Opinión
‘Las corrientes’, una mujer bajo la influencia
“Huí de allí como pude. Salí a caminar (...) Me dejé llevar hasta no saber dónde estaba, lejos de todo, hasta de mí misma (...) Estaba oscuro, pero estaba bien. Hasta que vi la cara de mi hija Sofía. Y ahí quise volver”. Esta reflexión en off de la protagonista de Las corrientes, Lina (Isabel Aimé González Sola), una estilista y diseñadora de moda que trata de racionalizar qué la impulsó a intentar suicidarse durante su viaje a Ginebra para recoger un premio, compendia los principales argumentos de Las corrientes, tercer largometraje de la guionista y directora argentina Milagros Mumenthaler, auténtica francotiradora en el marco del cine contemporáneo realizado por mujeres.
En el último cuarto de siglo, Mumenthaler ha realizado apenas un puñado de cortos y tres largometrajes, aunque su labor dejó claro de inmediato una personalidad fílmica marcada: desde sus cortometrajes tempranos, ¿Cuándo llega papá? (2000) y El patio (2003), hasta sus dos largos anteriores, Abrir puertas y ventanas (2011) y La idea de un lago (2016), el cine de Mumenthaler se ha visto atravesado por las ausencias y los secretos familiares, los espacios cotidianos representados como experiencias weird, la relevancia de los silencios y la presencia perturbadora de los intérpretes en pantalla, siempre desde un punto de vista que ha primado sobre la obviedad narrativa la percepción subjetiva de sus protagonistas, el ritmo interno de planos calmos, las atmósferas, el fuera de campo y las elipsis.
Los filmes de Mumenthaler pueden hermanarse generacionalmente con los de su compatriota Lucrecia Martel, la estadounidense Kelly Reichardt o la alemana Angela Schanelec. Todas ellas han hecho de la puesta en escena un proceso capaz de visibilizar procesos íntimos de extrañamiento frente a una realidad en cuya configuración no han tenido oportunidad de participar los personajes femeninos. Resulta significativo que, en el cine de las cuatro citadas, los diálogos acaecidos en el ámbito de convenciones afectivas tratadas de manera crítica, sean escuetos y opacos. Todas ellas comparten la idea de que el lenguaje también es susceptible de constituir un placebo, un espejismo, una trampa existencial.
En palabras de la activista india Meena Kandasamy, “tu lenguaje no solo te forma, te mantiene prisionera de una forma particular de ver las cosas”. El premio RTVE-Otra Mirada, concedido a Las corrientes tras su paso por la sección oficial de la pasada edición del Festival de San Sebastián, reconoció precisamente la habilidad de Milagros Mumenthaler para intervenir el mundo desde la renuncia a los constructos tradicionales de la dramaturgia, y su énfasis en una planificación que nos hace partícipes de un estado de ánimo, el de Lina, gracias al cual se invierte la mirada consensuada sobre nuestras emociones y las servidumbres que acarrean.
En su aproximación a una identidad para la cual resulta imposible a partir de cierto punto sostenerse sobre las categorías que hasta entonces organizaban su vida —hija, esposa, madre, profesional de éxito—, Las corrientes hace gala de una atención ejemplar a la función de cada plano, cada sonido, cada barrido de los ojos de la actriz Isabel Aimé González Sola y cada referencia al agua, elemento fundamental para entender la atracción y el miedo inefables de Lina en relación con “lo oscuro”. Del rigor formal de Las corrientes da cuenta el hecho de que se trata básicamente de un viaje entre dos planos. En el inicial, Lina es filmada desde el exterior; su rostro, difuminado tras una ventana cerrada y, más tarde, una cortina, expresa pese a todo su atracción por el agua, donde aspira a “estar lejos de todo, hasta de mí misma”. En el último plano, en cambio, la cámara acompaña a Lina en un interior, su propio dormitorio, y la ventana abierta a la lluvia nos indica que ha aprendido en cierto modo a convivir con sus pulsiones.
En sus mejores momentos, la mayoría, ‘Las corrientes’ presenta los refugios como amenazas y las amenazas como refugios, y en esa ambivalencia, ese pasear sobre el alambre en el que todas nos reconocemos, radica su interés
En esa decisión de aceptar con lucidez la vida a la que se había abandonado hasta entonces sin pensar(se), juega un papel esencial su hija Sofía (Emma Fayo Duarte). Cuando la niña aparece en la película, Mumenthaler rompe por vez primera el punto de vista unívoco de Lina sobre su propia vida. Para la realizadora, “en esta sociedad es difícil reinventarse, sobre todo cuando está la maternidad de por medio”. Sofía representa para Lina una carga y, al mismo tiempo, su única esperanza. En otra escena clave —y de gran belleza—, Sofía guía a su madre hasta la lámpara de un faro, cuya luz recorre Buenos Aires, y el solipsismo de Lina dará paso a la visión de otras vidas, otras perspectivas de la realidad, “otras mujeres que reflejan quién pudo haber sido y quién podría ser” (Mumenthaler). Esa visión acabará por redundar en una mejor comprensión de su propia existencia; no en balde, la luz del faro nos descubrirá su hogar de la infancia, de donde parecen derivar muchas de sus disfunciones: “Las mujeres tenemos una relación muy particular con nuestras madres. Me parece que las ponemos más en jaque o las cuestionamos más, así como después nosotras como madres también somos cuestionadas” (Mumenthaler).
Sin embargo, a partir del encuentro de Lina con su madre, o el que mantiene con su terapeuta —que todo hay que decirlo, también cabe entender de modo paródico—, Las corrientes pierde en buena medida su capacidad inmersiva. Mumenthaler cede a la tentación de explicarse y explicarnos, de concluir que a Lina le pasaba algo concreto, algo que tiene solución, justo lo que hasta entonces estaba poniendo en solfa por fácil y complaciente. Dicha resolución decepciona pero, en cualquier caso, Las corrientes es una de esas películas en las que importa sobre todo la perspicacia con que se ha plasmado el camino de un personaje o, mejor dicho, la necesidad de que abandone el camino trazado por otros para reencontrarse o perderse. En sus mejores momentos, la mayoría, Las corrientes presenta los refugios como amenazas y las amenazas como refugios, y en esa ambivalencia, ese pasear sobre el alambre en el que todas nos reconocemos, radica su interés.
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