Opinión
‘Torrente, presidente’: autopreservación y dominación

Se estrena, con un éxito histórico de taquilla y los inevitables debates entre bandos enfrentados, la sexta entrega de las aventuras del expolicía corrupto, fascista y del Atlético de Madrid, de nuevo con Santiago Segura como hombre orquesta.
Torrente 2026
Imagen del teaser promocional de la película.

Nada ocurre por casualidad. Tampoco la muerte de Jürgen Habermas el fin de semana que se estrenaba Torrente, presidente. Si el sociólogo y filósofo alemán escribía en Conocimiento e interés (1968) que “detrás de los ideales de objetividad y las pretensiones de verdad (...) se esconden imperativos de autopreservación y dominación”, la sexta aventura del brazo tonto de la ley, orquestada como siempre por Santiago Segura, pone de manifiesto la hipocresía y la falta de escrúpulos que caracterizan el ejercicio actual de la política a fin, justamente, de preservar la posición de cada cual y dominar desde la misma el signo de los relatos colectivos, nuestra percepción de la realidad.

Los títulos de crédito iniciales de la película van acompañados del tema “Habla, pueblo, habla”, con el cual el grupo Vino Tinto alentó con ánimo idealista a la participación de la ciudadanía en el referéndum para la reforma política de 1976. Segura concluye de inmediato que, medio siglo después, estamos menos interesados en razonar mediante el diálogo que en silenciar al contrario. Podría pensarse por tanto que Torrente, presidente es la “parodia satírica” más comprometida de todas las realizadas por Segura en torno al impresentable policía que también interpreta; un representante arquetípico de la España profunda y franquista que, lejos de ser una especie en extinción, goza de buena salud, como atestigua la recepción entusiasta a la película por parte de los sectores conservadores y, algo importante, masculinos de la sociedad española.

Segura, tan inteligente como siempre, ha tenido la paciencia de esperar para resucitar a Torrente en el momento más oportuno, cuando se percibe en el aire un cambio de tendencias ideológicas

No hay sin embargo que engañarse. Segura, tan inteligente como siempre, ha tenido la paciencia de esperar para resucitar a Torrente en el momento más oportuno, cuando se percibe en el aire un cambio de tendencias ideológicas; por mucho que trate de cubrirse las espaldas al hacer que el personaje —para quien, como sucede con sus fans irredentos, no ha pasado el tiempo desde Torrente 5: Operación Eurovegas (2014)— sea captado por Nox, versión indisimulada de Vox, como activo publicitario. Torrente, ingentrificable en tanto español de pura cepa, es decir, pícaro y miserable, escapa al control de los dirigentes del partido, tecnócratas al servicio de la internacional ultraderechista, y acaba por convertirse en diana de sus esbirros. Es decir, Torrente, presidente hace sangre, sobre todo, de Vox, lo que le permite después dirigir puyas contra el resto del espectro político de nuestro país.

Como pasa actualmente en tantos ámbitos, la ambigua estrategia artística de Segura ha contado con la imbecilidad de receptores que ya no atienden a lo que pretende transmitir el emisor, que se hacen su propia composición de lugar ante las expresiones culturales sin atender a otra cosa que sus parafilias ideológicas. Los simpatizantes de Vox han sacado a Segura de la plaza a hombros, tras reírse a mandíbula batiente con las bromas contra el partido. Ninguno de ellos, ni siquiera Santiago Abascal, han leído el programa electoral de Vox ni están al tanto de las intrigas internas y externas que rodean a la formación, solo desean ver el progresismo arder y nada va a disuadirles de encaminar su voto en esa dirección. Por otra parte, hay críticos y periodistas flipados que afirman sin sonrojarse que Segura ha troleado a la ultraderecha. Y los fieles a otras formaciones políticas han tildado en mayor o menor medida a Segura de fascista y casposo tras fruncir deeply concerned el ceño porque, si algo caracteriza al orden habermaniano establecido hoy por hoy en Europa, es el simulacro de gravedad, la falta total de sentido del humor, no vaya a ser que una sonrisa se baste para agrietar la fachada del edificio y dejar en evidencia la podredumbre de sus cimientos.

Si el humor de ‘Torrente, presidente’ es irrelevante, tanto da si apuntando a derechas o izquierdas, si resulta de una dolorosa ineptitud política, es sobre todo porque hay poco en sus imágenes del talento para la comicidad revulsiva que Segura puso de manifiesto en ‘Torrente, el brazo tonto de la ley’

Pero si el humor de Torrente, presidente es irrelevante, tanto da si apuntando a derechas o izquierdas, si resulta de una dolorosa ineptitud política, es sobre todo porque hay poco en sus imágenes del talento para la comicidad revulsiva que Santiago Segura puso de manifiesto en Torrente, el brazo tonto de la ley (1998) y, ocasionalmente, sus secuelas, donde confluyeron con acierto los imaginarios irreverentes de Pedro Lazaga, Manuel Vázquez y las televisiones privadas. A pesar del caca culo pedo pis que salpica sus chanzas, Torrente, presidente está cerca en espíritu de la franquicia familiar Padre no hay más que uno (2019-2025), la otra gran muestra de cómo Segura ha sido tremendamente hábil a la hora de facturar taquillazos a base de gestionar los arcanos de la (auto)promoción, la cultura del evento, coyunturas sociopolíticas diversas y las pulsiones de la charca o el espectador normie.

