Opinión
‘Couture (Alta costura)’: el hilo invisible
Si la semana pasada escribíamos sobre El diablo viste de Prada 2, producción estadounidense de gran presupuesto que aborda la moda y los constructos mediáticos en torno a la misma desde la codificación genérica, la fábula, el product placement y el glamur, esta semana toca hacerlo sobre otra propuesta centrada, como indica su título, en la alta costura, pero que trabaja la ficción desde coordenadas supuestamente más creativas, realistas y comprometidas con el asunto que aborda.
La película en cuestión es Couture (Alta costura), programada en la sección oficial de la última edición del Festival de San Sebastián. Su guionista y directora es Alice Winocour, cuya trayectoria en el seno del cine francés se ha caracterizado por la elaboración de dramas que indagan en claves varias de la contemporaneidad, difusamente feministas por lo que respecta a Augustine (2012) y Proxima (2019), siempre agradecidos para los actores y actrices de renombre que suelen presidir sus repartos —Virginie Efira, Matthias Schoenaerts, Eva Green…— y, en línea con ello, abocados a una mediocridad indisimulable bajo las buenas intenciones y la corrección de sus formas.
Couture (Alta costura) sigue punto por punto ese esquema. Cuenta con el protagonismo de Angelina Jolie, productora asimismo del filme; aspira a analizar las bambalinas del universo de la moda, los hilos invisibles que dan forma a sus estructuras; y se contempla sin graves tropiezos a lo largo de todo su metraje, por otra parte ajustado. Apenas cien minutos. Es uno de los primeros aspectos que sorprende de Couture (Alta costura), pues, en sus compases iniciales, se detecta por parte de Winocour una cierta ambición a la hora de enhebrar un relato que atiende a perspectivas muy diversas: la economía, la clase, la raza, la autobiografía…
En palabras de la propia realizadora, “la moda se sitúa en el primer plano de Couture (Alta costura) porque es una expresión de nuestra realidad que a las mujeres nos interesa y nos condiciona, y cuya producción nos define en tanto sujetos, y muchas veces, objetos; pero de lo que trata verdaderamente la película es de cómo entre patrones y pasarelas puede surgir la solidaridad entre nosotras, de cómo los costurones físicos y psicológicos que nos marcan a lo largo del tiempo tienen el potencial de diluir las fronteras entre las mujeres, pese a que mundos como el de la moda se empeñan interesadamente en trazarlas”.
La protagonista de la película es Maxine (Jolie), una directora de cine de terror que acepta el encargo de rodar un cortometraje sobre la Semana de la Moda de París, uno de los eventos de este tipo más importantes del mundo. A través de los ojos de Maxine, Winocour nos presenta a mujeres muy diferentes en principio a ella: Ada (Anyier Anei), una modelo que, tras escapar de Sudán, ha de vérselas con la violencia sofisticada de la alta costura; Angèle (Ella Rumpf), una maquilladora cuya vocación de fondo es la de escribir; y Christine (Garance Marillier), una costurera de talento. Maxine, además, se siente atraída por Anton (Louis Garrel), director de fotografía unos años más joven que ella, lo que le genera una inseguridad elevada a la enésima potencia cuando se le diagnostica un cáncer de mama.
Si al lector le parece que Winocour baraja demasiados argumentos y personajes en el marco, como hemos comentado, de una duración ajustada, está en lo cierto. La enfermedad sufrida por Maxine —que ha afectado de una u otra manera tanto a la directora como a Angelina Jolie— habría bastado para establecer un contraste inspirado e inspirador entre las costuras exteriores de la moda que determinan la imagen que se prefiere tener de las mujeres, y las costuras internas de la carne que atraviesan y definen el signo de sus auténticas preocupaciones y el rumbo inapelable de sus existencias. Frente a ello, la floja historia que atañe en paralelo a Ada suena a (auto)imposición buenista, y las vicisitudes de Angèle y Christine quedan en un segundo plano. Algo que no deja de ser paradójico si recordamos las redes sororas a que apelaba Winocour en sus declaraciones, y la crítica inevitable al capitalismo que cabría deducir de las condiciones de trabajo de las más jóvenes.
La presencia de Angelina Jolie, en cuyos rasgos siempre han pugnado la intérprete y la estrella de cine con efectos complicados, se impone a cualquier otra consideración
La realidad es que la presencia de Jolie, en cuyos rasgos siempre han pugnado la intérprete y la estrella de cine con efectos complicados, se impone a cualquier otra consideración. Esto influye tanto en las decisiones de Maxine —especialmente su relación con Anton—, como en su condición desaprovechada de autora de terror y la disposición física misma de la actriz en el encuadre. Jolie aparece con frecuencia aislada, desgajada de los restantes personajes, y hablando por el móvil. Una decisión quizá buscada, pero que trabaja en contra de la implicación del público con la mirada y las experiencias de Maxine y lo que se pretende que leamos en ellas.
Si a ello le sumamos una narración lánguida y dispersa, el recurso distractivo a otros actores conocidos en papeles cruciales —véase Vincent Lindon en la piel del médico que atiende a Maxine—, y un permiso de Chanel para que la película se pudiese filmar en el showroom y los talleres de la marca, lo que transmite en alguna escena la sensación de hallarnos ante un ejercicio de branded content o responsabilidad social corporativa, no podemos sino concluir que Couture (Alta costura) adolece de una aproximación burguesa, ensimismada en imágenes vacuas, a lo que plantea, incluso cuando toca de cerca a su directora. El diablo viste de Prada 2 resulta de una honestidad intolerable: como película, es lo que no tiene más remedio que ser, con todas las consecuencias. En cambio Couture (Alta costura), como ocurre tan a menudo en el cine de prestigio para el circuito de versión original subtitulada, simula ser más de lo que es, y acaba por quedarse a medio camino de todo.
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