Opinión
‘El diablo viste de Prada 2’: lo viejo y lo nuevo
Vista hace unos meses Bridget Jones: loca por él (2025), y a la espera de que se estrene Prácticamente magia 2 (2026) y se dé luz verde por fin a Una conejita en el campus 2 y Una rubia muy legal 3, llega a las carteleras otra legacy sequel o secuela tardía a partir de éxitos producidos por Hollywood no ya en los años 80 y 90, sino hace apenas veinte años; en el caso de las películas que hemos citado, chick lits, fábulas enfocadas en el periodo de entresiglos a lectoras o espectadoras, sobre jóvenes que probaban suerte con el amor y los desafíos profesionales en ambientes urbanitas, sofisticados, que las ponían a prueba, con el posfeminismo o feminismo de tercera ola como agente mediador frente al capitalismo tardío.
Muchas de estas chick lits se basaban en best sellers de naturaleza entre literaria y sociológica y manual de autoayuda.El diablo viste de Prada (2006) no fue una excepción. Siguiendo la estela del libro homónimo de Lauren Weisberger, su protagonista era Andrea Sachs (Anne Hathaway), una periodista joven e idealista que empezaba a trabajar como asistente personal de Miranda Priestly (Meryl Streep), feroz editora de una revista neoyorquina de moda —personaje inspirado en Anna Wintour (1949-), redactora jefe de Vogue durante casi treinta años—. Fascinada por el glamur que rodeaba a la (auto)exigencia laboral y vocacional de Miranda y el mundo de la alta costura, Andrea se distanciaba poco a poco de su pareja y amigos, y ello le obligaba finalmente a afrontar un dilema moral y de clase con repercusiones profundas para su futuro.
El diablo viste de Prada encarnó a la perfección las virtudes del cine comercial. Jamás pretendió situarse por encima de los tópicos narrativos y audiovisuales de la chick lit. Por el contrario, usó y abusó de las convenciones románticas a lo Jane Austen, las canciones cada pocos minutos, una descripción complaciente del lujo, todo ello materializado con un aparato de producción impecable, una maquinaria digna de reloj suizo que abarca su reparto, donde confluyeron con armonía la veterana Mery Streep con dos estrellas por entonces en ascenso, Anne Hathaway y Emily Blunt, así como un secundario de lujo, Stanley Tucci. En las imágenes de El diablo viste de Prada resuenan además sin subrayados, y es otra de las claves para su carisma, antecedentes varios y dispares: desde las comedias de amor y lujo gestadas en el Hollywood clásico a series como Felicity (1998-2002) y Sexo en Nueva York (1998-2004), pasando por 101 dálmatas (1961), Armas de mujer (1988) y demás comedias yuppies de los años 80, y el humor cruel prevalente en la primera década del siglo XXI.
La película, por tanto, le brindaba al público lo que esperaba recibir, aquello a lo que estaba acostumbrado, y, al mismo tiempo, esa satisfacción de lo familiar y las expectativas servía al objetivo de proponer lecturas de alcance, adultas, sobre la mentalidad conformista y la ambiciosa, la tentación mefistofélica de servir y servirse del poder, y la moda como factor económico de primer orden y expresión estética al servicio de la identidad del individuo. El diablo viste de Prada se ubica además en un contexto espacio-temporal único, la Nueva York posterior al 11-S y previa al estallido de la Gran Recesión, cuando lo real y lo irreal difuminaban cada vez en mayor medida sus perfiles: “Nueva York ha sido y es la mejor ciudad del mundo, un avión se está estrellando contra un rascacielos y, en paralelo, una persona está celebrando la apertura de su negocio” (Eric Adams).
El diablo viste de Prada 2 se articula como ficción en forma de secuela tardía, es decir, se hace eco no solo de El diablo viste de Prada, también de su legado, y, lo haya querido o no, de los cambios acaecidos en la industria del cine desde 2006 hasta 2026, merced a la asombrosa recuperación de la mayor parte de su equipo creativo delante y detrás de las cámaras. Su apuesta, no cabe negarlo, es conservadora. Para el analista Niall Gray, “la secuela tardía no es la única opción de que dispone Hollywood ahora mismo para continuar repitiéndose, pero sí la más extraña y, a su manera, la más provocadora”. Gray cifra esa provocación en el delicado equilibrio que debe mantener la secuela tardía entre las imágenes nuevas y el fantasma de las pretéritas, la lucha sin cuartel entre las exigencias de una personalidad fílmica atenta a los retos de nuestro tiempo y la nostalgia inmadura por los personajes, los argumentos y las formas del pasado… La obligación, en definitiva, de sobreescribir el filme previo a fin de recordar a la cinefilia actual de dónde procede el presente y de legitimar ante las más veteranas su existencia.
