Opinión
‘El día de la revelación’: revelaciones, las justas
Si la semana pasada escribíamos a propósito de Backrooms (2026) sobre cómo una nueva generación de creadores audiovisuales ha de pasar por el aro de determinadas servidumbres para emprender carrera en Hollywood, toca hablar ahora del extremo contrario, una de las figuras más determinantes en la Meca del Cine durante el último medio siglo, un tótem, hasta el punto de vivir en la última década de los réditos obtenidos en años previos: Steven Spielberg. Casi un lustro después de Los Fabelman (2022), el cineasta estadounidense regresa a las carteleras de todo el mundo con uno de sus grandes motivos recurrentes, los alienígenas, que ya había tratado en Firelight (1964), Encuentros en la tercera fase (1977), E. T. el extraterrestre (1982), La guerra de los mundos (2004) e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008).
A estas alturas, no es ningún secreto que los extraterrestres —como la Segunda Guerra Mundial, los cuentos de hadas o los dinosaurios— han constituido para Spielberg alegorías sobre la fragilidad y la resiliencia del hombre de a pie ante eventos que le sobrepasan, del sense of wonder como vía de escape al sentimiento de orfandad, de la fe en la providencia y el anhelo de espiritualidad. Ahora bien, durante la primera fase de su trayectoria, Spielberg creía ante todo en la ficción, materializada con una retórica audiovisual apabullante —Encuentros en la tercera fase—, y era ajeno a las infinitas lecturas que ello suscitaba. Con la madurez, su sentido del espectáculo y su entendimiento del movimiento de la cámara y de los intérpretes en el encuadre como médiums para la emoción se tiñeron de una seriedad tan impostada —La guerra de los mundos— como rudimentaria. En los últimos tiempos, Spielberg ha ahondado en sí mismo y el papel que desempeña en el cine actual —Ready Player One (2018), Los Fabelman—, cuando nunca ha sido el director adecuado para ello. Cuanto más ha tratado de pensar Spielberg, más insatisfactorias han sido sus propuestas.
Es lo que sucede con El día de la revelación, una película cuyos protagonistas —la meteoróloga televisiva Margaret Fairchild (Emily Blunt) y el matemático Daniel Kellner (Josh O’Connor)— no luchan por zafarse de su perseguidor —Noah (Colin Firth), cabeza visible de una misteriosa corporación— para descubrir al mundo la existencia de alienígenas, sino para demostrarse a sí mismos la importancia de su objetivo. A partir de un guion francamente flojo escrito por el propio Spielberg y David Koepp, uno de sus colaboradores más discutibles, El día de la revelación se pierde a lo largo de casi dos horas y media en un relato autoindulgente hasta lo tedioso, que no empieza nunca y termina de cualquier manera, centrado sobre todo en si Spielberg tiene algo que decir ahora mismo cuando recurre a los extraterrestres, con un ojo puesto en los filmes previos ya apuntados y otro en la posibilidad de proyectar sus inquietudes hacia el futuro.
Spielberg ha tratado de autohomenajearse, de cerrar sin necesidad el círculo de su interés por la condición humana a través del tropo alienígena, y tan solo ha dejado claro que, por mucho que nos duela, en 2026 es un cineasta irrelevante
Lo cierto es que los llamamientos de Koepp y Spielberg a la esperanza, la empatía y la fe —no necesariamente religiosa— en momentos convulsos como los que vivimos transmiten muy poca convicción; se hallan desperdigados entre conversaciones anecdóticas y reiterativas y la continua intromisión en el plano de vehículos que llegan o se marchan de lugares varios: El día de la revelación está planteada como mix de thriller y road movie, aunque no funcione ni en el primer aspecto, pues el meollo de la intriga es evidente desde el minuto uno, no hay evolución de la misma sino relleno de metraje hasta la escena cumbre; ni en el segundo, dado que el intento de evocar el cine de conspiraciones y persecuciones de los años 70 pasado por el tamiz de la Amblin de los 80 carece de nervio y atmósfera, de un engarce por codificado y estilizado que sea con la vida real. El día de la revelación es una película de estudio viejuna, ajena al tiempo en que tiene lugar, como pone en evidencia un desenlace que se pretende catártico, revolucionario, y que tan solo suena a fantasía boomer trasnochada, algo ridícula, atropellada por una actualidad cuyo escaso impacto en la esfera pública ha negado de modo sangrante las pretensiones discursivas de Spielberg y Koepp.
El apartado que termina de confinar El día de la revelación en la categoría de película menor es el formal. Iniciarse en el cine de Spielberg con ella supondría no detectar las cualidades como director que se le han reconocido durante décadas. Hay pocos momentos realmente conseguidos a ese nivel —algunos reflejos de rostros en espejos y cristales, la accidentada subida al tren de mercancías—, y otros mejoran gracias a la música callada de un John Williams más inspirado que nadie —véase la conversación nocturna entre Daniel y Jane (Eve Hewson) en el convento—. Por lo general, sin embargo, poco hay de rescatable en la puesta en escena. En los numerosos interiores, mera funcionalidad y, ocasionalmente, decisiones impropias de Spielberg —el arranque en el ring, ciertos primeros planos—. En exteriores, una falta de personalidad que nos lleva de cabeza a las películas más inanes de Andrew Davis, lo que, sumado a la irregularidad de la fotografía y los efectos digitales, nos permite concluir que, como producto comercial, El día de la revelación tampoco tiene demasiado que ofrecer. En resumidas cuentas, Steven Spielberg ha tratado de autohomenajearse, de cerrar sin necesidad el círculo de su interés por la condición humana a través del tropo alienígena, y tan solo ha dejado claro que, por mucho que nos duela, en 2026 es un cineasta irrelevante.
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