Opinión
‘El drama’: así es (si así os parece)

Zendaya y Robert Pattinson encarnan a una pareja cuyo proyecto de boda se ve amenazado en la tercera película del director noruego Kristoffer Borgli, que reincide en sus inquietudes sobre la identidad en tiempos de transparencia y autocensura.
El Drama Película
Fotograma de ‘El Drama’ (2026) película dirigida por Kristoffer Borgli.

Resulta difícil no pensar en Luigi Pirandello viendo el tercer largometraje del guionista y realizador Kristoffer Borgli, centrado en una pareja —Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson)— a punto de celebrar su matrimonio. El evento se verá puesto en entredicho por el descubrimiento accidental de un suceso en la adolescencia de Emma capaz de alterar radicalmente la opinión que tienen de ella sus conocidos, empezando por Charlie. En la dramaturgia de Pirandello, los personajes acaban por adquirir conciencia de ser ilusorios, de formar parte de una representación. En El drama, Emma y Charlie habrán de pasar un calvario hasta comprender que en nuestro mundo toda identidad ha sido devorada por la lógica de la representación en la esfera pública. Las relaciones sentimentales, la familia, nuestros desempeños laborales, han pasado a ser dispositivos performativos bajo el signo de un estado parapolicial, un panóptico generalizado: todos somos víctimas y verdugos potenciales de los demás y de nosotros mismos, en virtud del postureo ético que nos creemos obligados a simular a diario.

El director noruego ya se había interesado por el tema, que gusta de tratar en clave de sátira de humor incómodo y ánimo políticamente incorrecto, en sus numerosos cortometrajes y sus tres largos previos: DRIB (2017), ¿falso? documental sobre la autoexplotación en tiempos de viralidad y capitalismo funeral; Sick of Myself (2022), en torno a una joven que simula una enfermedad para abrirse paso en la sociedad de Oslo; y Dream Scenario (2023), quizá su mejor película hasta la fecha, acerca de un profesor universitario que se cuela sin pretenderlo en los sueños de desconocidos, lo cual se le hará pagar caro. Borgli ha calado muy bien la incapacidad de las sociedades contemporáneas para lidiar con los pensamientos intrusivos, las emociones sin etiquetar, el inconsciente. Si las pulsiones del individuo no pueden ser sometidas a una codificación en términos de conducta tasada y consumo razonable, se democratiza el vigilar y castigar de Foucault. El único modo de evitar la ejecución pública es transfigurar la experiencia íntima en función de la imagen que nos interese proyectar: la mercantilización del trauma como vía de legitimación social.

Así, de manera más o menos oportunista, quienes rodean a Emma en El drama confunden intención, sucesos y la representación de uno y otro aspecto a fin de tener vía libre para juzgar a la joven, ocultar sus propias miserias y afianzar su cuota de poder en el escenario social. Hasta el vínculo romántico entre Emma y Charlie es deudor de una farsa compartida, un acuerdo tácito en torno a quiénes han decidido ser el uno para el otro. Lo revelador es que, cuando su función amorosa echa el telón, no sale a la luz ninguna catarsis pirandelliana, la conciencia tragicómica de una identidad arbitraria, volátil: hace acto de aparición el vacío más absoluto. Los conflictos identitarios auténticos, los derivados —como se escucha en la obra más celebrada de Pirandello, Seis personajes en busca de autor (1921)— de saber que “cada uno de nosotros se viste de dignidad ante los demás, pero conoce muy bien lo que de inconfesable acaece en su ser”, son un lujo que no podemos permitirnos en el siglo XXI.

En este sentido, El drama baraja dos ideas perversas. La primera es que el secreto confesado por Emma de buena fe no es un hecho, sino un pensamiento. La joven es culpable por tanto de un crimental, en palabras de George Orwell, mucho más grave que una actividad material por cuanto, como hemos apuntado, esta es susceptible de manipulación por uno mismo o por quienes le rodean, según sople el viento de las conveniencias en cada momento; el crimen del pensamiento, en cambio, al permanecer en el reducto infranqueable de la mente, es mucho más peligroso para la estabilidad del colectivo, sobre todo cuando es tan delicado como el que hechizó a Emma durante unas semanas. La segunda idea venenosa de la película deriva de la anterior: Emma no llevó a cabo lo que pensaba, pero a consecuencia de ello quedó sorda de un oído. Esa sordera parcial se revelará hasta cierto punto un escudo contra la normalidad que atentó contra ella en el pasado y vuelve a intentarlo en el presente, sin ir más lejos a través de Charlie, el enésimo agente cultural que el cine de hoy pinta como un farsante, cuando no un agresor.

Borgli revalida su condición de analista brillante de las neurosis surgidas al calor de la sobreexposición pública y la validación ajena, de la empatía como estrategia que solo se aplica si el objeto de la misma se adapta a los guiones sociales preestablecidos

Borgli concluye que la inquina desatada contra Emma tiene razón de ser: quienes la rodean son culpables y, por tanto, harán lo posible y lo imposible para erradicarla de la vida social. Una idea que se deduce también de otros títulos recientes sobre mujeres desequilibradas en entornos —léase como sarcasmo— perfectamente equilibrados, como Die My Love (2025) y La cronología del agua (2025). Borgli, por tanto, revalida su condición de analista brillante de las neurosis surgidas al calor de la sobreexposición pública y la validación ajena, de la empatía como estrategia que solo se aplica si el objeto de la misma se adapta a los guiones sociales preestablecidos.

Sin embargo, el director parece tener miedo de llevar hasta las últimas consecuencias la propuesta, y El drama se pierde en un baile entre géneros —la sátira de costumbres, el drama sentimental, la pura farsa— que arrastra la narración hacia la anécdota y el relleno de metraje, culminando de manera forzada en la tosca escena de la boda. Tampoco ayuda un trabajo de montaje que juega una y otra vez con los recuerdos, la imaginación y las expectativas de los personajes; una estrategia ya empleada por Borgli en otras películas pero que, en esta ocasión, está lejos de aportar nada demasiado significativo. Como otros cineastas de hoy, pensamos en el nefasto Ruben Östlund, Borgli confunde estar hablando de personalidades frágiles en ambientes necios con ser él también superficial, frívolo y, lo peor, moderno; quizá por temer como Emma el qué dirán, o por contar como protagonistas con dos estrellas, Robert Pattinson y Zendaya, que solo pueden mancillar su imagen hasta cierto punto. El drama termina por ser de este modo una película tan curiosa como irrelevante. Aquí es donde surge la ruptura con Pirandello, quien, como ha escrito Anne Paolucci, “sabía revestir la futilidad y el desconcierto que atenazaba a sus personajes con la lucidez y la gravedad de quien se sabía dotado para tener algo inapelable que decir sobre ello”.

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