La película ha hecho furor antes de su estreno en redes sociales de perfil juvenil como TikTok, pero su destinatario prioritario es, claramente, la audiencia millennial, presa de la nostalgia o el reflejo audiovisual condicionado
Y, en ese sentido, El diablo viste de Prada 2 —como Top Gun: Maverick (2022) o Bitelchús Bitelchús (2024) — es una película conservadora: la adaptación a los tiempos post #MeToo y de respeto por las diversidades y la corrección política es superficial, quedando reducida la nueva generación a la condición de invitados de piedra en un relato donde lo importante vuelven a ser los triunfos, los fracasos y las lecciones aprendidas de los viejos (en todo el sentido de la palabra) personajes. La película ha hecho furor antes de su estreno en redes sociales de perfil juvenil como TikTok, pero su destinatario prioritario es, claramente, la audiencia millennial, presa de la nostalgia o el reflejo audiovisual condicionado, como prefiera cada cual.
El diablo viste de Prada 2 arranca con el regreso imprevisto de Andrea a Runway, la revista que todavía dirige Miranda Priestly, aunque ya no sea como becaria sino como responsable de contenidos creativos. En la redacción, Andrea se topa nuevamente con el trato despectivo que le profesaba Miranda, el sarcasmo de su fiel escudero Nigel (Stanley Tucci) y la antipatía que continúa sintiendo hacia ella Emily (Emily Blunt), ahora ejecutiva de Dior. Todos ellos se ven envueltos en una serie de intrigas corporativas que decidirán la supervivencia de Runway y, por extensión, la vigencia de la alta costura y sus voceros de cara a un público de última hornada cuyo afán consumista está mediado por el carácter volátil y fiscalizador de las redes sociales y un enfoque de la ropa “disruptivo, global, diverso y de lujo responsable” (sic).
El diablo viste de Prada 2 no es tan ágil como su predecesora y carece de su aura, canciones incluidas. El metraje se dilata en exceso, y el trabajo de ingeniería creativa para justificar la vuelta de Andrea, Miranda, Nigel y Emily y el rumbo de sus nuevas aventuras adolece en ocasiones de forzado; la subtrama referida a Emily es la muestra más evidente de ello, el talón de Aquiles de la película. Signo de los tiempos, en El diablo viste de Prada 2 hay un exceso de diálogos enunciativos y situaciones subrayadas, frente al espíritu sincrético y juguetón de El diablo viste de Prada. Sin embargo, el conjunto sale adelante en base al cariño depositado por todos los implicados en el retorno, y a que la ficción se preocupa de resultar pertinente otra vez, con comentarios afortunados acerca de la fragilidad en que se halla hoy por hoy el periodismo —en especial el impreso—, las relaciones peligrosas de los medios con magnates tecnológicos como Jeff Bezos, y la posibilidad de mantener la ilusión en lo que una hace —periodismo, moda— cuando el presente parece abocar todo al oportunismo económico y la vacuidad intelectual.
Si en la película original las protagonistas se disputaban la validación del patriarca corporativo de turno, en esta secuela las condiciones materiales e inmateriales de trabajo tienen el potencial de derivar en un entorno laboral más justo para todos y todas, o al menos eso se nos vende
Es en ese aspecto donde la fusión de lo viejo y lo nuevo alcanza su mayor plenitud en las imágenes de El diablo viste de Prada 2, pues la reivindicación reiterada del trabajo bien hecho, de la entrega incluso hacia la labor que se lleva a cabo —otro valor en desuso—, se ve tamizada por el influjo del feminismo de cuarta ola, mucho más combatiente que el posfeminismo que arrojó su sombra sobre El diablo viste de Prada. De esta manera, si en la película original las protagonistas se disputaban la validación del patriarca corporativo de turno, en esta secuela las condiciones materiales e inmateriales de trabajo tienen el potencial de derivar en un entorno laboral más justo para todos y todas, o al menos eso se nos vende. Miranda, Amanda y compañía dan por fin con la fórmula para equilibrar el trabajo y la vida personal, entre cuyos ingredientes esenciales figura el respeto por las personas y sus idiosincrasias, lo que permite generar ecosistemas emocionales y creativos más fructíferos. El diablo viste de Prada 2 no deja de apostar por la belleza, lo sublime, y los sacrificios que acarrea, pero vincula estrechamente esa idea a lo filosófico: la ética y la estética resultan indisociables, al menos si queremos que nuestro día a día sea algo más que un ejercicio de mediocridad o de ambición desmedida.
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