El guionista y director se sabe bajo la lupa del feminismo de cuarta ola y las izquierdas transformadoras, que intuyen cadáveres en el armario de su pasado como hombre/monstruo disfuncional en sintonía con otras masculinidades creativas amamantadas por el tardofranquismo y la Transición. Por ello Segura mantiene a duras penas en medios y redes un perfil afable, paciente, que no ha querido poner en peligro con una bomba nuclear. Como consecuencia, Torrente, presidente abusa de un humor complaciente, facilón, cimentado en lugares comunes no ya de cariz millennial sino boomer, chascarrillos propios de meme o sketch televisivo, y una sumisión narrativa absoluta al cameo trasnochado. Como legacy sequel o secuela tardía, Torrente, presidente peca de un conservadurismo extremo.

Y todo ello, mediado por un aparato formal perezoso y vulgar hasta decir basta, sin interés ninguno por (re)contextualizar al personaje y su corte de los milagros, ni en una ficción de mínima consistencia, ni en el universo mediático juvenil de 2026. Aquí y allá, un guiño cinéfilo durante un mitin, un trávelin de retroceso en una furgoneta, una bofetada visual en forma de pene flácido, un inserto durante una entrevista, nos recuerdan que Segura ha sido cuando quería un director de cine, no solo un vendedor de aceite de serpiente. Pero, en líneas generales, la película no recrea con talento la charca a diestra y siniestra que fue y es España; es charca considerada en sí misma.

La saga Torrente ha tenido cada vez menos que decir como cine, pero nunca ha dejado de funcionar como espejo apenas deformado de lo colectivo, a medida que sus imágenes dejaban atrás la gramática de la fabulación cinematográfica para abrazar la sublimación mediática de nuestras infinitas miserias

¿Aporta eso algo a nivel sociológico? Sin duda. De hecho, la saga Torrente ha tenido cada vez menos que decir como cine, pero nunca ha dejado de funcionar como espejo apenas deformado de lo colectivo, a medida que sus imágenes dejaban atrás la gramática de la fabulación cinematográfica para abrazar la sublimación mediática de nuestras infinitas miserias. Torrente, el brazo tonto de la ley se estrenó coincidiendo con el primer mandato de José María Aznar y el inicio de una ola de prosperidad económica inédita en España, ante la cual el personaje ejerció como incómodo recordatorio de que en el fondo seguíamos siendo aquellos. Torrente 2: Misión en Marbella (2000) y Torrente 3: El protector (2005) describieron a la perfección la absoluta falta de miramientos, elegancia, medida e inteligencia que marcaron el espejismo de riqueza en el cual España se regodeó hasta el estallido de la Gran Recesión. Y Torrente 4: Lethal Crisis (2011) nos devolvió puntualmente el reflejo deformado de lo que hemos vuelto a ser a partir de entonces, de lo que hemos sido siempre: un país hortera, subsidiado, vano, lleno de trileros.

En cuanto a Torrente 5: Operación Eurovegas, delató que Segura había tirado la toalla creativa para sucumbir, y Torrente con él, a la condición de iconos refugiados en el infierno de la televisión basura, la celebrity de medio pelo y las componendas corporativas y financieras, a lo que en este sexto episodio hay que sumar el freak show de las redes sociales. Si algo nos dice Torrente, presidente es que el potencial para el cambio de la Cultura de la Transición quedó en nada, pero ha pasado lo mismo con la posterior Cultura de los Indignados.

España es ahora mismo una sociedad de dos niveles: la pomada compartida por el famoseo político y periodístico presente en la película, una hiperrealidad mediática y virtual donde Segura y Torrente han asentado los reales a costa de diluir sus rasgos más idiosincrásicos, y ese desierto de lo real donde la gente se pregunta cómo es posible que un personaje ideado hace 30 años y que se remite a la España de hace 70 sea la comidilla de espectadores, tertulias y editoriales. Volvemos a Habermas: “El peligro está en la colonización del mundo de la vida por parte del sistema (...) Cuando la esfera pública se transforma en instrumento estratégico, deja de producir legitimidad (...) Una democracia vive de la fuerza del mejor argumento”. ¿Es Torrente presidente el mejor argumento cinematográfico que se puede esgrimir en 2026 para debatir sobre nuestra democracia?

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