Opinión
‘Espejos n.º 3’, la posibilidad de una reinvención
Desde que la actriz Paula Beer, una de las presencias más fascinantes del cine contemporáneo, ha devenido la protagonista de sus películas, el director Christian Petzold ha dejado de lado las fabulaciones sustentadas en circunstancias históricas reconocibles —articuladas en torno al rostro de otra intérprete, Nina Hoss— para abrazar una suerte de abstracción, un retrato de lo que se entiende habitualmente por presente, caracterizado por la liviandad, la fantasmagoría, las ensoñaciones arquetípicas y las identidades a la fuga.
Su cine ha vuelto así de puntillas a sus comienzos, a aquella Trilogía de los Fantasmas (2000-2007) sobre la que escribió en su momento el crítico Hernán Ballotta: “Para Petzold, los fantasmas que recorren Europa son los sujetos desarraigados y desprotegidos que integran la sociedad de consumo”. El cineasta alemán, por tanto, ha dejado de lado el ayer y el hoy políticos para volver a dar cuenta, con mayor precisión si cabe, de los tiempos nuevamente ahistóricos, ajenos a toda genealogía y toda realidad, que vivimos.
Así las cosas, el undécimo largometraje de Petzold, Espejos n.º 3, centrado en Laura (Beer), una joven estudiante de música que, tras sufrir un grave accidente de tráfico, se ve acogida durante un tiempo en el hogar de una familia arrasada por la tristeza, es en apariencia un drama de escasa sustancia, de imágenes cuya transparencia linda con lo insulso, un relato de luminosidad fotográfica forzada a fin de legitimar un drama terapéutico cualquiera. El efecto resulta sin embargo premeditado, como pone de manifiesto una primera escena en la cual la intención suicida de Laura, sus ojos perdidos en un curso de agua donde ansía desaparecer, se dan de bruces con la aparición trivial, incluso pintoresca, de un misterioso piragüista.
La cotidianidad plasmada por Petzold es el escenario más sofisticado que cupiera imaginar para abordar una serie de cuestiones que calan en nuestra mirada sin avasallar
A partir de ese momento nos queda claro que, como sucedía en Ondina (2020) y Cielo rojo (2023), la cotidianidad plasmada por Petzold es el escenario más sofisticado que cupiera imaginar para abordar una serie de cuestiones que calan en nuestra mirada sin avasallar, a modo —como indica el título de la película— de juegos de espejos donde las superficies acaban por desvelarse capaces de descubrirnos simbolismos trascendentes, corrientes ocultas, afinidades extrañas, sentimientos inefables.
Espejos n.º 3 evoca, por supuesto, la tercera pieza de la suite Miroirs (1905), composición para piano de Maurice Ravel que suena como música diegética en la película haciendo referencia al sentimiento de pérdida y la posibilidad imprevista de una reparación emocional. Dicho tira y afloja entre la pérdida y la reparación nos lleva de inmediato al juego de espejos que comentábamos entre personajes ausentes y encontrados, entre los fantasmas que definen la ausencia de los seres amados y los fantasmas que representan nuestra propia ausencia respecto de un día a día codificado, cosificado, sin escapatoria. Y, por último, el guiño a los espejos nos invita a acompañar a Petzold en la reiteración de sus obsesiones autorales: los dobles, la alienación existencial, las personas entre un estadio y otro de conciencia, las coyunturas que nos impulsan a reinventarnos en términos del yo y los relatos en torno al mismo en que hemos quedado atrapados, la búsqueda a tientas de una libertad renovada para ser, relacionarnos y amar…
En palabras del propio Petzold, “creo que las películas son, sobre todo, experiencias acerca de cómo las personas avanzan hacia la transformación en algo más”. Por eso, como pasa últimamente con su cine, sería arriesgado decir que Espejos n.º 3 es una gran película y, a la vez, las rimas entre momentos como esa entrada inicial de Paula en su domicilio, donde la luz y el viento están condicionados por la presencia de Jakob (Philip Froissant), y su entrada última al mismo escenario pero con un horizonte plenamente despejado frente a sí, nos permiten concluir que tampoco nos hallamos ante una propuesta sencilla, estática; que, como Laura, Espejos n.º 3 acaba por transformarse en algo más.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!