Opinión
‘La bola negra’: cine grande, ande o no ande
Se desenvuelve en dos registros complicados, y en última instancia antagónicos, esta segunda película de Los Javis —Javier Calvo y Javier Ambrossi—, una fantasía especulativa con base en el imaginario de Federico García Lorca y, en particular, La bola negra (1936), “drama de costumbres actuales” apenas perfilado por el poeta granadino meses antes de ser asesinado. Se da por hecho que Lorca pretendía abordar de forma explícita en La bola negra la homosexualidad y el estigma social que ello acarreaba en la España de su época.
El filme de Los Javis, tremendamente ambicioso, nos ubica en tres escenarios diferentes, entrelazados a cada tanto a fin de establecer una dialéctica entre la realidad y la ficción, el pasado y el presente, lo individual y lo colectivo, susceptible de alumbrar la experiencia gay como actitud insumisa y universal en torno a “cómo vivir la vida tuya, no la que te dicen” (Javier Ambrossi). Aunque esa estructura a tres bandas ha sido comparada por algunos con la de El atlas de las nubes (2012), la complejidad expresiva y política de la película de las hermanas Wachowski es muy superior a la de La bola negra, más semejante en realidad a propuestas posmodernas típicas de entresiglos como Las horas (2002) y Soldados de Salamina (2003).
En el caso que nos ocupa, los escenarios en diálogo se corresponden en primer lugar con una adaptación sui generis de La bola negra esbozada por Lorca, es decir, con las desventuras de Carlos (Milo Quifes), a quien se niega en 1932 la admisión en el exclusivo casino de Granada por el rumor propagado en la ciudad de que es homosexual; en segundo lugar, con el romance trágico que sorprende en 1937 a un soldado republicano herido, Rafael (Miguel Bernardeau), bajo custodia en un hospital de campaña santanderino, y al militar sublevado que le vigila, Sebastián (Guitarricadelafuente), que Los Javis y el coguionista Alberto Conejero basan en una obra teatral del último citado, La piedra oscura (2013), inspirada asimismo en personalidades, sucesos y fabulaciones conexos a Federico García Lorca; y, por último, con la investigación que emprende en 2017 un historiador gay, Alberto (Carlos González), cuando llega a sus manos un legado imprevisto, investigación gracias a la cual saldrán a la luz un secreto familiar y un enigma literario de primer orden.
Los Javis han trasladado al cine de prestigio el espíritu pop, cinefago y relativista que había animado su primer largometraje, ‘La llamada’, y las series ‘Paquita Salas’, ‘Veneno’ y ‘La Mesías’
Los compases iniciales de La bola negra, la presentación del personaje de Sebastián a través de una escena de muerte y destrucción tan irónica como vistosa —propia de un blockbuster veraniego cualquiera que aspirase a secuestrar la voluntad del público desde el primer minuto—, se bastan para poner de manifiesto que Los Javis han trasladado al cine de prestigio el espíritu pop, cinefago y relativista que había animado su primer largometraje, La llamada (2017), así como las series Paquita Salas (2017-19), Veneno (2020) y La Mesías (2023). La dupla creativa pasa a formar parte así de una renovación en marcha del cine grave, adulto, comprometido, que se producía de cara a premios varios en el ámbito mayoritario, de la que también participan en los últimos años Yorgos Lanthimos, Emerald Fennell o Brady Corbet.
Todos ellos juegan en la liga depreciada del cine de autor(a) contemporáneo, cuyos trazos, temas y modelos tienen menos que ver con la manifestación audiovisual de una idiosincrasia excepcional, intransferible, ajena al sistema y sus convenciones expresivas, que con la gestión sofisticada, más o menos talentosa, incluso personal, de la vorágine escópica en que nos hallamos sumidos en el siglo XXI. En La bola negra no cuesta demasiado detectar, cuando Sebastián huye de las bombas para caer en brazos de Rafael, el ascendiente del folletín por entregas, las ficciones tóxicas de Ryan Murphy o, como decíamos, la superproducción media; en algunos coloquios con críticos y espectadores norteamericanos, Los Javis han definido con desparpajo la película como una “Titanic gay”. Todo sea dicho, en otros ámbitos han preferido establecer afinidades ni más ni menos que con Elem Klimov, Andréi Tarkovski, Béla Tarr, Paweł Pawlikowski o Hlynur Pálmason. Como decíamos, en 2026 citar sale gratis, todo vale a la hora de comprar y vender sintonías y referentes de acuerdo con las necesidades del autor y las expectativas de la parroquia a la que toca meterse en el bolsillo.
