Opinión
‘Dreams’, hija del patriarcado

Nueva colaboración de la actriz Jessica Chastain y el director Michel Franco, un drama sobre sexo desbocado y estructuras de poder nada complaciente con sus personajes.
Dreams Película
Fotograma de 'Dreams' (2025) de Michel Franco.

Durante sus viajes a México como responsable de las fundaciones benéficas creadas por su acaudalada familia de San Francisco, Jennifer (Jessica Chastain) mantiene una liaison de alto voltaje con Fernando (Isaac Hernández), talentoso bailarín de ballet de la escena local. Jennifer prefiere que su vínculo filantrópico —y sexual— con Fernando tenga un carácter episódico y circunscrito a México, pero el bailarín, joven e impulsivo, se juega la vida cruzando ilegalmente la frontera y presentándose en la casa de su mecenas. Fernando cree con inocencia que su relación con Jennifer tiene futuro y que, con su ayuda, podrá regularizar su situación y abrirse camino en Estados Unidos como artista de renombre. Jennifer, sin embargo, está lejos de ver tan claras las cosas, presa al fin y al cabo de su estatus privilegiado y del ascendiente que ejercen sobre ella su padre, Michael (Marshall Bell) y su hermano, Jake (Rupert Friend).

Dreams constituye la segunda ocasión en que han trabajado juntos la actriz estadounidense Jessica Chastain y el guionista y realizador mexicano Michel Franco. Frente al panorama de un Hollywood absolutamente crepuscular para el cine adulto, y en particular el realizado por y para mujeres, actrices como Chastain, Emma Stone o Reese Witherspoon se están buscando la vida con inteligencia, a veces también a través de sus propias compañías, apelando a cineastas y regímenes de producción inusuales.

En el caso de Chastain y Franco, su primera colaboración fue la excelente Memory (2023), centrada en dos personalidades límite abocadas casi a amarse como imperativo moral que les permitía trascender las miserias de sus respectivos entornos, profundamente disfuncionales bajo las apariencias. Dreams es una película más agria —e irregular—, fruto de su mayor capacidad de riesgo: Franco deja atrás la codificación (melo)dramática del filme previo, afín a muchos espectadores, para abrazar a tumba abierta la crítica al orden establecido que ya había practicado en Después de Lucía (2012), Nuevo orden (2020) o Sundown (2021); mientras que Chastain juega con su físico, una expresividad gélida y reacciones emocionales ambiguas, como ya hiciera en La noche más oscura (2011) o Molly’s Game (2017), para encarnar a un personaje con pocas cualidades redentoras.

Jennifer es, de hecho, el epicentro discursivo de Dreams. ¿Es víctima de circunstancias que la superan, o cómplice de unas estructuras económicas e identitarias que hacen de ella misma y Fernando sujetos subalternos? Jennifer se halla supeditada a los dictados de los hombres de su familia en un rol sublimado de cuidadora y, al mismo tiempo, es heredera de dichos dictados y los explota y reproduce cuando le conviene si su bienestar material se ve amenazado. Es una hija del patriarcado, como tantas otras que, en un momento de desigualdades sociales y económicas crecientes, han abogado por participar del poder —legitimadas, eso sí, por toda una capitalización de enunciados feministas a la carta— sin que les interese lo más mínimo una auténtica transformación de las relaciones que presiden sus ámbitos de influencia. “Las élites femeninas triunfantes representan a la vez la herencia y la herida [...] lo que trae consigo una necesidad especial de imponer(se)”, según María Antonia García de León.

‘Dreams’ es una de las pocas películas de la cartelera actual que, en función de su actriz protagonista y su director, dará al público más receptivo lo que espera, pero no como lo espera, y eso en sí mismo ya es un gran mérito

El ejercicio de la autoridad por parte de mujeres como Jennifer no altera, por tanto, las lógicas que sostienen el statu quo, tan solo las administra con otro rostro, hasta que los discursos de emancipación y empoderamiento adquieren un carácter perverso. Dreams deviene así un estudio implacable, capaz de vulnerar hipocresías representativas varias, en torno al condicionamiento de los afectos por las estructuras de poder, las dificultades de armonizar el deseo con los consensos sociales de convivencia y, en sus últimos minutos, la legitimidad del ejercicio de la violencia de acuerdo a la clase y el género. En coherencia con ello, la puesta en escena de Franco desecha los subrayados sentimentales o morales. La planificación, en apariencia transparente, rígida y distanciada de los personajes, atenta siempre al impacto en ellos de los espacios, tiene un carácter observacional que impide nuestra implicación con lo que sucede, que nos obliga a pensar por qué sucede y en qué marcos.

Esta estrategia acaba por hacer de Dreams una tesis, defecto único del filme pero no pequeño. Las dinámicas de la ficción rinden una pleitesía excesiva a lo que se nos pretende decir, y por ese motivo algunas escenas pecan de utilitaristas y los últimos minutos, de apresurados. Y, por otra parte, como ocurre en muchas propuestas más o menos independientes de hoy, la línea entre la voluntad de abstracción y la evidencia de un presupuesto limitado se salta a menudo, por lo que las imágenes presentan una factura modesta. En cualquier caso, Dreams es una de las pocas películas de la cartelera actual que, en función de su actriz protagonista y su director, dará al público más receptivo lo que espera, pero no como lo espera, y eso en sí mismo ya es un gran mérito.

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