista y el expresionismo. Fennell recoge el testigo al tiempo del melodrama clásico de Hollywood y tendencias estéticas propias de Vogue.
Este sincretismo de trazo grueso, cargado de simbología adolescente, trasciende lo ornamental para abrazar lo performativo —véanse las referencias a polichinelas, peleles y casa de muñecas, o esos interiores amueblados e iluminados como decorados—, como ya pasaba en las realizaciones previas de Fennell. Esta tiene la lucidez suficiente como para saber que no podía plasmar sentimientos de naturaleza incontrolable, situados más allá del bien y del mal, ni aportar otra película al acervo Cumbres borrascosas, como si nadie hubiera tratado, y problematizado, ambos aspectos antes. Uno y otro se imbrican en constructos culturales y políticos muy complejos, en perpetua evolución, y Fennell, de nuevo, lo señala sin afectación. Cumbres borrascosas, en definitiva, no necesita de exégetas para explicarse.
Aunque no hay nada de revolucionario en la película, se aprecia en ella un pensamiento riguroso en torno a su materialización formal
Pero la puesta en escena no se agota en esa toma de conciencia. Cumbres borrascosas abunda a lo largo de todo el metraje en asociaciones y resonancias, en primeros planos tan significativos como deslumbrantes —Robbie y Elordi son estrellas de cine— y efectos de montaje fructíferos. Aunque no hay nada de revolucionario en la película, se aprecia en ella un pensamiento riguroso en torno a su materialización formal. Eso redunda en la fluidez de la narración y, además, en que los personajes sean de carne y hueso, no simples marionetas en manos de Fennell o una determinada tradición representativa. Los primeros compases de la película, por poner un solo ejemplo, unen eros y thanatos para dar cuenta del espíritu de la época y su influjo en la psique de Catherine, pero incluyen por añadidura un apunte cruel —capucha y, más tarde, sudario mediante— que transforma la mirada curiosa de una niña al pene enhiesto de un ahorcado en un anticipo del destino que la aguarda. La provocación en Cumbres borrascosas no tiene nada que ver con la mayor o menor superficie de carne exhibida por Elordi y Robbie mientras retozan en carruajes y graneros, sino con el torrente de “te quiero” que escapa de los labios de ambos sin mesura, sin sentido del ridículo, sin miedo a lo que pueda pensar 2026, como preludio a otro sentimiento asimismo difícil de interpretar desde la barrera: “Estamos condenados”.
Cumbres borrascosas es, como puede apreciarse, una película realizada por Emerald Fennell a tumba abierta; una novela rosa y carmesí donde expone, como una clitoria abierta de par en par, sus talentos y sus limitaciones. Para un disfrute mayor de sus imágenes, recomendamos seguir la pista al aluvión de películas en sintonía con ella que, a cargo de directores como Robert Eggers, Leigh Whannell, Emilie Blichfeldt, Guillermo Del Toro, Luc Besson, Lee Cronin o Maggie Gyllenhaal, están tomando el pulso a nuestro convulso presente a través de una revisión muy estimulante de los imaginarios góticos y románticos, de los monstruos literales o alegóricos que anidaron en los individuos y las sociedades durante un periodo histórico sujeto, como el nuestro, a transformaciones profundas.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!