En cualquier caso, los ademanes enfáticos de la cámara en La bola negra —el síndrome One Perfect Shot, el plano como alfa y omega del estilo—, sus delirios escenográficos —esa majestuosa estatua de San Sebastián entre las ruinas de una iglesia de pueblo—, la apelación recurrente y cómplice a tópicos —el “Soldadito español” versionado por Judeline—, dan cuenta del carácter resabiado, ocurrente, de la realización, por encima de su aporte a la coherencia formal y, por lo tanto, argumental del relato. En la relación tortuosa de Sebastián con Rafael, así como en el enfrentamiento de Carlos con los prebostes del casino que han de dirimir con sus votos la entrada o no del joven en la institución —una escena cuyo efectismo remite al cine de Zack Snyder o un anuncio de lotería—, el peso específico de las imágenes es indistinto, ya se nos brinden fuegos artificiales, heridas macilentas, glúteos acariciados por la luz de la luna, explosiones, guerreras entreabiertas de modo sugerente o fusilamientos al amanecer.
La bola negra funciona durante esas secuencias como una ficción muy divertida, de sensibilidad entre la pompa y el trash. La pulsión homoerótica y el manierismo grandilocuente precipitan en lo que el guionista William Goldman definió como película-cómic, en la cual “pese a la relevancia y seriedad de lo tratado, nada conmueve, nada tiene resonancia ni profundidad (...) como cuando masticamos una palomita”. Ni Goldman ni, por supuesto, nosotros tenemos nada en contra de las películas-cómic; de hecho, realizar un filme sobre la Guerra Civil, Federico García Lorca y la opresión de los gays irreflexivo, “entre la mercantilización y el folclore” (Rubén Téllez Brotons), capaz de producir una sensación similar a la de emborracharse con un cubo gigante de palomitas —mitad saladas como las lágrimas, mitad dulces como “el remanso de tu boca bajo espesura de besos” (Lorca dixit)—, nos parece más fructífero desde el punto de vista activista y audiovisual que el academicismo necrosado predominante hoy por hoy en tantas producciones españolas sobre nuestra historia reciente: Modelo 77 (2022), El 47 (2024), Ruega por nosotras (2026)...
Ahora bien, son los propios directores quienes dejan de confiar a partir de cierto punto en ese primer registro, donde se trataba de pillar al vuelo los sentidos más complejos de la película —y, si no, tampoco pasaba nada, lo fascinante estribaba en dejarse arrebatar por el espectáculo y el melodrama—, para entregarse a la severidad impostada, la efusión lírica y las explicaciones reiterativas en torno a lo que simbolizan Lorca, la condición gay, la(s) bola(s) negra(s)... El influjo nefasto a varios niveles del fragmento ambientado en 2017 —las presencias disonantes de Carlos González y Glenn Close, las artificiosas discusiones materno-filiales…— ocasiona que los directores despierten bruscamente del sueño enfebrecido de la(s) forma(s) para abocarse y abocarnos a la razón instrumental de los discursos explícitos y el doctrinario poético, con un subrayado culminante tan desafortunado como la aparición del propio Federico García Lorca (Alberto Cortés) en un blanco y negro ratonero, de valor supuestamente solemne y memorialístico, que sirve al objetivo de que el propio poeta nos explique la película y humedezca nuestros ojos por enésima vez.
‘La bola negra’ lucha a brazo partido por parecer una película digna cuando nos había dejado claro previamente que ser indigna resultaba más interesante
Para entonces, hace muchos minutos que La bola negra se ha perdido y nos ha perdido entre idas y venidas alegóricas, momentos de ficción histórica dignos de las Nuevas hazañas bélicas de Hernán Migoya pero filmados como si estuviéramos en El pianista (2002), y la entonación ceremoniosa de ripios kitsch en la línea de “el corazón marica es un océano lleno de secretos” —volvemos a Titanic—. Se puede concluir, por tanto, y lo refrendarán pronto nominaciones y galardones, que la propuesta de Los Javis es la Sirāt (2025) de esta temporada; si el filme de Oliver Laxe era en esencia una comedia del absurdo con ecos de El Coyote y el Correcaminos, aunque el director gallego se empeñase en elevarla a la categoría de “odisea física y metafísica” con resultados discutibles, La bola negra lucha a brazo partido por parecer una película digna cuando nos había dejado claro previamente que ser indigna resultaba más interesante.
Ser una bola negra puede traer problemas; pero jugar a ser a la vez bola negra y bola blanca, comer palomitas con paleta de caviar, tratar de hacerse un selfie junto a James Cameron y correr después tras el espectro de Andréi Tarkovski, desemboca casi siempre en la insolvencia política y creativa. Toda una generación de directores —y de críticos que alaban sus películas— se encuentra actualmente en esa tesitura. Gentrificar baja cultura no equivale a generar alta cultura ni, lo más importante, una gran película. La bola negra es algo muy diferente: una película grande, ande o no ande.
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